No fue en la iglesia ni en la escuela. No. Fue mi familia la que hizo que contactara, por primera vez, con el rosario. Lo aprendí en una casa de Calzada de Calatrava, en la que viví hasta mi adolescencia, de la mano de una anciana a la que tanto mis hermanos como yo llamábamos tía María, la tía de mi tía Consuelo. Para los que me conocen, saben de qué hablo.
Mi madre Pilar nació en Huertezuelas en 1937. Huérfana desde niña, vivió las dificultades de la postguerra y el desarraigo que marcó a tantos españoles de su generación. Hoy, mientras trato de reconstruir la historia de mi familia, he comprobado que los libros parroquiales de aquellos años desaparecieron durante la Guerra Civil, lo que me ha impedido encontrar la partida de mi madre y la de mis abuelos maternos.
Con el paso de los años, la mujer que me dio la vida entró a servir en una casa de una familia importante de Calzada de Calatrava, donde estuvo el Real Cinema. Conoció a mi padre, Corpus, de familia de agricultores. Se casaron e iniciaron una vida sencilla en una parte de aquella vivienda tan grande. Fue el techo donde nacimos mi hermana, mi hermano y yo. Vivimos junto a la dueña de la casa, Consuelo, y su tía María. Nosotros, desde siempre las hemos llamado tía Consuelo y tía María. Aunque no nos unía parentesco alguno, para mí y mis hermanos fueron la tía Consuelo y la tía María. Fueron las dos personas que nos enseñaron a rezar.
Todos los días, antes de comer, María bendecía la mesa —Echa Señor tu bendición sobre nosotros y sobre estas viandas, que son dones de tus liberales manos y así el Rey de la eterna gloria nos haga participantes de la mesa celestial. Amen— y, al terminar la comida o más tarde, sacaba su rosario y comenzaba a pasar una a una las cuentas. Había ocasiones en las que me sentaba junto a ella, por simple curiosidad infantil. Recuerdo especialmente las letanías. Las rezaba en latín, en esos momentos una lengua extraña para mí. Pronunciaba palabras misteriosas que apenas entendía, pero hubo tres expresiones que quedaron grabadas para siempre en mi memoria: «Kyrie, eléison», «miserere nobis» y «Ora pro nobis». Eran las respuestas que yo repetía obedientemente sin comprender su significado.
Las diversas oraciones —el Padrenuestro, el Avemaría, el Credo, el Yo Pecador, etc.— me las enseñaron la tía Consuelo y la tía María. Las aprendí de memoria en familia, no en la escuela ni en la catequesis, sobre todo viendo rezar a una sencilla mujer que, sin saberlo, estaba sembrando una semilla que tardaría muchos años en dar fruto.
Los años pasaban y llegó la hora de estudiar BUP y COU, época en la que me aparté de la religión. Elegí ciencias y comencé a dudar haciéndome diversas preguntas que, en ese momento, no tenían fácil respuesta para mí. Al estudiar latín en 2.º de BUP, con don Gaspar, no destaqué por mis conocimientos en esta lengua. Recuerdo, de aquellas clases, el famoso rosa, rosae. Gracias a la ayuda de dos compañeros logré aprobar la asignatura. En los exámenes, me levantaba para ir a sus pupitres y copiar íntegramente las pruebas que uno u otro hacían. En aquellos momentos, el latín que realmente permanecía en mi memoria no era fruto de los libros, sino de las letanías que había escuchado de niño junto a mi tía María: «Rosa mystica, Turris davidica, Turris eburnea…». Años después, comprendería mejor la belleza de aquellas antiguas invocaciones y de esa Salve Regina con la que tradicionalmente concluye el rezo del rosario.
El tiempo corría y apareció en mi vida una persona decisiva: Mari Carmen, la que hoy y siempre será mi mujer. Ella, como su madre, eran personas de profunda fe. Tengo que reconocer que no fue fácil ir con ella a misa todos los domingos —sobre todo en la etapa de noviazgo—. Inicialmente lo hacía más para agradarla que por convicción propia. Pero lo que comenzó como un compromiso ha terminado en una necesidad interior. Mi mujer fue quien volvió a abrirme el camino de la fe o, mejor dicho, quien me ayudó a reconocer un camino que Dios, con paciencia, nunca había dejado de tender ante mí. De leer, con entusiasmo, las obras epistemológicas del filósofo Karl Raimund Popper comencé a interesarme por las encíclicas de san Juan Pablo II —sobre todo Fe y Razón— y Benedicto XVI. Pasé de la fascinación por Kant a cuestionar el relativismo. Es decir, del relativismo kantiano a la Verdad del Aquinate.
Y también regresó el rosario. Comenzamos a rezarlo con frecuencia, pero dejábamos de hacerlo, siendo recuperado cuando llegaban los problemas, las preocupaciones o los momentos difíciles. Era regresar a un lugar ya conocido. Eso sí, las letanías en español.
Desde hace ya unos meses lo rezamos todos los días, sin faltar uno solo, salvo los días en que por cualquier circunstancia se nos olvida. Pero son pocos. Cada vez que vuelvo a él regresan a mi memoria, inevitablemente, mis padres —Corpus y Pilar—, mi tía Consuelo, mi tía María y mi suegra Carmen. Pienso en los que me precedieron y han dejado una huella imborrable en mi vida. Tanto cuando rezo el rosario como cuando me acerco a recibir la comunión, pido a Dios por ellos y le ruego que Dios los tenga en su gloria, incluido mi suegro José Luis y el marido de mi tía Consuelo. La semana pasada, durante un acto de Cáritas celebrado en Ciudad Real, a las puertas del ayuntamiento, se guardó un minuto de silencio en memoria de determinadas personas. Recuerdo que pensé para mis adentros que quizá también habría tenido sentido concluir con un Padrenuestro. No como una obligación para nadie, sino como un gesto sencillo de esa fe que dio origen a tantas obras de caridad y que tantas personas han mantenido viva generación tras generación.
Como soy asiduo de las redes sociales desde hace años, en Facebook hice amistad con una paisana, Adela Palomino Valencia. Sigo con atención sus publicaciones y, a través de una de ellas, conocí una hermosa iniciativa que tiene lugar cada noche de Todos los Santos en el cementerio del pueblo: un grupo de vecinos recorre el camposanto rezando el rosario entre las tumbas, bajo la luz de las velas que portan.
En una ocasión, el año pasado por esas fechas, Adela escribió estas enriquecedoras palabras:
«Precioso rosario nocturno entre lápidas llenas de flores y velas en el cementerio de Calzada de Calatrava. Cariño y recuerdo de nuestros seres queridos en esta noche tan especial en que la distancia que nos separa del más allá parece hacerse más tenue y la esperanza de volver a verlos más fuerte».
Siempre me impresionó esa reflexión. Quizás porque expresa exactamente lo que siento cuando recuerdo a mis seres queridos durante el rosario.
También compartió un artículo de Rafael Ángel Nieto-Aliseda que defendía la bella costumbre de acudir al cementerio en familia, limpiar las lápidas, colocar flores y enseñar a los niños quiénes fueron sus abuelos. Leyéndolo comprendí que esas visitas, esos recuerdos y esas oraciones forman parte de nuestra identidad más profunda. Son una manera de agradecer lo recibido y de mantener vivo el vínculo con quienes nos precedieron. Aunque, sinceramente, yo no soy mucho de visitar los cementerios.
Este año, esa noche tendrá para Adela y los suyos un nombre más. El pasado mes de julio, el día que la selección española de fútbol ganó el Mundial, falleció Agustín Palomino, hermano de Adela. Hombre amante del campo, de los animales y de la caza, visitaba con frecuencia la finca familiar de El Alacranejo para disfrutar de aquello que tanto le gustaba. Su marcha nos recuerda una verdad que todos conocemos y que, sin embargo, nunca deja de doler: cada generación va dejando paso a la siguiente, mientras los recuerdos y el cariño permanecen. Al recordarlo en este artículo, quiero enviar un cariñoso abrazo a su mujer, Lola Merino; a su padre; a sus hermanos, Adela y Eduardo; y, a través de ellos, a toda su familia. Estoy seguro de que quienes conocieron a Agustín seguirán encontrándolo presente en tantos recuerdos ligados al campo, a los animales y a esa tierra que tanto amó.
Mirando desde atrás hasta hoy confirmo que el rosario ha recorrido silenciosamente parte de mi vida. Estuvo presente en la voz de tía María cuando yo era niño. Me acompañó, aunque fuera de lejos, durante mis años de dudas. Y, finalmente, regresó junto a mi esposa, apareciendo en los momentos difíciles. Y hoy forma parte de nuestra vida cotidiana. Veo en él una cadena de fe, memoria y esperanza que une a los vivos con quienes ya murieron, mientras confiamos en que un día volveremos a encontrarnos en la presencia de Dios.
Epílogo
Si algo he aprendido de quienes me enseñaron a rezar y de quien me ayudó a recuperar la fe, es que la oración siempre tiene un lugar para quienes sufren. Por eso quiero concluir este artículo teniendo un recuerdo para las víctimas del accidente ferroviario de Urda y para sus familiares. Pido a Dios que acoja a quienes han fallecido y les conceda el descanso eterno, y que otorgue consuelo, fortaleza y esperanza a quienes hoy lloran su pérdida.
Corpus Ruiz Fernández

