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lunes, septiembre 21, 2026

La carta que nunca llegó

La sonrisa de Gemma Arenas desafía al silencio: bronce mundial, récord de España y una hazaña que merece televisión

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Hoy tengo una misión: prestar atención a la televisión. A las generalistas, quiero decir. A la hora de la información deportiva, cogeré el mando a distancia y cambiaré de canal con paciencia, con curiosidad y casi con espíritu científico. Quiero comprobar si la sonrisa de Gemma Arenas consigue salir en la pequeña pantalla, aunque muchas de ellas parezcan campos de fútbol.

La atleta de Almagro (Ciudad Real) tiene una particularidad que quizá no le ayuda demasiado en España: sonríe incluso cuando acaba de atravesar uno de esos días que convierten una carrera en una prueba de supervivencia. Como le sucedió este domingo en A Coruña. Mucho calor, un recorrido al que tuvo que dar veinte vueltas y treinta kilómetros finales que fueron infernales para ella.

A falta de cuatro kilómetros estaba fuera del podio. Cuatro kilómetros después era medallista. Bronce mundial y récord de España absoluto: 7h17:50, más de tres minutos menos que su anterior plusmarca, conseguida en Málaga en marzo. Además, récord mundial de su categoría W45 y plata por equipos junto con Estefanía Unzu, Verdeliss, sexta y madre de ocho hijos; María Romero, duodécima, y Carmen María Pérez, decimoquinta. Una brutalidad, vamos.

El problema es que ese esfuerzo y esa sonrisa parecen tener pocas posibilidades de competir con el fútbol, el tenis o el automovilismo si se celebra en la capital del reino. Será cuestión de parné, digo yo.

La historia de Gemma, de esa falta de reconocimiento público frecuente en el atletismo, me hace viajar en el tiempo y me lleva hasta otro atleta toledano. Juan López García nació en 1944 y empezó a correr a los 66 años, después de jubilarse como mecánico. Con 81, en mayo de 2025, se proclamó campeón de España de 50 kilómetros en ruta precisamente en Málaga, con un tiempo de 4h47:35, y rebajó en casi cincuenta minutos el anterior récord mundial de su categoría. ¡Casi cincuenta minutos!

Juan esperaba entonces el reconocimiento habitual que suele acompañar a un campeonato: una carta de felicitación de alguna autoridad. Poca cosa, vamos. Pero aquella vez no recibió ninguna. Ni carta ni sobre. Nada.

Quizá ahí esté la conexión entre Juan y Gemma. Dos historias extraordinarias que, sin embargo, parecen avanzar por una carretera paralela a la del foco mediático.

Juan sigue entrenando este año, aunque se lo está tomando con más calma. Su próximo objetivo es el primer Maratón de Toledo, el 15 de noviembre. No va con intención de hacer marca, pero con este hombre nunca se sabe. Su masa muscular, según los estudios que se han realizado sobre él, sería comparable a la de una persona de 30 años, mientras que su VO₂max —el consumo máximo de oxígeno— se sitúa en niveles excepcionales para su edad. Su caso, que me recuerda al de Benjamin Button, ha sido estudiado por la Universidad de Castilla-La Mancha y sus resultados han llegado a publicaciones científicas.

Total, que Gemma y Juan pertenecen a esa clase de deportistas que hacen cosas increíbles sin que necesariamente haya una cámara esperándoles en la meta. Quizá porque sus hazañas no caben fácilmente en el molde de la televisión cuando firman actuaciones extraterrestres. Ni siquiera, demasiadas veces, en el de los periódicos o los digitales generalistas.

Pero tampoco hace falta demasiado. Una llamada telefónica, un mensaje en ‘X’ o una carta a tiempo. A veces el reconocimiento no necesita más. Y por eso hoy zapearé con espíritu científico y también con cierta esperanza. A ver si, entre tanto derbi futbolístico y tarjetas rojas que no mostró el árbitro, aparece por fin la sonrisa de Gemma.

Manuel Moreno
manolonoticias.es

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