Al terminar la Guerra Civil en 1939, muchos españoles del bando derrotado temieron que sobre ellos llevaran a cabo represalias. Unos fueron detenidos y encarcelados, otros —los que pudieron— marcharon al exilio, y muchos rehicieron sus vidas bajo la atenta mirada de las nuevas autoridades. Pero también hubo quienes se echaron al monte, no para continuar combatiendo sino como una opción de seguir viviendo en libertad. Son los conocidos con el nombre de huidos o maquis, que buscaron refugio en sitios montañosos como la zona de Sierra Morena, donde llegaron a sobrevivir escondidos logrando obtener recursos sobre el terreno.
La zona que separa Andalucía de Ciudad Real era, en esos momentos, ideal para caminar sin ser fácilmente detectados. De ahí que por aquellas sierras tuvieran lugar acontecimientos que permiten reconstruir la actividad de un grupo que llevó a cabo acciones entre 1944 y 1945. La historia comienza el 22 de junio de 1944 en el paraje denominado Raso de la Utrera, dentro del término municipal de San Lorenzo de Calatrava. Durante años escuché a mi madre contar que su padre, mi abuelo Ciriaco Fernández Carrera, había sido asaltado por los maquis en aquellas sierras. Esta historia familiar ha podido ser confirmada décadas después gracias a la documentación conservada. El hecho quedó recogido en una requisitoria publicada en el Boletín Oficial de la Provincia de Ciudad Real, en la que se indicaba que los autores fueron cuatro hombres armados, descritos como «rojos huidos en la sierra», que vestían cazadoras de cuero, pantalones de pana y botas abiertas negras.
Los atracadores no fueron reconocidos por mi abuelo, por lo que en esta fuente primaria no aparece ninguna referencia a nombres, apodos o sospechas concretas. Esta ausencia de identificación resulta llamativa, ya que en pueblos como San Lorenzo de Calatrava o Huertezuelas los vecinos se conocían entre sí. Si aquellos hombres hubiesen sido originarios de esta zona de la provincia de Ciudad Real es probable que mi abuelo hubiera sospechado de su identidad. Sin embargo, no ocurrió así. Esta circunstancia permite plantear la posibilidad de que se tratara de individuos procedentes de otras zonas de Sierra Morena, quizás de Andalucía, que utilizaban las sierras que separan ambas regiones como ruta de tránsito y refugio para alejarse de los pueblos donde podían ser reconocidos por las autoridades o sus propios vecinos.
Diez meses después, el 27 de abril de 1945, siete maquis llevaron a cabo una acción mucho más ambiciosa y compleja. A las siete de la tarde pusieron en marcha un golpe coordinado contra tres cortijos situados en el término municipal de Calzada de Calatrava: Serranillos, Navalaencina y Canto Hincado, en ese mismo orden. Cuando Clemente Ciudad Camacho, administrador de Serranillos, regresaba a su finca montado en un charrete tirado por una yegua —acompañado en uno de los asientos por el carpintero Francisco Camacho Ciudad y, a pocos metros por delante, por el guarda de la finca Pablo García Ureña, que iba en su yegua— y faltaban unos quinientos metros para llegar al cortijo tres hombres le cortaron el paso: dos de ellos vestidos de Guardia Civil y uno disfrazado con camisa azul falangista. Registraron las dependencias de Serranillos con el objetivo de hacerse de armas, dinero, alimentos o lo que surgiera. Finalizado el registro estos tres individuos encerraron a Francisco Camacho, al guarda Pablo Ureña y a dos hijos de éste en una habitación, para impedir que pudieran avisar a nadie o interferir en el asalto. Mientras estas acciones se llevaban a cabo, un individuo apareció en la finca y se acercó al carruaje para vigilarlo. Este detalle resulta decisivo para comprender el desarrollo de toda la operación. Había que controlarlo todo. De Serranillos se llevaron tres mantas, una chaqueta, jabón, unas bridas de una potra, tres nabos y una escopeta de dos cañones, propiedad del administrador. Terminado el asalto obligaron a salir con ellos a Clemente, para que los llevara al cortijo de Navalaencina con su charrete. Éste se convirtió en la pieza central de toda la operación, ya que gracias a él pudieron desplazarse rápidamente a las otras dos fincas. Por otro lado, al obligar a Clemente a permanecer con los maquis durante todo el asalto, convirtió al administrador de Serranillos en el testigo más valioso de cuantos declararon después ante la autoridad judicial.
Llegaron a Navalaencina, donde se incorporó al contingente un nuevo miembro para vigilar el charrete. Registraron las viviendas y exigieron dinero. Es aquí donde se produce el episodio más violento, que tuvo como protagonista al arrendatario de este cortijo, Lucio Dorado González: convencidos de que tenía más dinero, llegaron a colocarle una soga al cuello y amenazarlo con ahorcarlo si no revelaba donde estaba escondido el resto. Por fin, les indicó dónde había más de mil pesetas, además de siete pares de pantalones, seis mudas de camisas y calzoncillos, dos pares de botas, un traje militar, una colcha y un vestido de señora. El importe de todo esto ascendió a más de tres mil pesetas. Además, otros moradores del cortijo fueron obligados a entregar dinero y alimentos. Ya eran cinco los que formaban la partida: los dos vestidos de Guardia Civil, el disfrazado de falangista y los dos nuevos que se habían incorporado, uno en el cortijo de Serranillos y el otro en el de Navalaencina.
Terminada la operación, regresaron hacia atrás para dirigirse, montados en el vehículo tirado por una yegua, hacia el cortijo de Canto Hincado, donde al llegar se incorporan dos nuevos individuos, sin disfraz ninguno. Como puede verse, a medida que la operación avanzaba iban apareciendo nuevos hombres que la mayoría de los testigos, salvo Clemente, que conducía el carruaje, no pudieron ver. Esto quiere decir que algunos maquis permanecieron en posiciones de vigilancia, mientras los demás participaban directamente en los registros de los tres cortijos.
El guarda de Canto Hincado, Vicente Pareja Vozmediano, declaró haber visto a seis hombres armados. Clemente, sin embargo, afirmó que vio a siete hombres armados. La diferencia vuelve a explicarse porque uno de ellos permaneció, durante toda la operación de asalto, custodiando el charrete, la yegua que lo conducía y el botín acumulado. En este cortijo encontraron una cartera con más de seis mil pesetas, una cifra extraordinaria para la época. También se llevaron varias mantas, una bufanda, un reloj de señora, un anillo, una gabardina y dos jamones y seis panes, cuyo valor ascendió a un total de dos mil quinientas cincuenta pesetas. En este caso, no hubo maltrato por parte de los atracadores, sólo amenazas para saber si había dinero dentro de la casa. Cuando abandonaron la finca habían conseguido más de nueve mil pesetas en metálico, además de los objetos mencionados: armas, alimentos y enseres.
Cuando terminaron la operación ya era de noche, sobre la una de la madrugada, retirándose en dirección a Puertollano, pasando por el término de Villanueva de San Carlos. Pese a la hora, la oscuridad no debía de ser completa, pues aquel 27 de abril de 1945 coincidió con la luna llena, cuya claridad probablemente facilitó tanto el desplazamiento de los integrantes de la partida por los montes como el posterior regreso de Clemente Ciudad Camacho a Serranillos en su charrete. Durante este trayecto asaltaron a Vicente de la Calle García y, poco después, a otro hombre que pasaba por aquellos caminos montado en un burro, como mi abuelo. Le quitaron el dinero y usaron el animal para transportar varios bultos. Hay que decir que de la finca de Canto Hincado salieron a pie, por lo que Clemente, cuando los dejó de ver, montó en su carro y fue a Serranillos para liberar a quienes los asaltantes habían dejado encerrados. Fue el hombre que iba en el burro quien proporcionó un dato interesante: observó, cerca de la Huerta de la Gallega —actualmente rodeada con placas solares— que los maquis se internaron alrededor en el monte. También pudo verlos cómo cargaban y descargaban las mercancías en plena obscuridad. Una vez terminaron la operación, le devolvieron el burro. Lo que sugiere que se dirigieron a un escondite previamente preparado e indica que la retirada fue cuidadosamente planificada.
Cuando los afectados por el asalto dieron parte, la Guardia Civil actuó rápidamente, organizándose batidas por el término de Calzada de Calatrava y Solana del Pino, intensificándose la vigilancia en toda la comarca. A pesar de todo, los resultados fueron negativos y sólo pudieron recuperar una escopeta y un reloj. Los responsables no fueron identificados e, internándose por los montes, desaparecieron sin dejar rastro.
Ni mi abuelo Ciriaco Fernández Carrera reconoció a los cuatro hombres que lo atracaron —por cierto, según me contó mi madre, también iba montado en un asno— en el Raso de la Utrera, ni los habitantes de Canto Hincado, Serranillos y Navalaencina pudieron poner nombre a quienes los asaltaron en abril de 1945. Tampoco pudo saberse si hubo vecinos o trabajadores de la zona que pudiesen haber actuado como enlaces con los integrantes del grupo, ya que en las declaraciones de los testigos no se aprecia que haya señalamiento de persona alguna.
Quizás aquellos hombres procedieran de Andalucía y utilizaran Sierra Morena como ruta de desplazamiento y refugio. Por otro lado, no puedo demostrar documentalmente que los que asaltaron a mi abuelo fueran los mismos que, meses después atracaron los cortijos de Serranillos, Navalaencina y Cantohincado. Pero sí es posible afirmar que ambos episodios comparten un mismo escenario geográfico, una misma forma de actuar y, sobre todo, el mismo misterio. Los documentos conservados nos muestran a hombres armados que aparecían repentinamente en los caminos y cortijos de Sierra Morena, obtenían recursos para sobrevivir y desaparecían después entre los montes sin que nadie pudiera identificarlos. Ochenta años después, su rastro sigue perdiéndose entre las sierras que separan Andalucía de La Mancha.
Nota sobre los lugares citados: Los tres cortijos asaltados el 27 de abril de 1945 —Serranillos, Navalaencina y Canto Hincado— continúan figurando en la cartografía actual del término municipal de Calzada de Calatrava. Su localización permite reconstruir sobre el terreno el itinerario seguido por la partida de maquis y comprender mejor el desarrollo de los acontecimientos descritos en este artículo. Canto Hincado se encuentra aproximadamente a cinco kilómetros del inicio del camino de acceso al Sacro Convento de Calatrava la Nueva, en dirección a La Alameda, apartándose por el camino que hay a mano izquierda a unos setecientos metros de dicho camino. La distancia entre Canto Hincado y Serranillos es de unos cuatro kilómetros y medio, mientras que entre Serranillos y Navalaencina supera ligeramente los dos kilómetros.
Corpus Ruiz Fernández



