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domingo, agosto 23, 2026

Cagancho en Almagro: el origen de un refrán

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Grandes nombres, tardes memorables y episodios singulares forman parte de la historia taurina de Almagro. Algunos quedaron circunscritos al recuerdo de los aficionados; otros, por el contrario, acabaron incorporándose al refranero español. Mucho antes de que Joaquín Rodríguez Ortega, «Cagancho», protagonizara uno de los sucesos más comentados de la tauromaquia española, la plaza de Almagro ya había acogido a las grandes figuras del toreo, capaces de despertar auténticas pasiones entre el público.

Así ocurrió en la feria de agosto de 1920, cuando hicieron el paseíllo toreros de la talla de Juan Belmonte e Ignacio Sánchez Mejías —figura fundamental también de la vida cultural española de su tiempo, cuya muerte en la plaza de toros de Manzanares, en 1934, inspiró interpretaciones que algunos autores han relacionado con el posterior Guernica de Picasso—. La expectación despertada por aquellas corridas fue enorme. En una de ellas, la noticia de que el sevillano Juan Belmonte podía no llegar a tiempo produjo inquietud entre los aficionados, que pronto se transformó en protestas e incluso en una invasión parcial del ruedo por parte de algunos espectadores. Fue necesaria la intervención de la Guardia Civil para impedir que la situación degenerara en incidentes de mayor gravedad. El incidente no llegó a más, ya que Belmonte, según relató entonces El Pueblo Manchego, apareció finalmente en la plaza, cubierto de polvo tras el agotador viaje desde Bilbao. Su presencia bastó para calmar los ánimos, siendo recibido por el público como un auténtico héroe y la corrida pudo celebrarse con normalidad.

En 1927, otro torero concentraba toda la atención de los aficionados. Se trataba de Joaquín Rodríguez Ortega, «Cagancho», un diestro que había alcanzado una enorme popularidad y cuya fama trascendía ya los límites del mundo taurino. El periodista Alfredo R. Antigüedad escribió de él que era un hombre de grandes genialidades y grandes espantás, probablemente la definición más certera que se haya hecho nunca de este personaje. En las páginas de El Pueblo Manchego puede leerse una curiosa historia sobre una joven inglesa que, fascinada por el mito que había construido a través de las noticias taurinas, emprendió viaje con la intención de conocer personalmente al torero. Según relata el periodista Alfredo R. Antigüedad, la muchacha había aprendido español, seguía con atención la prensa de nuestro país y, tras leer diversas informaciones sobre Cagancho, terminó idealizando su figura hasta enamorarse de él sin haberlo conocido. Sin embargo, la joven nunca llegó a ver a su admirado torero. Detenida en Hendaya por la policía francesa cuando viajaba hacia Sevilla, tuvo que regresar junto a su familia llevándose consigo la tristeza de un sueño incumplido y la imagen de un héroe que sólo había existido en su imaginación. Verdadera o falsa, la anécdota da una idea de la enorme popularidad que había alcanzado el torero sevillano en aquellos años.

Con semejante fama llegó Cagancho a la feria de Almagro de 1927. Nada hacía presagiar que la plaza estaba a punto de vivir una historia muy distinta de la que había protagonizado Juan Belmonte siete años antes. El 25 de agosto de 1927 se respiraba un ambiente extraordinario en el coso almagreño. Numerosos viajeros llegados desde Ciudad Real y de otros pueblos cercanos acudieron, junto con los almagreños, a presenciar una corrida en la que todas las miradas estaban puestas en Cagancho. Los otros dos toreros del cartel eran Antonio Márquez Serrano, que años más tarde contraería matrimonio con la cantante y actriz Concha Piquer, y Manuel del Pozo, «Rayito». Se lidiaron toros de la ganadería de Antonio Pérez Tabernero, de la famosa dehesa salmantina de San Fernando. La expectación creció por el hecho de que, a las tres de la tarde, Cagancho todavía no había llegado a la ciudad, circunstancia  que mantuvo en vilo a muchos aficionados.

El periodista que cubrió la noticia para El Pueblo Manchego describe a Cagancho como una figura que unas veces alcanzaba la categoría artística de una escultura de Montañés y otras se transformaba en una simple estatua de barro. La frase resumía a la perfección la dualidad de un torero capaz de alternar momentos de inspiración sublime con actuaciones desconcertantes. Los aficionados eran plenamente conscientes de ello y acudían a la plaza sin saber si asistirían a una tarde de inspiración genial o a una de las temidas espantás que tanto habían alimentado su fama. Ejemplo reciente lo tenemos en la fue hace unos años una gran figura del toreo, sobre todo para el ya fallecido columnista de El Mundo y ABC. Me estoy refiriendo —como torrero— a Curro Romero y —como periodista— a Antonio Burgos.

Regresemos a esa tarde de agosto de 1927 en Almagro.

Mientras sus compañeros de cartel trataban de responder a las expectativas del público, Cagancho permanecía alejado del protagonismo que todos esperaban de él. La inquietud fue creciendo entre los aficionados y la decepción comenzó a extenderse por los tendidos conforme avanzaba la corrida. En su primer toro, el cronista de El Pueblo Manchego confirmó esa impresión: la cuadrilla trabajó con más decisión que su propio maestro. Incluso llegó a afirmar que eran los subalternos quienes merecían cobrar el sueldo del matador. La falta de lucimiento, los pinchazos fallidos y la sensación de desgana dieron paso a una bronca que fue en aumento conforme avanzaba la faena de este primer toro.

Pero el momento más recordado de la tarde estaba aún por llegar.

Frente al sexto y último toro de la tarde —grande, fuerte y bien armado— Cagancho fue incapaz de dominar la situación. Los intentos de matar resultaron ineficaces y la tensión acumulada durante toda la corrida terminó por estallar. Fue entonces cuando el desorden comenzó a apoderarse de la plaza: los espectadores invadieron el ruedo, los insultos dieron paso a empujones y agresiones y algunos llegaron incluso a intentar alcanzar al torero. Para evitar males mayores, la intervención de la Guardia Civil resultó imprescindible. Los cronistas hablaron de bofetadas, amenazas y lanzamientos de objetos: escenas impropias en una corrida de toros. Y es que la multitud se sintió traicionada por la figura de la feria.

Terminada la corrida, por las calles de Almagro avanzaba una singular comitiva escoltada por la Guardia Civil. Cagancho y varios miembros de su cuadrilla fueron conducidos a la cárcel. El alcalde, José Trujillo, impuso una multa de 500 pesetas al matador y otras sanciones menores a algunos de sus subalternos. Así que pagó las cantidades correspondientes para poder abandonar la prisión y continuar su viaje hacia tierras andaluzas. Le esperaba la plaza de toros de Almería, junto a Márquez y Martin Agüero. Los carteles, en esta provincia, lo anunciaron como Joaquín Rodríguez (CAGANCHO), verdadero fenómeno del toreo. Se lidiaron seis toros de la ganadería de Santiago Sánchez Rico y nuestro protagonista fue aplaudido en su primer toro, recibiendo una gran bronca en el sexto toro de la tarde almeriense.

La prensa de toda España se hizo eco de los sucesos ocurridos en Almagro. Sin embargo, hubo quien interpretó los hechos de manera distinta. Mientras la mayoría de crónicas hablaban del fracaso del torero, el crítico taurino Federico Morena, conocido por el pseudónimo de Chatarra, publicó en el Heraldo de Madrid un artículo en el que condenaba la reacción del público contra Cagancho. A su juicio, una mala tarde podía merecer protestas y silbidos, pero nunca agresiones físicas.

Con el paso del tiempo, aquella corrida adquirió una dimensión que nadie pudo imaginar. Poco a poco, el nombre de Cagancho quedó unido para siempre al de Almagro a través de una expresión popular destinada a sobrevivir a la propia corrida: Quedar como Cagancho en Almagro. Casi un siglo después, el episodio y el refrán siguen vivos en el lenguaje popular, prueba de la profunda huella que aquella tarde dejó en la memoria colectiva. Pocas veces una corrida de toros ha dejado una huella tan profunda en la memoria colectiva española.

La plaza de toros de Almagro no es ni ha sido indiferente: se aclamó a Juan Belmonte cuando llegó a tiempo desde Bilbao y evitó un conflicto; Cagancho pisó la cárcel después de una de las tardes más polémicas de la tauromaquia española y, décadas más tarde, se llegó a conceder a El Calatraveño, además de las dos orejas y el rabo, una pata ante el entusiasmo de los tendidos. Episodios distintos, separados por muchos años, pero unidos por la pasión con la que Almagro vive siempre la fiesta de los toros.

Respecto a Cagancho, conviene recordar que si en Almagro protagonizó uno de los episodios más polémicos de su carrera, años después volvería a demostrar por qué tantos aficionados le consideraban un torero excepcional. Ocurrió en octubre de 1934, durante los festejos inaugurales de la plaza de Las Ventas de Madrid, donde compartió cartel con figuras de la talla de Juan Belmonte y Marcial Lalanda. Allí reapareció el otro Cagancho, el artista capaz de entusiasmar a los tendidos con un toreo inspirado y brillante. Eso sí, nadie sabía con cuál de los dos Caganchos iba a encontrarse al abrirse la puerta de chiqueros.

Corpus Ruiz Fernández

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