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viernes, julio 31, 2026

Cuando España olvida su historia

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Los hechos históricos —desde la invasión musulmana de 711 hasta la desintegración del Imperio español durante la crisis abierta por la invasión napoleónica de 1808, pasando por la Marcha Verde de 1975 y las crecientes presiones migratorias y territoriales que hoy afronta España en su frontera sur— nunca tienen lugar de forma idéntica: cambian los protagonistas, cambian las circunstancias y cambian las épocas. Sin embargo, no siempre ocurre lo mismo con los errores. Y cuando reaparecen, las consecuencias suelen recordar inquietantemente a las del pasado. Quizás por eso conviene recordar unas palabras de la Primera Carta a los Corintios: Todo esto les sucedió simbólicamente, y está escrito para que nos sirva de lección a los que vivimos en el tiempo final (1 Corintios 10:11).

Los errores que palpitan tras todos estos episodios son muy similares. Cuando aparece una situación de incertidumbre política, acompañada en ciertos casos de una traición, la debilidad del Estado se hace evidente y España corre peligro de desmembración. Este patrón ya se manifestó en 711, volvió a aparecer durante la guerra con Napoleón, reapareció con la Marcha Verde de 1975 y hoy amenaza, una vez más, con hacerlo. Los nombres cambian con el paso del tiempo. Ayer fueron Oppas y los afrancesados; hoy son quienes subordinan los intereses nacionales a proyectos ideológicos, agendas supranacionales o estrategias diseñadas fuera de nuestras fronteras.

En 711, debido a que en el reino visigodo había luchas y disputas sucesorias, cuando las tropas musulmanas cruzaron el Estrecho de Gibraltar aprovecharon esta debilidad interna, a la que se sumó, según la tradición, la traición del obispo Oppas. Fue una conducta desleal hacia el reino. Esto produjo una de las mayores catástrofes de España, y la lección debe permanecer vigente: no hay enemigo peor que una España dividida.

La misma lección reapareció en 1808 con la invasión napoleónica. España atravesaba una grave crisis política e institucional: mientras la mayoría de españoles luchaba contra los franceses, una parte importante de la élite española —los llamados afrancesados, como Moratín o el eclesiástico y político Juan Antonio Llorente— colaboraba con el nuevo régimen de José I. Esta guerra debilitó a España para mantener su Imperio, lo que aprovecharon las potencias rivales —Inglaterra y Francia— para favorecer los movimientos independentistas e impulsar la ruptura de los virreinatos. Tampoco puede ignorarse la influencia que ejerció la masonería, a la que pertenecieron algunos de los principales líderes independentistas. Una vez más, la división interna y la debilidad del gobierno tuvieron sus consecuencias: la independencia y el surgimiento de las actuales naciones hispanoamericanas.

Más de un siglo y medio después, algo parecido ocurrió en 1975 con la Marcha Verde. El rey de Marruecos, Hassan II, aprovechó la incertidumbre provocada por la agonía de Francisco Franco para presionar al Estado español y avanzar en sus aspiraciones sobre el entonces Sáhara Español. Cientos de miles de marroquíes —hombres, mujeres y niños— cruzaron la frontera entre Marruecos y el Sáhara Español. Esta operación fue presentada por el gobierno marroquí como una movilización pacífica de civiles, pero constituyó una extraordinaria herramienta de presión política sobre España para que abandonara el control del territorio. Y así fue: tras la firma de los Acuerdos de Madrid, España abandonó el Sáhara. No obstante, cincuenta y un años después, las consecuencias políticas de aquella decisión siguen siendo objeto de debate y controversia. De hecho, para muchos españoles e historiadores, los firmantes del acuerdo tuvieron un papel similar al desempeñado por otras élites en momentos críticos de nuestra historia. Mientras Hassan II ejercía presión desde el exterior, los dirigentes españoles —con el entonces príncipe Juan Carlos desempeñando un papel cada vez más relevante debido a la enfermedad de Franco— aceptaron la retirada del Sáhara, facilitando el abandono de aquella provincia española. Actualmente, el estatus del Sáhara Occidental sigue sin resolverse. Marruecos lo considera parte de su territorio nacional; el Frente Polisario, respaldado por Argelia, reivindica la independencia del territorio y el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui; y la ONU continúa calificándolo como un territorio pendiente de descolonización. En otras palabras, el problema que España dejó atrás en 1975 sigue sin resolverse cincuenta y un años después.

Las imágenes que hemos podido ver en Ceuta, tanto en los medios de comunicación como en las redes sociales, vuelven a conectar el pasado con el presente. Un gobierno débil, como el actual, ha permitido que muchos españoles perciban lo sucedido como una nueva invasión procedente de Marruecos, inevitablemente comparable, por sus características y por el momento político en que se produce, a la Marcha Verde de 1975. Los vídeos difundidos, sobre todo en las redes sociales, evocan inevitablemente aquel episodio: camiones repletos de marroquíes, fuerzas de seguridad marroquíes presentes y miles de personas avanzando hacia territorio español. Las similitudes con la Marcha Verde son difíciles de ignorar.

No conviene olvidar tampoco lo ocurrido en 2002 en la isla de Perejil: un pequeño peñón, casi deshabitado, fue ocupado por fuerzas marroquíes, desencadenando una crisis diplomática entre España y Marruecos. El gobierno de José María Aznar recuperó rápidamente el control del islote, pero aquel episodio puso de manifiesto, una vez más, que las aspiraciones territoriales de Marruecos seguían presentes y que Ceuta y Melilla continuaban formando parte de una cuestión no resuelta para Rabat. Sin embargo, paradójicamente, la respuesta del Gobierno fue criticada desde las izquierdas y los nacionalistas vascos y catalanes. En mi opinión, aquellas críticas olvidaban una cuestión fundamental: la primera obligación de cualquier gobierno es defender la integridad territorial de España. En Perejil, al menos, el Estado respondió con firmeza y dejó claro que determinadas líneas no podían cruzarse impunemente. Veremos cuál va a ser la respuesta de Pedro Sánchez ante esta nueva invasión. No es suficiente con declarar el estado de emergencia en Ceuta. Lo que sí sabemos son las reacciones de la primera ministra italiana Giorgia Meloni —que ha planteado la posibilidad de adoptar medidas extraordinarios, como la suspensión del espacio Schengen con España— y de su ministro de Asuntos  Exteriores Antonio Tajani —que se ha mostrado favorable a esa medida, responsabilizando al Gobierno español de haber agravado el problema con su política de inmigración.

Más allá de estas declaraciones, el problema de la inmigración irregular masiva no es sólo humanitario, sino que acarrea también un problema de soberanía y seguridad nacional. Ningún país, y menos aún un Estado de la Unión Europea, es plenamente soberano si no es capaz de controlar quién entra en su territorio, cómo lo hace y en qué condiciones. La solidaridad es una obligación moral; la defensa de las fronteras, una obligación política. Confundir una con la otra solo conduce a la pérdida de control y al deterioro de la soberanía nacional. España ya ha pagado demasiado caro algunos errores de su historia como para permitirse repetirlos una vez más.

Tampoco ayuda la actitud de la Conferencia Episcopal española. Sí, es verdad que el cristiano tiene la obligación de asistir al necesitado y de socorrer al inmigrante. Pero esto no exime a España de su deber de controlar las fronteras para garantizar el bien común. Caridad cristiana y soberanía nacional no son incompatibles y presentarlos como si lo fueran es ignorar una realidad evidente: sin orden, seguridad y control de fronteras, ninguna comunidad política o religiosa puede sobrevivir a largo plazo.

La cultura europea hunde sus raíces en el cristianismo, y cualquier cambio profundo en su composición demográfica termina afectando, tarde o temprano, a las costumbres, valores y creencias que han configurado su identidad durante siglos. Ignorar esta realidad no es una muestra de generosidad, sino de irresponsabilidad. Quienes duden de ello solo tienen que observar lo que ya está ocurriendo en muchas ciudades europeas.

Quizás hoy, más que nunca, convenga recordar aquellas palabras pronunciadas por san Juan Pablo II en Santiago de Compostela: ¡Europa, vuelve a encontrarte! Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces.

Corpus Ruiz Fernández

(Nota de la Redacción: Las Opiniones de usuarios y colaboradores no tiene por qué corresponderse forzosamente con la línea editorial de Almagro Noticias, la cual promueve la pluralidad de opiniones en el marco de los principios y valores sobre los que se sustenta.)
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