España, a pesar de aquellos a quienes les importa un bledo que corra peligro su integridad territorial y que dejan al albur ciudades como Ceuta en medio de crisis que ponen a prueba su soberanía, sigue siendo una gran nación, unida por la voluntad de sus ciudadanos y sostenida, sobre todo, por su riqueza histórica. Por tanto, ahora que el Pisuerga pasa por Valladolid, o, mejor dicho, hoy que podemos afirmar que Ceuta es España porque así lo quisieron sus habitantes cuando Portugal se separó de la Monarquía Hispánica, aprovecho la ocasión para recordar un plan secreto que el Gobierno de la República, presidido por Largo Caballero, llegó a estudiar, aunque finalmente no lo ejecutó: la Operación Schulmeister. El proyecto contemplaba la posibilidad de alcanzar un acuerdo con Mussolini y Hitler para que retiraran su apoyo a Franco, ofreciendo a cambio concesiones territoriales que afectaban a Baleares, Canarias y el Protectorado español de Marruecos. En otras palabras, el Gobierno estuvo dispuesto a comprometer parte de la soberanía nacional con la esperanza de alterar el curso de la guerra que, en esos momentos, estaban perdiendo. Este hecho sigue siendo muy poco conocido por los españoles, debido a que la mayoría de los medios de comunicación han pasado de largo sobre él. Eso sí, demagógicamente, y de forma irrisoria, han usado varias veces las imágenes de la reunión en Hendaya de Franco con Hitler. Y digo demagógicamente porque las han utilizado para relacionar al franquismo con el nazismo. La verdad fue otra: Hitler quería la entrada de España en la guerra junto al Eje, sobre todo para facilitar la toma de Gibraltar. Sin embargo, Franco planteó unas exigencias territoriales y económicas que no fueron aceptadas, por lo que no hubo acuerdo definitivo.
Si con la Operación Schulmeister el socialismo estuvo dispuesto a trocear España, casi un siglo después de aquel episodio de la política exterior de la República durante la Guerra Civil cabe preguntarse si en el actual Gobierno hay quien podría considerar útil plantear una fórmula de cogobierno para Ceuta y Melilla a cambio de que el rey de Marruecos contribuya a mantenerlo en el poder. Y, con el tiempo, incorporar también a esa ecuación las islas Canarias. Porque, cuando se controla una parte importante de los medios de comunicación, el relato puede llegar a imponerse sobre los hechos y acabar moldeando la percepción de la sociedad. Para quienes deseen conocer con mayor detalle esta operación y las negociaciones que la rodearon, resulta imprescindible la lectura de El oro de Mussolini, de Manuel Aguilera Povedano.
Por otro lado, en un entorno mediático que contribuye a moldear la llamada «memoria histórica», la reinterpretación del pasado ha provocado que, bajo el pretexto de la reparación, permanezcan ocultos hechos como el anteriormente señalado y uno de los mayores episodios de expolio patrimonial ocurridos al término de la guerra: la huida del yate Vita a México en 1939. Esta operación fue ideada por Juan Negrín y gestionada, en gran medida, por Amaro del Rosal; sin embargo, una vez que el Vita llegó a México, y tras varios incidentes, Indalecio Prieto acabó haciéndose con el control del valioso cargamento que transportaba. El cargamento del Vita transportaba numerosísimas maletas repletas de joyas, reliquias del Monte de Piedad de Madrid y valiosísimos tesoros históricos incautados, que terminaron siendo gestionados opacamente. Que la memoria histórica ignore este hecho —que conllevó la desaparición de gran parte de la riqueza histórica de España— muestra el rostro de esta memoria selectiva, donde un relato incómodo se borra inmediatamente del mapa. Es muy probable que el Portapaz de Uclés, robado de la catedral de Ciudad Real, formara parte de aquel cargamento, ya que Amaro del Rosal Díaz, director de la Caja de Reparaciones del Ministerio de Hacienda de la República, entregó en 1987 al presidente de Castilla-La Mancha, José Bono, catorce de las piezas recuperadas de dicha obra.
Actualmente, algunos observadores consideran que esa falta de transparencia tiene su reflejo en determinadas decisiones del Ejecutivo, como el cambio de posición respecto al Sáhara Occidental o la gestión de las relaciones con Marruecos en relación con Ceuta y Melilla. Desde esta perspectiva, dichas actuaciones responderían a una estrategia orientada a ganar margen de maniobra política. Esta línea de actuación cuenta además con el respaldo de los partidos que sostienen al Gobierno en el Parlamento, entre ellos Bildu, PNV, ERC y Sumar. Quienes sostienen esta interpretación entienden que, en el caso de algunas formaciones nacionalistas e independentistas, dicho apoyo obedece a intereses políticos propios vinculados a una mayor descentralización territorial y, con el paso del tiempo, a sus aspiraciones independentistas. Porque está claro que son unos socios que están esperando, agazapados, a que llegue el momento para cobrar el peaje chantajista. Y para evitar esa descomposición, más que nunca es necesario asistir hoy a la manifestación en apoyo a Ceuta. Porque, como inicié el artículo, Ceuta es España. Como lo es Madrid, San Sebastián, Bilbao, Barcelona o mi pueblo, Calzada de Calatrava.
La historia enseña que los pueblos suelen olvidar su historia y después aquello que creían imposible perder. De ahí que considere oportuno recordar episodios como la Operación Schulmeister o la peripecia del Vita: no para reabrir viejas heridas, sino para comprender hasta dónde pueden llegar los errores de una época cuando el interés inmediato se impone al interés nacional. Ceuta sigue ahí, mirando al Estrecho como ha hecho durante siglos. Y mientras permanezca viva la conciencia de lo que ha sido y de lo que representa, seguirá siendo lo que siempre fue, cuando así lo determinaron los ceutíes: España.
Corpus Ruiz Fernández

