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viernes, octubre 23, 2026

Leyendas para la Noche de Difuntos – Almagro: «El Sustanciero»

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Nunca olvidaré aquella noche de noviembre en la que comprendí que hay hambres que ni siquiera la muerte consigue saciar.

Era yo apenas un muchacho cuando escuché por primera vez hablar del sustanciero. Mi abuela, que había conocido los años más miserables de la posguerra, me contaba que, en aquellos tiempos de cartillas de racionamiento, estómagos vacíos y ollas casi sin sustancia, recorría las calles un hombre que alquilaba huesos de jamón y tocino. Las familias más pobres pagaban unas monedas por introducirlos en el puchero y conseguir que el caldo tuviera, siquiera por unos minutos, el sabor de una comida digna.

—El hambre, hijo mío —me decía mientras removía las brasas de la chimenea—, hace que los vivos acepten cualquier cosa. Pero hay cosas que ni los muertos deberían probar.

Nunca entendí aquella advertencia. No hasta la noche en que me encontré con él.

Sucedió en Almagro, una víspera del Día de Todos los Santos, cuando el frío comenzaba a deslizarse por las callejuelas empedradas y la niebla se agarraba a las fachadas encaladas como una mortaja. Yo regresaba a casa después de haber pasado la tarde en una taberna próxima a la Plaza Mayor. Las galerías acristaladas apenas se distinguían bajo la oscuridad, y el silencio que envolvía la ciudad tenía algo antinatural, como si hasta las piedras del viejo Almagro estuvieran conteniendo la respiración.

Al pasar cerca de la iglesia de San Bartolomé, escuché una voz.

—¡El sustanciero! ¡El sustanciero! ¡Hueso de jamón para el puchero!

Me detuve.

La voz era antigua, áspera, quebrada por una tos profunda. Procedía de una callejuela estrecha que parecía más oscura que las demás. Al fondo, bajo la luz mortecina de un farol, distinguí la silueta de un hombre encorvado, vestido con una larga capa negra y un sombrero que le ocultaba el rostro.

Llevaba una cesta de mimbre colgada del brazo.

Me acerqué, movido por una curiosidad que todavía hoy maldigo.

—¿Qué vende usted a estas horas, buen hombre? —pregunté.

El desconocido levantó lentamente la cabeza.

No pude verle los ojos. Bajo el ala del sombrero solo había dos manchas negras, profundas, como los agujeros de una calavera.

—No vendo, muchacho. Alquilo —respondió—. Un hueso para dar sustancia al caldo. Un poco de sabor para quien no tiene nada. Como antes.

Abrió la cesta.

Dentro había varios huesos amarillentos, ennegrecidos por el tiempo, atados con cordeles que parecían haber sido arrancados de sudarios. De ellos emanaba un olor repugnante, una mezcla de grasa rancia, tierra húmeda y carne podrida.

Pero había algo más.

Entre los huesos vi uno que parecía distinto. Era más grande, casi negro, y tenía grabadas unas pequeñas marcas que recordaban a letras. A su alrededor, el aire parecía temblar.

—¿Cuánto pide por ese? —pregunté, sin saber por qué lo hacía.

El hombre sonrió. O, al menos, eso creí, porque bajo aquella sombra distinguí una hilera de dientes amarillos.

—Por ese no se paga con dinero.

Sentí un escalofrío que me recorrió la espalda.

—¿Y con qué se paga?

El sustanciero inclinó la cabeza hacia mí.

—Con aquello que más hambre tenga.

Antes de que pudiera responder, cerró la cesta y echó a andar. No caminaba como los demás hombres. Sus pies no parecían tocar el suelo y, sin embargo, cada paso iba acompañado de un sonido húmedo, semejante al de alguien arrastrando los pies por el barro de un cementerio.

Lo seguí a distancia.

Atravesó varias calles hasta detenerse frente a una casa humilde, de fachada desconchada y puerta de madera carcomida. Yo conocía aquella vivienda. Mi abuela me había contado que, durante los años más duros de la posguerra, había vivido allí una familia que apenas tenía para comer: un matrimonio y tres niños que, según decían los vecinos, se acostaban muchas noches con el estómago vacío.

El sustanciero llamó tres veces.

Toc. Toc. Toc.

La puerta se abrió sola.

Desde donde me encontraba escuché el llanto de un niño y la voz desesperada de una mujer.

—No tenemos dinero, señor. Mañana, quizá mañana…

—No necesito dinero esta noche —respondió el hombre—. Solo necesito que el caldo hierva.

Hubo un silencio.

Después, un ruido de cacharros y el crepitar de la lumbre.

Me acerqué a una ventana entreabierta. Dentro, una mujer removía una olla mientras tres niños contemplaban el puchero con los ojos hundidos y las mejillas pálidas. El sustanciero sostenía el hueso negro entre sus dedos descarnados.

—Introducidlo en el caldo —ordenó—. Pero recordad una cosa: cuando la campana anuncie la medianoche, debéis devolverlo. Ni un minuto después.

La mujer asintió desesperadamente.

El hueso cayó dentro de la olla.

Y entonces ocurrió algo que jamás he podido olvidar.

La lumbre se volvió azul.

El caldo comenzó a hervir con una violencia espantosa, salpicando las paredes con gotas oscuras. Un olor intenso a carne asada inundó la estancia, tan delicioso que los niños dejaron de llorar y se acercaron a la mesa. La mujer comenzó a reír mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas.

Por primera vez en muchos días, aquella familia iba a comer hasta saciarse.

Pero mientras observaba la escena, vi algo reflejado en el cristal de la ventana.

Detrás de la mujer había tres figuras.

Tres niños.

Idénticos a los que estaban sentados a la mesa, pero transparentes, cubiertos de tierra y con los labios morados.

Los niños de la mesa seguían comiendo, ajenos a todo.

Las figuras del reflejo levantaron lentamente sus cabezas y me miraron.

Entonces comprendí que aquellos pequeños llevaban muertos mucho tiempo.

Quise apartarme de la ventana, pero no pude mover las piernas. Desde el interior de la casa llegó un sonido que no parecía humano: un coro de susurros, cientos de voces superpuestas que repetían una misma palabra.

Hambre… hambre… hambre…

La mujer dejó de reír.

El reloj de una iglesia cercana comenzó a dar las doce.

Una campanada.

El sustanciero apareció en mitad de la estancia.

Dos campanadas.

Extendió la mano hacia la mujer.

—El hueso.

Ella se abrazó a la olla.

—¡Por favor! ¡Mis hijos necesitan comer! ¡Solo un poco más!

Tres campanadas.

El hombre se quitó el sombrero.

Y yo vi su rostro.

No tenía piel. Ni ojos. Ni labios. Su cabeza era una calavera amarillenta, cubierta de grietas y manchas negras. En las cuencas vacías se movían pequeñas llamas azules.

—Tus hijos ya comieron hace muchos años —dijo—. Tú eres la que no ha querido dejar de servirles la cena.

La mujer lanzó un grito desgarrador.

La olla se volcó.

El caldo se extendió por el suelo, pero no era caldo lo que manaba de ella. Era un líquido negro, espeso, lleno de pequeños huesos y mechones de cabello. Los niños sentados a la mesa comenzaron a encogerse, como figuras de cera expuestas al fuego. Sus rostros se hundieron, sus manos se volvieron esqueletos y sus bocas se abrieron en una mueca imposible.

La mujer cayó de rodillas.

—¡No! ¡Mis hijos no! ¡Mis hijos no!

El sustanciero recogió el hueso del suelo y lo introdujo de nuevo en la cesta.

—La necesidad os hizo olvidar que hay deudas que no se pagan con monedas —murmuró—. Y el hambre de los muertos nunca termina.

Después, todas las luces de la casa se apagaron.

Escuché un golpe seco.

Luego, silencio.

No recuerdo cómo llegué a mi casa. Solo sé que aquella noche no dormí y que, al amanecer, regresé al lugar acompañado por dos vecinos.

La casa llevaba décadas abandonada.

Las ventanas estaban tapiadas, la puerta tenía una cadena oxidada y las hierbas crecían entre las piedras del umbral. Uno de los vecinos me aseguró que allí nunca había vivido nadie durante su vida. Otro, un anciano que conocía las historias antiguas de Almagro, se santiguó al escuchar mi relato.

—Esa familia murió de hambre en la posguerra —me dijo—. Los tres niños y su madre. Dicen que la mujer siguió preparando el puchero durante años, incapaz de aceptar que sus pequeños se habían ido. Pero lo del sustanciero… eso es mucho más antiguo.

Me contó entonces que, mucho antes de la guerra, algunos vecinos juraban haber visto a un hombre que recorría las calles de Almagro ofreciendo huesos para el caldo. Aparecía en tiempos de necesidad, llamaba a las puertas de los más pobres y cobraba unas pocas monedas.

Sin embargo, en las noches de Difuntos, cuando las campanas anunciaban la medianoche, el precio cambiaba.

Ya no pedía dinero.

Pedía hambre.

Desde aquel día he evitado caminar solo por las calles de Almagro durante la Noche de Difuntos. Sin embargo, cada año, cuando llega el frío de noviembre, vuelvo a escuchar aquella voz en mis pesadillas.

Una voz que avanza lentamente por las callejuelas, que se detiene ante las casas y que parece brotar de debajo de las piedras.

—¡El sustanciero! ¡El sustanciero! ¡Hueso de jamón para el puchero!

La última vez que la escuché fue hace apenas unos días.

Me desperté sobresaltado. Eran las doce en punto. Desde mi cocina llegaba un olor intenso a caldo recién hecho, aunque yo no había encendido el fuego.

Me levanté despacio.

Sobre la mesa había una cesta de mimbre que no estaba allí cuando me acosté.

Dentro descansaba un único hueso negro, cubierto de inscripciones diminutas.

Y atado a él, un papel amarillento con mi nombre escrito en una letra que reconocí de inmediato.

Era la letra de mi abuela.

Solo contenía una frase:

«Si alguna vez llama a tu puerta, no le abras. Porque el sustanciero no viene a alimentar a los vivos, sino a recordarles a los muertos el sabor de aquello que perdieron».

En ese instante, tres golpes resonaron al otro lado de la puerta.

Toc.

Toc.

Toc.

Contuve la respiración.

Una voz anciana susurró desde el otro lado:

—Buenas noches, vecino. ¿Le hace falta un hueso para el puchero?

No respondí.

Los golpes cesaron.

Y entonces escuché algo que me heló la sangre: el sonido de una cuchara removiendo lentamente una olla dentro de mi propia cocina.

Desde aquella noche no he vuelto a preparar caldo.

Pero cada víspera del Día de Difuntos, cuando las campanas de Almagro anuncian la medianoche, alguien llama a mi puerta.

Y cada año, la voz suena un poco más cerca.

Porque hay hambres que sobreviven a la muerte.

Y hay huesos que nunca deben volver a hervir.

Vicente Galiano M.

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