Estas vacaciones las he aprovechado junto a mi mujer para seguir el rastro documental de la causa de beatificación de fray Jorge de la Calzada. La investigación nos llevó hasta Roma, tras las huellas de unos documentos que, según diversas referencias, quedaron archivados en el célebre convento de Santa María de Aracœli, desaparecido tras las transformaciones urbanísticas del siglo XIX. Como suele ocurrir en este tipo de búsquedas, cada pista conduce a otra y cada hallazgo abre nuevas preguntas.
Muy cerca del lugar donde se levantó aquel convento asistimos a misa el pasado sábado. Todo transcurría con normalidad, a excepción de la dificultad para entender la homilía, que cumplió a la perfección los requisitos del famoso refrán En tiempos de melones, cortos los sermones. Sin embargo, una de las peticiones de los fieles llamó especialmente nuestra atención. Mi mujer y yo intercambiamos una mirada de sorpresa cuando quien las leía dijo, más o menos, lo siguiente: «Por España y, sobre todo, por los ceutíes, para que sean capaces de superar lo sucedido en Ceuta».
Aquellas palabras me recordaron la homilía que escuché hace años en Granada, en la iglesia parroquial de los capuchinos de la Inmaculada, donde se venera al beato Leopoldo de Alpandeire. El capuchino que la pronunció no lo hizo desde el ambón, sino que bajó los escalones del presbiterio y se colocó junto a los que estábamos sentados en los primeros bancos. Tenía la característica barba capuchina y una voz clara y potente que llenaba el templo sin necesidad de micrófono. Pero en este caso no respetó el refranero y su sermón fue más largo de lo esperado en un verano. Sin embargo, mereció la pena. Se centró en el mismo Evangelio de la multiplicación de los panes y los peces según san Mateo, sin apenas detenerse en las demás lecturas. A pesar del tiempo pasado, sigo recordándola con una claridad casi fotográfica.
Comenzó hablando de la guerra de Ucrania, de la situación en Oriente Medio y del problema de la inmigración ilegal. En una palabra, de los graves problemas que constantemente aparecen en los medios informativos y redes sociales y ante los cuales uno se siente pequeño e impotente. No supe explicar qué tenía que ver esto con la multiplicación de los panes y los peces. Entonces, el barbudo capuchino recordó la reacción inicial que tuvieron los apóstoles al ver a la multitud hambrienta: «Estamos en despoblado y es muy tarde; despide a la gente para que vaya a las aldeas y se compre comida». Afirmó que esa misma respuesta es la que damos muchos de nosotros ante tragedias que nos superan: apartamos la mirada. Pensamos que la solución les corresponde a los gobiernos, a las instituciones internacionales o a quienes pueden actuar. Y todo ello, dijo, porque como el problema es demasiado grande, lo alejamos de nuestra conciencia.
Pero Jesús, siguió diciendo, responde de manera desconcertante: «No hace falta que se vayan; dadles vosotros de comer». Fue entonces cuando comprendí el choque entre la lógica humana y la lógica evangélica que se encontraba en el corazón de aquella homilía: los apóstoles no ven solución al problema —porque sólo disponen de cinco panes y dos peces—, pero Jesús no les pide lo imposible, sólo les dice «traédmelos». Ese es el centro de la homilía que aún recuerdo: Jesús toma lo poco que tienen, lo bendice, lo parte y lo multiplica. Es la disposición a ofrecer lo que los discípulos tienen, por escaso que parezca, lo que hace posible el milagro.
Fue entonces cuando el capuchino, con voz potente y clara, regresó a los problemas del mundo con los que había comenzado su sermón y nos dijo que Jesús no nos pide solucionar aquello que excede de nuestras fuerzas: sólo nos pide que entreguemos nuestros cinco panes y dos peces. Y pensando en la petición por Ceuta, comprendí de nuevo la actualidad de aquella enseñanza.
Eso no significa que desaparezcan las responsabilidades de quienes gobiernan. Es inevitable preguntarse qué hacen los gobernantes cuando se originan guerras, injusticias o situaciones dolorosas difíciles de resolver. La solución no es sencilla. Precisamente por eso resulta preocupante que, con demasiada frecuencia, se recurra a la demagogia para presentar como fáciles problemas que en realidad son extraordinariamente complejos.
También surge la pregunta que tantas veces se ha formulado la humanidad: si Dios es bueno, ¿por qué permite el sufrimiento? La respuesta a esta pregunta nos la da San Agustín. Dios creó al hombre libre, y esa libertad implica también la posibilidad de elegir entre el bien y el mal. El ser humano no es una marioneta teledirigida por Dios. Por tanto, las guerras, el terrorismo, la injusticia o la indiferencia no tienen su origen en una voluntad divina, sino que son consecuencia de decisiones tomadas libremente por los seres humanos. De todo lo anterior podemos llegar a la conclusión de que el Evangelio no nos permite refugiarnos en la queja permanente contra los demás sin hacer nada, ni tampoco en la tentación de culpar a Dios de la maldad humana.
La responsabilidad de quienes gobiernan existe y debe ser exigida. Pero no hay que olvidar que nosotros también somos responsables: o elegimos hacer el bien o permanecer indiferentes. Al fin y al cabo, nuestros cinco panes y dos peces pueden ser poca cosa frente a los grandes problemas del mundo, pero el Evangelio nos recuerda que no se nos pide más que ofrecerlos. Ya verá Jesús qué tiene que hacer con ellos. Aún recuerdo cómo terminó aquel capuchino su homilía: «Vosotros haced el bien y no el mal, aunque sea en lo poco. Poneos a ello en vuestro día a día, y ya se encargará Jesús del resto».
Quizás por eso la multiplicación de los panes y los peces sigue siendo uno de los Evangelios más actuales y conocidos. Nos libera de querer arreglar solos todos los problemas del mundo, pero también nos impide utilizar nuestra impotencia como excusa para no hacer nada. Nuestros cinco panes y dos peces son una aportación a la construcción de un mundo donde impere el amor al prójimo, la defensa de la verdad frente a la mentira y del bien contra el mal. Son un esfuerzo constante por actuar con rectitud.
Mientras escuchaba aquella petición por España y por los ceutíes, volví a comprender que el Evangelio no nos pide resolver los grandes conflictos de la historia. Nos pide algo más humilde y, al mismo tiempo, más exigente: que pongamos en manos de Dios lo poco que tenemos y que no dejemos de hacer el bien. La multiplicación, como hace dos mil años, seguirá siendo cosa suya.
Corpus Ruiz Fernández

