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jueves, octubre 29, 2026

Leyendas para la Noche de Difuntos – Almagro: «La última función del Corral de Comedias»

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Nunca debí entrar aquella noche en el Corral de Comedias de Almagro. Todavía hoy, cuando paso por los portales de la Plaza Mayor, siento que alguien me observa desde detrás de las ventanas oscuras. Y, algunas noches, juro escuchar mi nombre pronunciado desde el interior del teatro.

Todo ocurrió el 1 de noviembre, poco antes de la medianoche.

La Plaza Mayor estaba desierta. Una niebla espesa se deslizaba entre los soportales y el frío parecía penetrar hasta los huesos. Fue entonces cuando escuché tres golpes procedentes de la puerta del Corral.

No había nadie.

Sin embargo, la puerta se abrió lentamente, dejando escapar un olor nauseabundo a cera apagada y tierra húmeda.

Entré.

El patio estaba iluminado por decenas de velas. En las galerías, hombres y mujeres vestidos con ropas antiguas permanecían sentados, inmóviles, con el rostro oculto entre las sombras.

No se oía ni una respiración.

De pronto, una voz surgió del escenario.

—¡Que comience la función!

La cortina se abrió con un chirrido interminable.

En el centro de las tablas había un hombre arrodillado, con las manos atadas y una soga alrededor del cuello. Tenía la cabeza inclinada y el cuerpo cubierto de manchas oscuras.

Cuando levantó el rostro, sentí que el corazón se me detenía.

Era yo.

Tenía mis ojos, mi boca, incluso la pequeña cicatriz que llevo junto a la ceja. Pero su piel estaba podrida y de sus labios colgaba una sonrisa imposible.

—¡Vete! —gritó mi doble—. ¡Todavía puedes escapar!

Me lancé hacia la puerta.

Había desaparecido.

En su lugar solo encontré un muro de piedra. Golpeé, arañé, grité hasta quedarme sin voz. Entonces escuché un ruido detrás de mí.

El público se estaba levantando.

Todos tenían mi rostro.

Avanzaban despacio, arrastrando los pies, mientras repetían al unísono:

—Uno de nosotros debe quedarse… Uno de nosotros debe quedarse…

Corrí hacia el escenario. Mi doble forcejeaba bajo la soga, llorando lágrimas negras.

—¡No permitas que termine la función! —suplicó—. ¡Cuando caiga el telón, ocuparás mi lugar!

Pero el telón ya comenzaba a descender.

Una mano helada me agarró del cuello. Sentí un aliento putrefacto junto a mi oído y una voz susurró:

—Llevamos siglos esperando a alguien vivo que pueda representar el papel del condenado.

Las velas se apagaron.

Escuché un golpe seco, un crujido de madera y, después, un aplauso ensordecedor.

Cuando desperté, amanecía en la Plaza Mayor. La puerta del Corral estaba cerrada y no había nadie a mi alrededor. Convencido de haber sufrido una pesadilla, regresé a casa.

Aquella misma tarde, al quitarme el abrigo, encontré una entrada de teatro en uno de sus bolsillos. Estaba amarillenta, escrita con tinta negra y fechada el 1 de noviembre de hacía trescientos años.

En el reverso había una frase:

«Gracias por asistir. La próxima función será dentro de un año».

Desde entonces no he vuelto a acercarme al Corral de Comedias durante la noche de difuntos.

Pero esta mañana he encontrado algo que me ha helado la sangre: una fotografía antigua expuesta en un escaparate de Almagro. En ella aparece el público de una representación celebrada hace siglos.

Todos los espectadores tienen mi rostro.

Todos menos uno.

El hombre que aparece colgado en el escenario tiene la cara del desconocido que anoche llamó a mi puerta.

Y esta noche, mientras escribo estas líneas, acabo de escuchar tres golpes en la puerta de mi habitación; al otro lado, mi propia voz me suplica que no abra, porque el hombre que viene a buscarme soy yo, y el que está escribiendo esto ya murió hace trescientos años.

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