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jueves, abril 16, 2026

Verdad, justicia y Paz

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Para un católico no sólo es importante —y esperanzador— que la Iglesia siga ejerciendo su papel de intermediaria internacional; también es decisivo que siga siendo reconocida por su fidelidad a la Verdad completa, especialmente cuando habla de guerra y de paz. Una Verdad sin olvidos significativos. Convicción que es uno de los núcleos del cristianismo. No hay que preguntarse, como Pilatos, ¿qué es la verdad? sino ¿quién es la Verdad? De ahí que a Cristo no lo podamos fragmentar, ya que entonces el testimonio cristiano perdería fuerza y se convertiría en una “certeza” con minúsculas.

Siendo coherentes con el Catecismo, la guerra que están manteniendo EE. UU. e Israel contra Irán no es justa. Eso no quita para que muchos católicos estén criticando la forma en que la Iglesia la condena, incluyendo las declaraciones del Papa León XIV, que tiene todo el derecho y el deber de hacerlas. El quid de la cuestión es ver si se está diciendo la Verdad o la verdad: íntegra o selectiva.

Retrocedamos unos años para tomar como referencia una comparación: la guerra de Argelia, a inicios de los años sesenta del siglo pasado, cuando el conflicto estaba en su fase más dura, tanto militar como política. La postura de la Santa Sede y la Iglesia local se caracterizó por su solidez moral: se condenó la violencia francesa, pero también se hizo lo mismo con el terrorismo del Frente de Liberación Nacional (FLN), y los asesinatos de ambos bandos —cristianos o musulmanes— fueron denunciados. El lenguaje usado fue duro e incómodo para unos y otros: ofensa contra Dios, fratricidio, crimen moral. Podemos decir que la Verdad —necesaria y molesta para todos— fue completa. Esta actitud reforzó la moral universal, la confianza y la capacidad de hablar para hacer de intermediaria en conflictos, sin dudar en ningún momento de no ser aliada de alguna de las partes: la Iglesia no acusaba a un solo bando y callaba ante el otro. Y mantener la credibilidad es un ejemplo que el mundo entero reconoce, ya que evitó en todo momento alinearse con la Francia colonial cristiana o con el FLN argelino —mayormente musulmán—, posición que fue criticada por ambos bandos. Desautorizó a los sectores católicos que justificaron la violencia colonial y condenó las prácticas violentas cometidas por los musulmanes, ya que insistió que ninguna causa política podía justificar el terrorismo.

Sin embargo, en relación con la actual guerra entre EE. UU. e Israel contra Irán muchos católicos manifiestan que León XIV denuncia sólo las acciones bélicas occidentales, dejando en segundo plano la condena pública del régimen totalitario iraní. Pero en moral cristiana no sólo importa la intención y en el Vaticano no han sido conscientes del efecto previsible del mensaje de Papa, ya que ha sido evidente la máxima claridad en la denuncia de unos males y el silencio o ambigüedad de otros. Esto ha provocado que se haya presentado una verdad fragmentada que ha llegado a la opinión pública. ¿Cuál habría sido la reacción de la mayoría de los medios de comunicación y gobiernos de la UE si las declaraciones hubieran contenido sólo acusaciones dirigidas a los líderes religiosos iraníes? Del mismo tipo han sido las declaraciones de Giorgia Meloni que, tachando de inaceptables las declaraciones de Trump, dijo: “no me sentiría cómoda en una sociedad donde los líderes religiosos hacen lo que les dicen los líderes políticos”. Nadie podrá decir que esta afirmación es una verdad como un templo, pero también fragmentada, porque pudo completar su mensaje con esta otra: “e igualmente, no me sentiría cómoda en una sociedad donde los líderes políticos hacen lo que les dicen los ayatolás”.

Hay que ser prudentes y usar la Verdad para no generar confusión entre los fieles, de lo contrario se debilita el papel que la Santa Sede pudiera hacer como mediador en este conflicto, debido a que una de las partes afectadas dejará de tenerla como referencia moral y perderá la confianza en ella. En una palabra, su credibilidad moral se erosiona al percibirse un doble rasero comunicativo y la Iglesia católica deja de ser vista como una referencia por encima de la política, siendo aprovechado el mensaje eclesial por actores no católicos y ajenos a la fe cristiana, e incluso por el régimen iraní.

Con esta reflexión quiero dar a entender que la Paz —con mayúscula— se construye eliminando los silencios y las verdades administradas según conveniencia. La verdadera hay que levantarla sobre la Verdad entera que, para los cristianos, es Jesucristo. Por tanto, olvídense de la paz mientras siga siendo alimentada por medias verdades, ya que la Verdad completa es el único suelo firme sobre el que la Paz puede echar a volar: es una constatación histórica. Integridad que, como Benedicto XVI nos advirtió, no debe ser ni fría ni ideológica: Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo; sin caridad, la verdad se torna fría y opresiva. Es evidente que, al seguir este criterio, pueden perderse apoyos circunstanciales, pero se gana credibilidad. Necesitamos gobernantes que no cambien de opinión según el interlocutor, sino que actúen de forma verdadera, aunque incomode a todos por igual.

Desde esta perspectiva, muchos creyentes que consideran esta guerra como injusta reconocen, a la vez, que el Estado de Israel vive bajo una amenaza real y explícita proveniente de un régimen que ha declarado abiertamente su voluntad de eliminarlo. Y que pueda alcanzar dicho objetivo si logra fabricar la bomba atómica. Temor desde el cual se toman decisiones políticas y militares. Y con esto no quiero justificar los ataques preventivos ni bendecir las acciones bélicas de Israel. Con ello no estoy legitimando sus acciones, pero comprendo su motivación al constatar la existencia de un miedo humano, origen —entre otros muchos— del inicio de esta guerra que, según el Catecismo, no es justa. La Iglesia no está llamada a justificar guerras, salvo casos excepcionales, pero tampoco a silenciar los contextos que explican por qué surgen. Su autoridad moral se ha construido históricamente sobre la capacidad de decir a todos lo que no quieren oír, sin excepciones selectivas. Cuando en Argelia denunció tanto la violencia colonial como la revolucionaria, fortaleció su credibilidad. Hoy puede hacer lo mismo sin traicionar su doctrina y sin recurrir a medias verdades.

Nombrando con honestidad los miedos, las amenazas y las responsabilidades de todos los actores implicados, hay más posibilidad de llegar a un acuerdo de Paz. Porque la Verdad incómoda —sobre unos y sobre otros– no busca vencedores, sino una reconciliación que abra el camino hacia una Paz verdadera y no hacia una paz de cementerio. Porque la Paz tiene que ir aparejada de la Verdad, de la vida y de la justicia.

Corpus Ruiz Fernández

(Nota de la Redacción: Las Opiniones de usuarios y colaboradores no tiene por qué corresponderse forzosamente con la línea editorial de Almagro Noticias, la cual promueve la pluralidad de opiniones en el marco de los principios y valores sobre los que se sustenta.)
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