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jueves, octubre 22, 2026

Dos ritos casi olvidados en las bodas católicas

(Dedicado a Conchi y Salva, por habernos hecho partícipes de dos días tan especiales. A sus hijos y a sus nuevas familias, con todo nuestro cariño, tras haber tenido el privilegio de acompañarlos en su boda, que incluyó la belleza del rito de la velación.)

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En los meses de septiembre y octubre, mi mujer y yo hemos asistido a dos bodas familiares, una en Córdoba y otra en Sevilla. En este tipo de celebraciones suele haber quien examina con minuciosidad el vestido de la novia o la elegancia de los padrinos. Otros valoran el acierto en la elección del lugar del banquete o la calidad del menú. Sin embargo, mi atención se dirigió hacia otro aspecto menos habitual: los ritos religiosos que tuvieron lugar en ambas ceremonias.

Fueron precisamente dos de ellos los que despertaron mi interés, por no ser hoy especialmente frecuentes en los matrimonios católicos: la velación de los esposos y la lectura de una bendición apostólica concedida por el Papa León XIV a través de su Limosnero, el arzobispo —español y agustino— Luis Marín de San Martín. La coincidencia de ambos ritos en las dos bodas me llevó a preguntarme por su origen, su significado y su historia. De ello trata este artículo.

Es curioso que el Diccionario de la lengua española defina la velación en términos que parecen remitir a una costumbre desaparecida. La RAE la describe como una ceremonia que «consistía en cubrir con un velo a los cónyuges en la misa nupcial que se celebraba, por lo común, inmediatamente después del casamiento, y que tenía lugar durante todo el año, excepto en tiempo de Adviento y en el de la Cuaresma», empleando el pretérito para referirse a ella. Sin embargo, la realidad es que el rito no ha desaparecido por completo. Precisamente por ello, hice una consulta a la Real Academia Española a través de la red social X, antes Twitter, para conocer las razones de esa redacción en pasado. Desde la institución me informaron de que podía remitir una propuesta de modificación de la definición mediante el formulario correspondiente, posibilidad de la que hice uso al considerar que la velación, aunque hoy sea menos habitual, sigue siendo un rito vigente en la Iglesia católica y no una práctica extinguida. Prueba de ello es que las dos bodas a las que hemos asistido recientemente incluyeron esta antigua ceremonia, conservada todavía en algunas parroquias y recuperada por parejas que desean incorporar a su matrimonio tradiciones cargadas de simbolismo. Por otra parte, quiero comentar que tras la reforma litúrgica posterior al CVII la velación quedó reducida a ámbitos concretos o a familias que deseaban incluirla. Asimismo, en muchos registros parroquiales, cuando había velación, se hacía constar que esposo y esposa «fueron desposados y velados».

Definición de velación, según el Diccionario de la RAE.

La idea de relacionar el matrimonio con un velo es anterior al cristianismo: en la época romana existía el flammeum —velo que, durante la ceremonia matrimonial, cubría a la novia— y en el mundo judío el uso de velos simbolizaba un nuevo estado de la esposa. Pero la velación matrimonial católica consiste en colocar un velo sobre los esposos, a la vez que el sacerdote pronuncia una oración de bendición especial.

Quizás, para el lector, no sea tan importante su origen como el significado de este rito: lo que pretende expresar. La velación simboliza la unión de los esposos bajo la bendición de Dios. Al quedar cubiertos por un mismo velo mientras el sacerdote pronuncia la oración nupcial, se expresa que ambos inician una nueva vida en común, protegidos por la gracia divina y llamados a formar una familia cristiana.

El rito pone de relieve valores como la fidelidad mutua de los cónyuges, la concordia necesaria para afrontar las adversidades de la vida y el fortalecimiento del amor a lo largo de los años. Asimismo, recuerda una de las finalidades tradicionales que la Iglesia atribuye al matrimonio: el don de traer hijos al mundo y educarlos en la fe cristiana. El matrimonio es entendido así no solo como la unión de un hombre y una mujer, sino también como el ámbito en el que nace y se desarrolla una nueva familia cristiana. Bajo el velo quedan simbolizados los objetivos más profundos de todo matrimonio católico: quererse, respetarse, superar las dificultades, formar una familia y recibir la ayuda de Dios.

En el día de hoy, donde cada vez se acepta menos los vínculos de un matrimonio católico, dejando de ser una opción mayoritaria para muchas parejas, la velación proclama un sencillo pero profundo mensaje: la perduración del amor conyugal, hasta que la muerte los separe. Porque un matrimonio cristiano no es sólo un contrato o una celebración familiar, sino una vocación de amor y fidelidad, llamada a mantenerse firme en los momentos de felicidad y también en los de dificultad.

El segundo elemento que llamó mi atención, en las dos bodas, fue la lectura de una bendición apostólica expedida por el Limosnero de Su Santidad. Es un documento —que suele materializarse en una artística carta o pergamino donde figuran los nombres de los destinatarios, el acontecimiento celebrado y una fórmula de bendición pontificia— emitido por el Limosnero de Su Santidad, concediendo una bendición especial para determinadas ocasiones importantes de la vida cristiana: matrimonios, aniversarios, primeras comuniones u ordenaciones sacerdotales. No es un privilegio reservado a personalidades relevantes, ya que cualquier fiel puede solicitarla a través de la Limosnería Apostólica. Los donativos asociados a estas peticiones van destinados a obras de caridad.

Esa presencia simultánea, en las dos bodas familiares, de la velación y la bendición apostólica me hizo reflexionar sobre la riqueza simbólica que aún conservan determinadas celebraciones religiosas. Debo reconocer que la presencia de ambos ritos aumentó mi admiración por los novios y sus familias. En tiempos en los que tantas tradiciones religiosas van quedando en el olvido, ellos decidieron mantener unas prácticas cargadas de significado y de historia. Gracias a ello, quienes asistimos a aquellas bodas pudimos contemplar no sólo una celebración familiar, sino también la pervivencia de unas costumbres que forman parte del patrimonio espiritual y cultural de la Iglesia.

Resultó llamativo comprobar cómo la velación despertó la curiosidad de numerosos asistentes, ya que no fueron pocos los que preguntaban qué representaba aquel velo extendido sobre los recién casados o si se trataba de una costumbre antigua recuperada para la ocasión. En cierto modo, aquellas preguntas confirmaban la reflexión que me había suscitado la ceremonia: lo que durante generaciones fue algo familiar se ha convertido hoy en una tradición poco conocida, incluso para quienes participan habitualmente en bodas religiosas.

Epílogo

Nunca es tarde si la dicha es buena. Y digo esto porque la velación no tiene por qué celebrarse necesariamente el mismo día de la boda. De hecho, no han sido raros los casos en los que el matrimonio y la velación tuvieron lugar en fechas distintas.

De ahí que aquellos esposos que en su día no tuvieron ocasión de ser velados, o que simplemente desconocían la existencia de este antiguo rito, puedan encontrar en él una hermosa forma de renovar ante Dios el compromiso adquirido en su matrimonio. La velación sigue conservando hoy toda la fuerza simbólica con la que acompañó a generaciones de cristianos.

Al fin y al cabo, si la velación expresa el deseo de caminar juntos bajo la bendición de Dios, siempre habrá un momento oportuno para recibirla.

Además, en las bodas también vuelven a encontrarse, bajo un mismo techo, familiares que hacía años no se abrazaban, hermanos separados por la distancia, pero unidos por una vida entera de recuerdos compartidos, y primos que no han tenido muchas ocasiones para verse. Y es por eso por lo que a la vez que nace un nuevo hogar, la ceremonia da la oportunidad de reafirmar unos lazos familiares que el tiempo nunca podrá romper.

Corpus Ruiz Fernández 

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