Ayer leí en este periódico digital la sinopsis de El Octavo. Su autor, Javier Calzado, propone al espectador una situación paradójica: virtudes y pecados, encarnados en personajes —como corresponde a un auto sacramental—, se ven obligados a reaccionar ante una amenaza que pone en peligro el equilibrio de la existencia.
Desde el mismo instante en que la leí, intenté dar sentido a esta situación, preguntándome a qué pueden enfrentarse realmente dos conceptos tan opuestos. Es como si el bien y el mal tuvieran que reaccionar ante algo que, de algún modo, resulta contrario a ambos. La única respuesta que, en una primera lectura, he encontrado a lo que puede provocar ese enfrentamiento es la necesidad de llegar a un consenso —tan en boga en la sociedad actual—, a pesar de que la amenaza, en la sinopsis, no se concreta ni se nombra.
Quiero decir que todo lo que estoy especulando aquí es sólo a partir de la lectura de la sinopsis. La obra aún no ha sido representada: tendrá lugar en el Centro Cultural Rafael Serrano, de Calzada de Calatrava, este sábado a las diez y el domingo a las ocho.
Leyendo detenidamente la noticia publicada, según mi opinión, da la impresión de que la obra plantea un dilema claro: la necesidad, o no, de que virtudes y pecados “convivan” y “se escuchen” para encontrar una “solución común” que haga posible una mejor convivencia humana. Desde esta posible lectura, es aquí, precisamente, donde reside el peligro, porque un consenso no conduce a una victoria clara, y en los autos sacramentales clásicos siempre vencen las virtudes. La “amenaza”, por tanto, exige cesión por ambas partes: en el caso de las virtudes, renunciarían a parte de la Verdad, del Bien y de la Belleza; y los pecados, por otro lado, a parte de la mentira, del mal y de la fealdad. Una conciliación que deja de ser inocente para convertirse, precisamente, en una nueva amenaza.
Ahora bien, lo que no sé es cómo acabará la obra, si habrá o no consenso al final. En el primer caso, las consecuencias son inevitables: el bien ya no será tan íntegro como antes del pacto, perdiéndose la claridad de la verdad; el primero dejará de ser absoluto, la verdad admitirá matizaciones y la belleza pasará a ser relativa. Aunque el mal no venza, lo que está claro es que las fronteras morales se vuelven difusas y ambiguas. En esta situación, El Octavo ya no entra dentro del esquema del clásico auto sacramental, ya que este tipo de obra teatral fija como objetivo la afirmación de que el bien está por encima del mal, la verdad por encima de la mentira y la belleza mantiene su primacía frente a aquello que la niega o la degrada. Más bien pasaría a ser una obra contemporánea, donde lo más importante es poder convivir al precio que sea, incluso a costa de no tener en cuenta la coherencia del bien.
Lo deseable sería, en todo caso, que no hubiera consenso y que las virtudes se mantuvieran firmes frente a las tácticas engañosas del demonio —origen y guía de los pecados—, como cuando éste tentó a Jesús en el desierto. No negociar es no contradecir la propia naturaleza humana. Las tentaciones estarán ahí y generarán tensiones e incluso enfrentamientos directos, pero el bien, la verdad y la belleza podrán permanecer íntegras. El relativismo moral, entonces, habrá fracasado. El conflicto persistirá, sin duda, porque no todo es conciliable. Y es precisamente en esa permanencia del conflicto donde el auto sacramental encuentra su sentido más profundo. El consenso, como ya se vio en el debate que mantuvo Habermas con Benedicto XVI, no debe considerarse siempre como un valor positivo, ya que hay situaciones que en vez de mejorar el problema lo magnifican y lo distorsionan. Puede resultar incómodo decirlo, pero actualmente nuestra sociedad está por la cultura del consenso como solución universal, incluso allí donde lo que está en juego no admite negociación.
Cuando se represente la obra será el público quien pueda comprobar si la amenaza inesperada que menciona la sinopsis es el consenso como cesión entre contrarios irreconciliables. Si es así, espero que El Octavo de Javier Calzado se mantenga fiel a la raíz profunda del género que rescata. Habrá que acudir al Centro Cultural Rafael Serrano, en Calzada de Calatrava, para descubrirlo. El reto está lanzado: ¿la obra se decantará por la verdad o, por el contrario, optará por el peligro de transigir con el error?
Sólo después de verla podré juzgar si mi lectura anticipada es acertada o si la obra ofrece una solución más rica. Y si la amenaza no fuera el consenso, no me queda sino pedir disculpas al autor por esta lectura anticipada.
Corpus Ruiz Fernández

