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jueves, noviembre 5, 2026

La catástrofe ferroviaria que estremeció a toda España

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Estos últimos días ha sido noticia, desgraciadamente, el accidente ferroviario ocurrido en Urda (Toledo), que ha dejado decenas de fallecidos y numerosos heridos hospitalizados en distintos centros de Castilla-La Mancha. La tragedia ha reavivado el recuerdo de otro desastre ferroviario que, hace más de ciento cuarenta años, conmocionó a toda España: la catástrofe del puente de Alcudia, ocurrida en la madrugada del 27 de abril de 1884. Aún no había amanecido cuando el tren mixto número 51, procedente de Badajoz y con destino a Madrid, llegó a las inmediaciones del puente sobre el río Alcudia. Lo que sucedió a continuación se convertiría en uno de los accidentes ferroviarios más graves que habían conocido hasta entonces las vías españolas.

La catástrofe dio lugar a toda clase de rumores y especulaciones sobre sus causas y sobre las posibles responsabilidades. La circunstancia de que aquel mismo día se celebrasen elecciones generales durante la Restauración borbónica contribuyó a que el suceso fuese interpretado desde posiciones políticas enfrentadas. Mientras la prensa debatía las circunstancias del siniestro, la justicia iniciaba una investigación destinada a esclarecer lo ocurrido. El expediente judicial que se formó tras el accidente acabaría convirtiéndose en una valiosa fuente documental para reconstruir aquellos dramáticos acontecimientos.

Antes de analizar las primeras investigaciones, conviene detenerse en el escenario donde tuvo lugar la tragedia. El puente de Alcudia se encuentra en el término del partido de Almodóvar del Campo, en pleno valle homónimo. Los cronistas de la época lo describían como una amplia cañada de más de cuarenta kilómetros de anchura y más de sesenta de longitud, con montañas quebradas, valles y abundante vegetación. En este territorio nacían numerosos arroyos que, durante los periodos de lluvia, alimentaban cursos de agua como el río Alcudia, que en la fecha del accidente era atravesado por un puente de la línea férrea de Madrid a Badajoz, inaugurado en 1864. Tras la catástrofe, el lugar pasó a ser conocido popularmente como el Puente de los Soldados, en recuerdo de los numerosos militares fallecidos. La estructura original quedó destruida por el accidente, aunque posteriormente fue reconstruida y la línea continuó prestando servicio ferroviario durante muchos años. Aún hoy, pese a que ya no circulan trenes por él, sigue en pie como uno de los escenarios más emblemáticos de aquella tragedia.

El tren mixto —formado por una locomotora, su ténder, varios vagones de mercancías y ganado, además de distintos coches de viajeros— había salido de Badajoz sin novedad y en él viajaban ciento setenta soldados de los regimientos de Castilla y Granada que regresaban a casa tras cumplir el servicio militar. Aquel viaje suponía, por tanto, el esperado encuentro con sus familias. Llegó a la estación de Chillón y partió de ésta a las cuatro y un minuto de la madrugada. Debido a que el telégrafo llevaba averiado desde las dos de la noche anterior, la salida la hizo con las precauciones que exigían una circunstancia poco habitual. Sin embargo, nada hacía presagiar la tragedia.

Diecinueve minutos después, el convoy alcanzó la amplia curva de quinientos metros de radio que precedía al puente de Alcudia. Ante él se extendía el puente que salvaba el cauce del río y que durante dos décadas había soportado el paso de innumerables trenes sin incidentes de consideración. Hacía un tiempo más de invierno que de primavera y la lluvia caía de forma persistente, lo que obligaba a los viajeros a mantener cerradas las ventanillas de los coches. Horas antes, de acuerdo con la tradición, los soldados habían celebrado su próximo regreso al hogar con canciones acompañadas por los acordes de la guitarra, pero el cansancio terminó imponiéndose y, en la madrugada, reinaba el silencio en el convoy mientras la mayoría de los viajeros descansaba.

Se aproximaba la desgracia. Y fue entonces cuando, en cuestión de segundos, todo ocurrió. Al entrar en el puente de Alcudia, el maquinista advirtió que algo no marchaba bien. La locomotora reclamó con urgencia la aplicación de los frenos e, instantes después, la máquina descarriló al llegar a la primera pila del puente, chocó con la siguiente y acabó precipitándose al río. La estructura se vino abajo, llevándose consigo a gran parte del convoy.

Los gritos de auxilio, el estruendo de los vagones al precipitarse al agua y el ruido del hierro retorciéndose convirtieron aquellos instantes en una escena de pánico y desolación. Muchos viajeros quedaron atrapados entre los restos del convoy, mientras otros luchaban contra la corriente del río en un desesperado intento por salvar sus vidas. Con sus ruedas delanteras sobresaliendo de las aguas, la locomotora quedó incrustada en el lecho del Alcudia. Los coches quedaron sumergidos en el río, mientras que el furgón de cola y un coche de segunda clase tuvieron la fortuna de permanecer sobre los carriles, junto al estribo de entrada del puente, circunstancia que permitió la supervivencia de algunos de sus ocupantes.

El cauce del río, habitualmente modesto, bajaba aquel día crecido por las lluvias y alcanzaba un nivel cercano a los dos metros por encima de lo habitual. Quienes cayeron al agua tuvieron que enfrentarse no sólo al derrumbe del tren, sino también a una fuerte corriente que dificultó las labores de rescate y redujo las posibilidades de supervivencia de muchas de las víctimas.

Los primeros auxilios no tardaron en llegar: los vigilantes de la vía y varios campesinos de la zona, junto a los guardias civiles que escoltaban el tren, iniciaron el rescate de los supervivientes. Al mismo tiempo, otros viajeros trataban de alcanzar la orilla entre los restos de madera, hierro y equipajes arrastrados por la corriente. Al amanecer, el escenario era desolador y al lugar habían acudido trenes de socorro, médicos, empleados de la compañía ferroviaria, fuerzas de la Guardia Civil y numerosas autoridades. Eduardo Hervás, el conocido zapatero de Almadén, arriesgó su propia vida en las frías aguas del río, colaborando en la recuperación de numerosos cadáveres y en el rescate de heridos, ganándose la admiración de cuantos presenciaron su comportamiento.

Las riberas del río Alcudia pasaron a ser un inmenso campo de operaciones —bajo la dirección del alcalde almadenense, Justo Sánchez Aparicio, y la supervisión del juzgado— donde se organizaron los trabajos de rescate, identificación de las víctimas y recuperación del material ferroviario. Estuvieron marcadas por el dolor, la incertidumbre y la búsqueda de respuestas a una tragedia que había conmocionado a toda España.

Gracias a un estudio realizado por Agustín Sáez —publicado pocos años después de la catástrofe— basado en el sumario judicial, conocemos hoy la identidad de las víctimas y de los heridos, así como el desarrollo de la investigación que trató de esclarecer las causas del siniestro. Todo ello será objeto de los próximos artículos de esta serie.

Corpus Ruiz Fernández

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