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miércoles, julio 15, 2026

Las llamas y la memoria de Huertezuelas

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A las puertas de las fiestas en honor a la Virgen del Carmen de Huertezuelas, voy a recordar uno de los episodios más importantes de la historia de esta pequeña aldea de Sierra Morena. El incendio originado el último lunes del mes pasado en la finca Montón de Trigo obligó a evacuar a los vecinos de esta pedanía de Calzada de Calatrava hasta El Viso del Marqués. Afortunadamente, no hubo víctimas. Durante aquellos días me encontraba de vacaciones y anuncié que, a mi regreso, escribiría sobre este suceso. Cuando vi por las redes sociales las imágenes de las llamas acercándose al pueblo, pensé inmediatamente en mi madre, Pilar, nacida allí en 1937. Me vino también a la memoria la carretera por la que, durante aquellos días, no dejaron de circular los vehículos que combatían el fuego. Porque aquella carretera, hoy algo tan cotidiano, cambió la historia de Huertezuelas. En aquellos años era una aldea pobre, muy similar a la que Luis Buñuel describe en su documental Las Hurdes, tierra sin pan —por cierto, película censurada por el gobierno de la Segunda República al estimar que daba una mala imagen de España.

Aquella misma carretera, hoy integrada en la vida cotidiana de la aldea, comenzó a construirse hace casi un siglo como consecuencia de la movilización de pueblos enteros de la zona —El Viso del Marqués, Calzada de Calatrava, San Lorenzo de Calatrava y la propia Huertezuelas—. La propuesta fue acogida con gran entusiasmo, llegando incluso a plantearse que Huertezuelas cambiara su nombre por el del Gobernador Civil de aquellos tiempos.

Antes de comenzar el primer tramo del camino, Huertezuelas estaba completamente aislada. Tan grave era la situación que, en abril de 1927, una comisión —encabezada por el alcalde pedáneo Antonio B. Ortega— visitó al gobernador para solicitar la segregación de la aldea respecto de Calzada de Calatrava. Esta solicitud reflejaba la sensación de indefensión que experimentaban los vecinos, dispersos entre sierras, barrancos y caminos apenas transitables. En 1932, la Diputación Provincial incluyó en su plan de caminos vecinales el proyecto que debía comunicar Huertezuelas con Calzada de Calatrava. Lo que parecía una simple obra pública acabó siendo uno de los asuntos más debatidos de la zona.

En 1934, como puede comprobarse en los artículos publicados por El Pueblo Manchego, las familias de San Lorenzo y de Huertezuelas se alimentaban de collejas, cardillos, berros y otras hierbas cocidas con agua y sal. Esto llevó al alcalde de Calzada a denunciar esta situación ante el Gobernador Civil, ya que había familias que algunos días ni siquiera tenían algo que llevarse a la boca. Por ello, la carretera se convirtió en una necesidad inmediata para proporcionar trabajo y pan.

Hay que decir, también, que antes de comenzar su construcción, surgió una fuerte polémica sobre su trazado. Desde San Lorenzo defendían que la futura carretera debía dirigirse hacia La Alameda y así enlazar con la carretera de Puertollano. Sus partidarios estimaban que era la opción más económica, a la vez que permitía comunicar Huertezuelas con Villanueva de San Carlos, Belvís y Puertollano. Es desde Calzada donde la respuesta a esta propuesta es contundente: lo más razonable era unir directamente la aldea con el municipio del que dependía administrativamente, como así estaba recogido en el proyecto aprobado por Obras Públicas.

Las páginas del periódico antes señalado se llenaron de artículos, réplicas y contrarréplicas, discutiendo kilómetros, puentes, costes y pendientes. Unos a otros se acusaban de defender intereses particulares. Estas discusiones tenían como objetivo determinar hacia dónde se establecería, en el futuro, las comunicaciones de Huertezuelas y San Lorenzo. Mientras tanto, el hambre seguía llamando a las puertas, por lo que en marzo de 1934 varios vecinos de la pedanía —en comisión— visitaron al gobernador civil, Antonio Rodríguez de León, para informarle de la situación extrema de Huertezuelas. Esta presión llevó a Antonio a entregarles mil pesetas para dedicarlas a las necesidades más urgentes y comenzó a realizar gestiones para acelerar el comienzo de las obras. Además, la Diputación Provincial acordó adelantar cincuenta mil pesetas para iniciar el camino. La noticia, ¡cómo no!, fue recibida con gran alegría y esperanza. El 20 de marzo de 1934 el Gobernador Civil visitó la aldea para inaugurar las obras de la carretera. La crónica que publicó El Pueblo Manchego es uno de los testimonios más emocionantes que se conservan sobre la historia local de Huertezuelas. La población lo recibió entre vítores y música. El periódico describe cómo Antonio Rodríguez de León fue llevado a hombros por las calles entre aplausos, lágrimas y abrazos. Y no era para menos: la carretera, para aquellas familias, representaba el final de años de aislamiento.

Fue un día muy emotivo, donde llegó a barajarse la posibilidad de que el pueblo cambiara el nombre de Huertezuelas por el de Antonio Rodríguez de León, en honor al gobernador civil. Aunque esta iniciativa fue recogida inmediatamente por el alcalde pedáneo, Miguel García, nunca llegó a llevarse a cabo. Lo que sí prosperó fue el cambio de nombres de determinadas calles, que pasaron a llamarse Morayta —por el presidente de la Diputación—, Exuperio Muñoz —por el gestor provincial—, Francisco Ricote —por el médico, muy querido por los huerteños dada la ayuda desinteresada que prestaba a los más necesitados— y Gerardo Molina —alcalde de Calzada de Calatrava. El objetivo, con este cambio de nombre de cuatro de sus calles, era perpetuar en la memoria de las generaciones futuras los nombres de quienes los vecinos consideraron que actuaron positivamente en la desaparición de la incomunicación en Huertezuelas.

En Huertezuelas había ocurrido algo curioso, habían pasado de solicitar segregarse de Calzada de Calatrava a estar dispuestos a cambiar el nombre de la población —que no se llevó a cabo— y dar el nombre del alcalde de esta ciudad a una de sus calles. Hubo fiesta, discursos emocionantes, bailes populares y las mujeres llenaron los bolsillos del gobernador y el alcalde de Calzada de nueces y castañas, frutos típicos de Huertezuelas. No pudo ocurrir lo mismo con brevas e higos, tan característicos también de la aldea, porque la visita tuvo lugar en marzo.

Sin embargo, la carretera no se terminó de inmediato, continuando las dificultades económicas y las discusiones administrativas. Esto produjo que nuevas comisiones viajaran a Madrid para reclamar fondos, mientras la Diputación Provincial debatía la financiación de los distintos tramos de la carretera. En febrero de 1935, El Pueblo Manchego celebró la superación de varias dificultades y que la ejecución del camino siguiera adelante, aliviando el paro que sufrían tanto Calzada como Huertezuelas.

Con la terminación de la carretera el aislamiento desapareció e impulsó el progreso debido a que los habitantes de la aldea podían comunicarse más fácilmente con el exterior. Durante años cumplió ese objetivo. Acercó servicios, facilitó el transporte y mejoró la vida cotidiana.

Pero la historia tiene también sus ironías. La misma carretera que había sido construida para eliminar el aislamiento pasó a ser el camino de la emigración a partir de los años de la postguerra. Mi madre, junto con todos sus hermanos —Joaquín, Marcelina, Máxima, Resurrección y Sebastián— tuvieron que marcharse para sobrevivir, tras el fallecimiento de mi abuela Paula. Mis tíos encontraron su futuro en Madrid, Gallur, Zaragoza o Cornellá. A Gallur, y después a Zaragoza, marchó mi tía Máxima, a quien siempre recordaré con gratitud por el cariño y la ayuda que me prestó, junto con sus hijos, durante mi estancia en aquella ciudad. Mi madre, siendo apenas una niña, entró a servir en una casa de Calzada de Calatrava. Como ellos, muchos huerteños abandonaron el pueblo durante las décadas siguientes. La carretera había cambiado de función, pasando a ser la vía por la que partieron quienes buscaban una vida mejor.

Durante unos días el fuego amenazó las comunicaciones de un lugar cuya historia ha estado marcada por el aislamiento. Comprendí entonces que aquella carretera era mucho más que una obra pública. Es el símbolo de varias generaciones: de quienes la recorrieron buscando un destino mejor, de quienes nunca pudieron regresar y de quienes, ya jubilados, volvieron a su patria chica.

El fuego ya se ha extinguido y la memoria de lo que significó aquella carretera sigue viva. Mientras alguien recuerde la historia de aquellos huerteños que lucharon por salir del aislamiento, también seguirá viva la memoria de Huertezuelas, de sus gentes y de mi madre y mis tíos.

Corpus Ruiz Fernández

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