Han sido las fiestas del jubileo de mi pueblo, Calzada de Calatrava, y aún recuerdo perfectamente cómo —en esos días festivos de finales de los años setenta y comienzos de los ochenta del siglo pasado— paseaban, por las calles donde estaban situadas las casetas, los vendedores ambulantes marroquíes. O tú los veías o ellos te abordaban con aquellas simpáticas y características palabras: ¡HOLA, PAISA, TE LO DEJO BARATO! Iniciábamos un regateo hasta que se llegaba a un acuerdo o nos despedíamos con una sonrisa entre los labios. En esa venta itinerante se percibía una sociabilidad y una predisposición al trato directo de personas de distintas culturas, que facilitaban la convivencia diaria. Nadie veía en aquello una amenaza. Aquella realidad pertenece hoy al recuerdo. La inmigración que conocimos entonces, basada fundamentalmente en relaciones personales, visibles e integradas en la vida cotidiana de nuestros pueblos, ha dado paso a un fenómeno migratorio de dimensiones muy distintas. Hablamos de un proceso mucho más masivo, despersonalizado y, en demasiadas ocasiones, acompañado por dificultades evidentes de integración cultural y social.
Más de dos décadas después de las advertencias de dos florentinos —Oriana Fallaci y Giovanni Sartori— éstas han dejado de estar únicamente escritas en los libros para proyectarse sobre la realidad geopolítica de las fronteras sur europeas. No es casualidad que Italia, con Giorgia Meloni al frente, y otros muchos países europeos hayan endurecido sus políticas migratorias y reforzado sus mecanismos de vigilancia fronteriza.
Y es precisamente el abismo entre el ayer y los años recientes lo que debe obligarnos a mirar hacia el debate abierto recientemente por Monseñor Luis Argüello en uno de sus tuits y la respuesta que dio el padre Góngora. En el tuit de aquel que encendió la mecha se afirmaba un hecho políticamente incorrecto que muchos intentan silenciar: que la biopolítica es clave en el actual poder mundial. Además, advertía que se juega con la vida y se utiliza a las personas —sus sueños, su hambre, sexualidad y datos— en favor de lucro y del poder. El presidente de la Conferencia Episcopal da en el clavo y añade que las migraciones forman parte de esta estrategia, calificando la invasión de Ceuta como un test y afirmando que la demografía es un arma. La cuestión de fondo merece ser considerada seriamente. Nos encontramos ante flujos migratorios que, en determinados contextos, no siempre pueden interpretarse exclusivamente desde una perspectiva humanitaria, sino también como fenómenos susceptibles de ser utilizados por actores estatales para alcanzar objetivos políticos y estratégicos.
Estas palabras reflejan una denuncia que quedaría reducida a una abstracción si no tuviéramos en cuenta la contestación del padre Juan Manuel Góngora, trasladando el problema a la situación que sufren a diario las familias españolas. Dijo que para obstaculizar la biopolítica laicista, secularizante, globalista y anticatólica es necesario desmarcarse categóricamente de las regularizaciones masivas que propician las redes mafiosas. Por tanto, no basta con diagnosticar el problema; también es necesario rechazar esas políticas. Se trata de una opinión tan cruda como certera, pues llevar a cabo una regularización indiscriminada es una realidad evidente que se le está premiando indirectamente —tú trae mercancía que yo te la «blanqueo»— siendo el pueblo español la víctima y quien sufre la inseguridad, desorden y descomposición social impulsada por los gobernantes corruptos. Y es verdad lo que dice el sacerdote: no se responde a una verdadera compasión, sino que se promueven e incentivan las redes ilegales de seres humanos, destruyendo la cohesión y exponiendo a los españoles a un clima constante de inseguridad.
Además, el modo de operar del Reino de Marruecos permite sostener que ha convertido el control y la liberación de los flujos migratorios en una auténtica herramienta de guerra híbrida. La invasión de Ceuta es claramente una acción de presión ejercida por Marruecos para desestabilizar la nación, sin necesidad de llegar a un ataque militar que conllevaría una respuesta armada. Rabat, con esta operación no sólo está desestabilizando a las instituciones españolas, sino que ejecuta una estrategia calculada a largo plazo.
Recordando las palabras del politólogo socialista italiano Giovanni Sartori, defender una inmigración ilegal y masiva que rechace la integración cultural representa una amenaza directa para la supervivencia de las democracias occidentales. Basta con observar lo que está ocurriendo en Francia e Inglaterra. España está en ese camino. Además, a ello se suma la alteración demográfica estructural señalada por Argüello. En el caso de Ceuta y Melilla, esta dinámica con el paso del tiempo erosionará la presencia de los españoles en estas ciudades y acelerará un cambio sociológico que allanará el camino para que Marruecos materialice su pretensión de hacerse con ambas ciudades autónomas, sin necesidad de pegar ni un solo tiro, porque las balas usadas están siendo cuerpos humanos. Al mismo tiempo, origina una presión creciente y un foco de inestabilidad sobre el archipiélago canario.
La premisa de Monseñor Argüello nos lleva a asumir la rotundidad del padre Góngora. Y la respuesta del gobierno de España no puede ser ni el repliegue ni la concesión, sino defender claramente nuestras fronteras y frenar el negocio de las mafias del tráfico de personas, que es lo que nos llevará al orden. Otra postura distinta tendrá como consecuencia el blanqueo sistemático del desorden y no la solidaridad: será deshumanización e irresponsabilidad histórica.
Estoy cada vez más convencido de que la paz verdadera no la traerán los políticos, sino los esfuerzos de nuestros sacerdotes por convertir los corazones bereberes al catolicismo. En una palabra, es más importante la evangelización que la geopolítica. Hace décadas, Houari Boumédiène —quien fue jefe de estado de Argelia— afirmó que «será el vientre de nuestras mujeres el que nos dará la victoria». Frente a esa estrategia demográfica, la respuesta de Europa no puede ser la resignación, sino la recuperación de su identidad, de su fe y de la conciencia de sí misma. Porque ningún pueblo puede aspirar a seguir siendo protagonista de su historia si deja de creer en el futuro hasta el extremo de no tener hijos. La crisis de natalidad que padecen España y Europa no es sólo un problema demográfico: es también un síntoma de agotamiento cultural y de pérdida de confianza en aquello que somos.
Como se puede leer en el Evangelio según san Mateo: «El que tenga oídos, que oiga».
Corpus Ruiz Fernández

