El argumento más repetido —tanto entre quienes no asistieron a la manifestación de este 2 de septiembre como en buena parte de los medios de comunicación— ha sido la apelación a las palabras de Cristo en el Evangelio de san Mateo: «Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me acogisteis». Su objetivo es claro: sostener que la única respuesta compatible con el Evangelio ante la invasión marroquí de Ceuta consiste en permitir que quienes entraron en la ciudad permanezcan en España y sean distribuidos por el resto del territorio nacional. Sin embargo, esta postura suscita una cuestión previa: ¿es moralmente aceptable extraer una conclusión de carácter general a partir de un único pasaje bíblico? La respuesta es negativa. Y la razón es que la tradición católica se rige por un principio fundamental de interpretación de las Escrituras: la analogía de la fe. Y ésta nos enseña que ningún texto bíblico puede interpretarse de una manera que contradiga a otros inspirados por Dios ni a las verdades enseñadas por la Iglesia. Cuando yo tuve conocimiento de la analogía de la fe fue hace unos días, tras leer una publicación en X (antes Twitter) de Alonso Pinto (@AlonsoPinto1986).
Aplicando este criterio, el autor sostiene que las palabras que aparecen en el Evangelio de san Mateo: «Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me acogisteis» (Mt 25, 35), deben leerse en un sentido que sea compatible con otros versículos de la Sagrada Escritura. Entre ellos cita las exhortaciones de Nehemías: «Pelead por vuestros hermanos, por vuestros hijos y por vuestras hijas, por vuestras mujeres y por vuestras casas» (Neh 4, 14), y diversos pasajes del Eclesiástico, que subrayan la necesidad de ejercer la caridad con prudencia. El hilo, además, recoge referencias a santo Tomás de Aquino para hacer más sólida su argumentación, recordando diversos pasajes de la Suma Teológica y De Regno en los que el Aquinate protege a la comunidad frente a quienes la amenazan, haciendo hincapié en el deber de los que gobiernan de velar por la seguridad de sus ciudadanos —como debería estar haciendo ya el Gobierno de España, según mi opinión, con los ceutíes ante la invasión marroquí—. Apoyándose en diversas fuentes cristianas, Alonso Pinto sostiene que la caridad sólo es auténtica cuando se ejerce de forma ordenada y prudente. En realidad, toda esta argumentación parte de una premisa previa: tener en cuenta la analogía de la fe, que obliga a comparar cada pasaje de la Escritura con su conjunto, y así evitar interpretaciones parciales y, al mismo tiempo, demagógicas. Por tanto, querido lector, sobre todo si sueles recurrir a este pasaje evangélico para justificar que los invasores sean enviados a distintos puntos de España, le hago esta pregunta: ¿basta citar las palabras de Cristo sobre dar de comer al hambriento y acoger al forastero, o es necesario tener en cuenta el principio de la analogía de la fe? Y hasta aquí la síntesis de los diversos tuits de Alonso. A partir de este punto quisiera aportar una reflexión personal que complemente su planteamiento. No lo haré recurriendo a citas bíblicas ni a autoridades teológicas, sino mediante una analogía tomada del mundo de la informática. Tal vez por deformación profesional, creo que la programación orientada a objetos ofrece un ejemplo sorprendentemente útil para comprender el problema que estamos analizando. Y esto ya no va de la analogía de la fe, sino de cómo la práctica de la compasión —por un cristiano o por cualquier otra persona— puede causar un bien o, por el contrario, un mal. Vamos a ello.
La imagen que encabeza este artículo muestra un diagrama de clases. En él aparece una clase abstracta, a la que he denominado CARIDAD, de la que derivan otras dos. La primera, CARIDAD_BUENA, incorpora la reflexión previa antes de actuar. La segunda, CARIDAD_IMPRUDENTE, hace justamente lo contrario: prescinde de ella. En ambos casos existe la intención de ayudar, pero entre una y otra hay una diferencia fundamental. Mientras la primera se pregunta si la ayuda prestada producirá realmente un bien, la segunda actúa sin valorar suficientemente las circunstancias ni las posibles consecuencias de sus actos.
No es una simple ocurrencia sin relación con la vida misma. El diagrama encierra una idea sencilla. Tanto CARIDAD_BUENA como CARIDAD_IMPRUDENTE nacen de la misma intención de ayudar al prójimo. Sin embargo, la primera incorpora un juicio prudente antes de actuar, mientras que la segunda prescinde de ella. Por eso, aunque ambas persiguen el bien, pueden producir resultados muy distintos. En un caso, el resultado contribuye al bien; en el otro, provoca un perjuicio no previsto. Y quien lo dude que hable con algún ceutí. En realidad, es la prudencia la variable que determina el resultado final. De ahí que dos acciones caritativas terminen produciendo efectos completamente distintos.
Aplicando el diagrama a la realidad de la invasión de Ceuta, existe un elemento en común: la asistencia inmediata a las personas que la necesitan. Eso sí, la diferencia viene después. Una opción considera que después de la ayuda es necesario, para el bien común, el repatriar a los invasores a su país. La otra, entiende que debe ir acompañada de repartir a los invasores por las distintas comunidades autónomas. Si ambas opciones parten de la ayuda inmediata al necesitado, ambas son instancias de la clase CARIDAD. Lo que está en discusión no es la existencia de la caridad, sino si nos encontramos ante una CARIDAD_BUENA o una CARIDAD_IMPRUDENTE.
La pregunta que le hago, estimado lector, es cuál de estas dos respuestas produce realmente el bien que busca la caridad y cuál corre el riesgo de generar consecuencias perjudiciales. Desde mi punto de vista, tener en cuenta la prudencia al llevar a cabo el servicio al prójimo es esencial para que el resultado producido sea bueno y no malo. La vida cotidiana ofrece numerosos ejemplos de ayudas bienintencionadas que terminan produciendo efectos indeseados. Así ocurre cuando se entrega dinero a una persona sabiendo que lo empleará para alimentar una adicción, o cuando se aloja a una persona en casa y con el tiempo logra ocuparla. Has actuado con una intención aparentemente caritativa, pero el resultado ha sido perjudicial. Este ejemplo muestra que la caridad cristiana no puede reducirse a la aplicación mecánica de un mandato evangélico tomado aisladamente, sino que debe ejercerse conforme al conjunto de las enseñanzas de la fe y orientarse siempre al verdadero bien común.
Curiosamente, esta distinción no resulta ajena al pensamiento de Benedicto XVI. En Caritas in veritate, el Papa recordó que la caridad no puede separarse de la verdad ni reducirse a un simple sentimiento, pues corre el riesgo de ser mal entendida y vaciada de contenido. La auténtica caridad exige discernimiento y orientación hacia el verdadero bien de las personas y de la sociedad. Según mi opinión, esta advertencia resulta especialmente pertinente para quienes fundamentan toda su posición en una única parábola evangélica. Parafraseando a Chesterton, parece que también en nuestros días hay que seguir sacando la espada para afirmar que la hierba es verde.
Para terminar, quiero solidarizarme con los ceutíes, porque lo están pasando muy mal. Acabo de hablar por teléfono con una vecina de la ciudad. Ningún pueblo de España debería vivir con miedo e inseguridad por causa de las entradas masivas de ilegales, que han originado una guerra híbrida con Marruecos. Merecen que defendamos sus fronteras para garantizar su seguridad y su derecho a vivir en paz. Ceuta es España y, por tanto, a sus vecinos no podemos dejarlos abandonados. Menos buenismo y más acción.
Corpus Ruiz Fernández

