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sábado, junio 27, 2026

La generación del “efectiviwonder”: los últimos que vivieron una juventud sin pantallas

Así sonaba la felicidad antes de que existieran TikTok, el "cash" y los "outfits"

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A veces la nostalgia no llega con una vieja fotografía ni con una canción de los ochenta. A veces aparece, inesperadamente, en la cola de un supermercado, escondida en una sola palabra. Un espontáneo “efectiviwonder” bastó para demostrar que hay expresiones, melodías y recuerdos que nunca pasan de moda. Porque las generaciones cambian, la jerga evoluciona y la música se transforma, pero hay emociones que permanecen intactas, esperando el momento perfecto para hacernos volver, aunque solo sea durante unos segundos, a aquellos maravillosos años en los que todo, sencillamente, molaba mazo.

Hay días en los que uno entra en Mercadona para comprar cuatro cosas y acaba saliendo con una bolsa llena de recuerdos.

Me pasó hoy.

La cajera me preguntó:

—¿En efectivo o con tarjeta?

Y, sin pensarlo, respondí:

—En efectivo… ¡efectiviwonder!

Levantó la vista, sonrió y dijo entre risas:

—¡Anda! ¡Esa palabra era de nuestra época!

Y durante unos segundos desaparecieron las prisas, la cola de la caja y el reloj. Dos personas que apenas se conocían acababan de viajar cuarenta años atrás gracias a una sola palabra.

Qué poder tienen los recuerdos.

Porque “efectiviwonder” no era solo una forma divertida de afirmar o de asentir alguna cosa. Era un billete directo a una España donde las tardes parecían eternas, donde los veranos duraban una vida y donde las conversaciones nunca necesitaban cobertura.

Nosotros no pagábamos en cash.

Pagábamos en pasta, con las pelas, o con algún que otro talego (billete de mil pesetas).

No elegíamos un outfit.

Nos poníamos unos vaqueros, unas J’hayber y una cazadora vaquera… y ya íbamos “de lujo”.

No nos daban un nextazo.

Nos decían “nasti de plasti”.

No nos funaban.

Como mucho nos llamaban pringados… y al día siguiente volvíamos a quedar como si nada hubiera pasado.

Los adolescentes de hoy llaman boomers a quienes nacimos entre finales de los cincuenta y finales de los setenta. También empiezan a mirar como “antiguos” a los mileniales. Es ley de vida. Nosotros también pensábamos que nuestros padres hablaban otro idioma.

Pero hubo un tiempo en que bastaba escuchar a alguien medio minuto para saber que era de tu generación.

Si decía “tronco”, “colega”, “mola mazo”, “dabuten”, “digamelón”, “la basca”, “guita”, “okey makey”, “mover el esqueleto” o “qué pasada”, no hacía falta preguntar nada más.

Era de los nuestros.

Aquella forma de hablar no nacía en internet.

Nacía en la calle.

En el recreo.

En el banco del parque.

En los recreativos.

En las plazas.

En los billares.

Era la jerga cheli, que se popularizó durante la Transición y la Movida madrileña como una forma de identificarse entre jóvenes y diferenciarse del mundo adulto.

Pero si hay algo que realmente diferenciaba aquellos años era la música.

La música no era un ruido de fondo.

Era la banda sonora de nuestra vida.

Cada canción guardaba un recuerdo.

Un primer beso.

Una pandilla.

Un viaje en autobús.

Una fiesta del instituto.

Una verbena.

Un verano entero.

Todavía hoy basta escuchar los primeros acordes de Mecano, Hombres G, Duncan Dhu, Radio Futura, Nacha Pop, Golpes Bajos, Alaska y Dinarama, Loquillo, El Último de la Fila o Cómplices para que la memoria haga el resto.

No hace falta cerrar los ojos.

Ya estamos allí otra vez.

Con dieciséis años.

Sin preocupaciones.

Sin hipotecas.

Sin móviles.

Sin redes sociales.

Con toda la vida por delante.

Hoy la música también emociona, por supuesto.

Pero se consume de otra manera.

Antes un disco nos acompañaba durante meses.

Nos aprendíamos todas las canciones.

Leíamos los créditos del cassette.

Esperábamos semanas para comprar el siguiente álbum.

Grabábamos recopilatorios para los amigos.

Rebobinábamos las cintas con un bolígrafo Bic para no gastar las pilas del walkman.

Ahora una canción nace por la mañana, es viral por la tarde y a la semana siguiente el algoritmo ya nos está ofreciendo otra.

Antes elegíamos la música.

Ahora muchas veces parece que es la música la que nos elige a nosotros.

Lo mismo ocurre con las palabras.

Nuestra jerga viajaba despacio.

La actual viaja a la velocidad de TikTok.

Hoy todo es “bro”, “crush”, “POV”, “NPC”, “main character”, “slay”, “GOAT”, “random”, “literal”, “shippear”, “cancelado”, “basado” o “estoy en mi era”.

Y cuando por fin conseguimos entender una expresión…

Ya ha dejado de estar de moda.

Nosotros también inventábamos palabras.

La diferencia es que las nuestras tenían tiempo para hacerse mayores.

“Molar”, “flipar”, “currar”, “pirarse”, “dar el cante” o “enrollarse” siguen vivas cuarenta años después.

Las palabras cambian.

La música cambia.

La ropa cambia.

Las generaciones cambian.

Pero hay algo que permanece intacto.

Todos hemos sido jóvenes.

Todos hemos querido tener un lenguaje propio.

Todos hemos pensado que nuestros padres jamás nos entenderían.

Y todos, absolutamente todos, acabamos descubriendo que un día nuestros hijos ponen la misma cara de resignación cuando intentamos decir “bro” que nosotros poníamos cuando nuestros padres intentaban decir “guay”.

Es el círculo perfecto de la vida.

Quizá por eso esta efímera conversación en la caja de Mercadona me emocionó más de lo que esperaba.

Porque comprendí que algunas palabras nunca desaparecen.

Simplemente esperan a encontrarse con alguien que también las recuerde.

Y cuando eso ocurre…

No solo vuelve “efectiviwonder”.

Vuelven las cintas de cassette.

Las tardes en bicicleta.

Los recreativos.

Los bocadillos de Nocilla.

Los primeros amores.

Las canciones que todavía sabemos cantar de memoria.

Los amigos que prometieron ser para siempre.

Y aquellos padres que entonces nos parecían mayores… y hoy daríamos cualquier cosa por volver a abrazar.

Dicen que la nostalgia es un lugar al que no se puede regresar.

No es del todo cierto.

A veces basta una palabra.

Una canción.

O una sonrisa compartida con una cajera.

Y, de repente, vuelves a tener dieciséis años.

Y descubres que, aunque el mundo haya cambiado, aunque ahora todo sea cash, outfits, funas y nextazos, hay cosas que ningún algoritmo podrá borrar jamás.

Porque los recuerdos no se descargan.

Se llevan para siempre en el corazón.

Y eso…

Sigue molando mogollón.

Sigue molando.

Mazo.

Vicente Galiano M

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