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domingo, junio 21, 2026

Eduardo de la Rubia regresa a Calzada de Calatrava 87 años después de su exilio

La historia de un alcalde republicano —que huyó en el Stanbrook, vivió en Orán y Francia, y cuyo regreso se completa ahora tras décadas de ausencia.

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Estaba a punto de terminar la fatídica Guerra Civil que enfrentó a los españoles cuando muchos de los que defendieron a la república tomaron la decisión de abandonar España y exiliarse a otros países. México fue el que acogió a más españoles republicanos —como el caso del calzadeño Ignacio Fernández García, empleado de comercio y afiliado a la UGT— pero también lo hicieron otros como la Argelia francesa. Y es aquí donde comienza el viaje de nuestro personaje: Eduardo de la Rubia Ráez, que fue alcalde durante la Segunda República por unos meses, tras cesar el comerciante Félix García Ruiz. El primer alcalde en este régimen fue su hermano José, que dejó el puesto tras obtener plaza de médico en Valenzuela de Calatrava.

Tras una decisión meditada, a finales de marzo de 1939 decidió abandonar España, como así lo hicieron miles de hombres y mujeres, dirigiéndose al puerto de Alicante. La república se había derrumbado y el temor a represalias seguro que estaba en su mente. Había actuado como secretario interino del Ayuntamiento de Castilblanco (Badajoz) desde julio de 1936 y a finales de este año regresó a su pueblo —Calzada de Calatrava— para dedicarse a su familia y trabajar en la destilería de su madre. Había sido secretario del PSOE en 1931, como así se hace constar en el acta de constitución de la Agrupación Obrera Socialista de Calzada de Calatrava, por lo que era una persona conocida en su pueblo de nacimiento. Aparte de su afición a la política, hay indicios de una de sus profesiones, en los años previos a la segunda república: en un anuncio publicado en el periódico El Pueblo Manchego, a finales de 1930, aparece como concesionario de neumáticos Kelly en Calzada de Calatrava.

Ya en Alicante logró embarcar en el Stanbrook, con el número de pasajero 1469. En esos momentos tenía 37 años, de profesión químico vinícola. Este viejo carguero británico, en una decisión que bordeaba la desobediencia, aceptó a miles de refugiados. A bordo, nuestro personaje vivió horas que marcaron a toda una generación: hacinamiento extremo e incertidumbre ante el futuro. Fue una travesía que duró aproximadamente veinte horas y cuyo destino fue Orán. Y es en una destilería de Lavayssiére —La Cave Coopérative— donde comienza a trabajar. Fue el comienzo de un largo exilio. En 1940, las autoridades franquistas denegaron la salida de España a su mujer Antonia y a dos hijas, impidiendo el reencuentro familiar. No sería hasta 1949 cuando, tras una década de separación, se autorizó finalmente la salida de Antonia y de su hija Esperanza —su otra hija había fallecido— lo que permitió el esperado reencuentro en el exilio.

Tuvo la suerte que muchos otros exiliados republicanos no tuvieron: trabajo y continuidad. Al ser químico vinícola pudo incorporarse a un trabajo productivo que le permitió rehacer su vida.

En Orán trabajó de forma estable, aparentemente alejado de toda actividad política. Llevó una vida discreta que caracterizó a tantos exiliados que sobrevivieron lejos de España: sin volver la vista atrás, pero con el recuerdo constante de España.

De todas maneras, los años pasaban y a Eduardo no se le borró en ningún momento la posibilidad de regresar a su país. Así, el 12 de septiembre de 1955, más de dieciséis años desde su huida, decidió dar un paso decisivo: desde el consulado en Orán solicitó la posibilidad de regresar. Lo hizo acogiéndose al decreto de 1947, que regulaba la repatriación de exiliados. En su declaración afirmó que estaba llevando una vida sin compromiso político relevante, dedicado a su familia y al trabajo, haciendo hincapié en que tras 1936 su vida había estado al margen de cualquier actividad pública.

El expediente que se abrió revela con claridad cómo funcionaba el aparato administrativo del régimen franquista. Su solicitud fue examinada por diversas instancias: el Ministerio de Asuntos Exteriores, la Dirección General de Seguridad, la Causa General y la jurisdicción militar.

En el caso de Eduardo de la Rubia Ráez, la posibilidad de regresar a España se basó en un doble marco legal. Por un lado, se acogió al Decreto de 17 de enero de 1947, que regulaba la repatriación de exiliados y permitía iniciar un expediente administrativo a través del consulado. Por otro lado, la decisión final se fundamentó en los decretos de indulto de 9 de octubre de 1945 y 29 de diciembre de 1948, que perdonaban determinados delitos políticos cometidos durante la Guerra Civil. En su expediente se concluye que su actuación podía considerarse jurídicamente delito dentro del sistema franquista. Sin embargo, al no tener antecedentes en la Causa General ni responsabilidades graves, esos hechos quedaron amparados por los indultos, lo que permitió autorizar su regreso. En consecuencia, no fue declarado inocente, sino culpable pero perdonado, lo que explica que pudiera volver legalmente a España, aunque esa autorización no garantizase una situación personal segura, motivo por el cual finalmente decidió permanecer en el exilio. Sabía que volver podía implicar someterse a vigilancia. En términos personales para Eduardo aquel dictamen no le garantizaba una vida sin riesgos. Y decidió no volver. Siguió viviendo en el extranjero y en algún momento posterior dejó Argelia para trasladarse con la familia al sur de Francia. Concretamente a Puybegon, una región de tradición vinícola, que le permite seguir ejerciendo su profesión: viñedos y destilerías. En una palabra, era una prolongación natural de su vida en Orán. Y fue en este pequeño pueblo francés donde transcurrieron sus últimos años. Como dato curioso está la fecha en la que solicita la posibilidad de volver a España, septiembre de 1955, momento en el que la guerra en Argelia —franceses contra el movimiento independentista del Frente de Liberación (FLN)— provoca un contexto de creciente violencia e inseguridad: miembros del FLN amenazaron, atacaron y asesinaron a empresarios y trabajadores, tanto de nacionalidad francesa como española.

Murió en 1960 y fue enterrado en el cementerio de Saint-Sigismond, en Puybegon. Su lápida, con una cruz en el centro, ha permanecido durante varios años en silencio por lo que al no ser mantenida se ha ido deteriorando y ahora está cubierta de musgo y líquenes, lo que le da un aspecto de abandono.

El Ayuntamiento de Puybegon, en 2020, incluyó su tumba en un expediente administrativo en el que aparecían las tumbas en estado de abandono. En dicho documento se hacía constar oficialmente esa situación y se requería a los posibles herederos para que, antes de noviembre de 2023, procedieran a su mantenimiento y correcta conservación. Pero la historia no termina aquí. Un sobrino de Eduardo de la Rubia, Manuel Ciudad Ruiz, recurrió a la inteligencia artificial, en este caso a Gemini. Partía de unos datos básicos: el nombre completo, su paso por Orán y el saber que había terminado sus días en Francia. A partir de ahí, formuló consultas abiertas, del tipo dónde podría estar enterrado o registros de cementerios en Francia con ese nombre. Gemini le sugirió la plataforma genealógica Geneanet, un portal muy usado en Europa para localizar sepulturas. Siguiendo esa pista, accedió a la sección de cementerios y tras una búsqueda encontró fotos de la lápida de su tío: el cementerio era el de Puybegon. Y lo que comenzó como una búsqueda familiar terminó con la localización exacta de la tumba.

La familia se ha puesto en contacto con el ayuntamiento de Puybegon y ha comenzado a realizar el trámite burocrático. Y así, más de ocho décadas después de su huida, aquel nombre que permanecía en Internet y olvidado en un expediente administrativo recupera hoy su sentido. Este 25 de junio se procederá a la exhumación de sus restos en Puybegon y, en cuestión de días, serán trasladados a Calzada de Calatrava, el pueblo donde nació y del que tuvo que partir en 1939. La historia, una vez más, cierra el círculo.

Eduardo, como su hermano José, había estudiado en un colegio de Madrid —el colegio San Estanislao, en la calle Santa María n.º 4 y ligado al Instituto Cardenal Cisneros, el único privado de la zona que, sin dejar de ser religioso, no era de religiosos—. En él convivieron distintas formas de entender España, reflejo de una sociedad que, pocos años después, quedaría profundamente dividida. En ese mismo colegio estudiaron también los hermanos Real de León —Miguel, Vicente y Rafael— cuyos caminos tomarían direcciones opuestas a los hermanos de la Rubia Ráez. Mientras unos terminaron vinculados a la causa republicana, los otros simpatizaron con el bando nacional. José, por un lado, cuyo rastro se pierde tras su paso por el campo de concentración de Castuera, y Rafael, por otro, asesinado el 3 de mayo de 1936, fueron víctimas de la violencia de aquellos años. Ambas familias compartieron trayectorias comunes: José y Vicente llegaron a ejercer la medicina. Historias entrecruzadas que muestran la necesidad de superar divisiones que marcaron a toda una generación.

Eduardo, que huyó de su tierra en un barco abarrotado, que vivió en silencio en el exilio y que murió lejos de su casa, volverá finalmente a ella. No como quien regresa tras un viaje, sino como quien completa, al fin, un destino interrumpido, hecho posible por quienes no dejaron que su nombre cayera en el olvido.

Agradecimientos: Este trabajo no habría sido posible sin la colaboración de Pablo García Rodríguez, natural de Calzada de Calatrava y residente en Alcalá de Henares, que se ofreció a consultar y fotografiar el expediente en el Archivo General de la Administración.

Corpus Ruiz Fernández

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