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miércoles, junio 3, 2026

Clara Campoamor: lo que no te han contado

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Seguro que si un periodista le pregunta por la calle quién fue la gran defensora del voto femenino en España, en el debate que se llevó a cabo a finales de 1931, responderá, sin dudarlo en ningún momento: Clara Campoamor. Más difícil es que conteste quién fue la mujer a la que se enfrentó en ese debate y quienes votaron a favor y quiénes en contra de que la mujer pudiera votar en unas elecciones. En los libros de todas las editoriales escriben que la mujer que defendió ese derecho fue Clara Campoamor. Pero, sin embargo, no dan respuesta a las otras preguntas que he indicado. Mucha memoria histórica, pero parece ser que a algunos les parece mejor la verdad a medias, ¿por qué?

El debate en las Cortes Generales, que se llevó a cabo a últimos de septiembre y primeros de octubre de 1931, estuvo rodeado de polémica y división dentro de la izquierda. De hecho, una parte importante del socialismo —la corriente ligada a Indalecio Prieto— fue contraria a conceder el voto en ese momento. Temían que influyera en futuras elecciones negativamente. También la diputada Victoria Kent votó en contra, manteniendo un intenso debate con nuestra protagonista. Y lo hicieron no por negar el derecho en sí, con el que estaban de acuerdo, sino porque pensaban que no era el momento más adecuado. Y el argumento fue sencillo: muchas mujeres españolas, durante mucho tiempo, estaban influenciadas por la Iglesia, por lo que había que esperar a “formar” su opinión antes de darles el voto. Esta posición es abiertamente contradictoria con cualquier idea básica de democracia. El fin no justifica los medios.

Campoamor se enfrentó a sus rivales prácticamente sola y los derrotó. También con el apoyo de las derechas. Sin embargo, ese triunfo tuvo sus consecuencias, ya que pronto comenzó a convertirse en una figura incómoda dentro de su propio partido —el de Alejandro Lerroux— y de la izquierda.

Con la aprobación de la ley del divorcio en 1932 —de la que Clara Campoamor fue una firme defensora— la prensa de derechas, como el periódico El Debate, la criticó por considerar esta legislación contraria a la moral cristiana. Fueron ataques de carácter político. Sin embargo, los más duros en el plano personal procedieron de la prensa de izquierdas, que la llamaron hipócrita, al defender el divorcio y mantener una relación sentimental con un compañero de su propio partido —el también político y periodista Salazar Alonso—. Eran reproches que entraban en su vida privada y no en el del debate estrictamente político. Conviene recordar que Salazar Alonso fue, además, periodista de El Sol, donde a finales de los años veinte firmó crónicas sobre los llamados Estados del Duque en Malagón, Porzuna y Fuente el Fresno.

Tras las elecciones de noviembre de 1933, en las que venció la CEDA en representación de la derecha, la reacción en la prensa de izquierdas fue dura, muy dura. En vez de hacer autocrítica de las causas de la derrota, buscaron un culpable. Y la culpable fue Clara Campoamor. Un ejemplo clarísimo es cómo la nombran en un artículo publicado por el órgano de las Juventudes Socialistas, Renovación cuyo director, en esos momentos, era Santiago Carrillo— donde se la insulta abiertamente llamándola “marimacho” y “cacique de faldas y bigotes”. Más que críticas políticas son, claramente, insultos. Es el inicio del clima que comienza a respirarse en toda España y que culminaría con el golpe de estado de octubre de 1934. Para que no haya confusión, aquí dejo el texto completo que dicho periódico puso:

«Ese marimacho que caciquea por la provincia de Madrid ha tenido la osadía de asegurar que la segunda vuelta en la contienda electoral se realizará, aunque haya de pasarse por encima del verbo divino. Y del tal modo, que, si los socialistas no se alían a los radicales para prepararles sus actas, los radicales se aliarán a los agrarios para lograr el triunfo.

El triunfo era nuestro y la citada individua nos lo roba con el apoyo gubernamental. Los trabajadores de la provincia de Madrid deben tener esto en cuenta, y dar su merecido a este cacique de faldas y bigotes que atiende por Clara Campoamor».

Con estos ataques directos, Clara Campoamor se vio desplazada cada vez más. Y, cuando comienza la Guerra Civil, su postura se termina de definir de una forma clara. Basta leer su libro La revolución española vista por una republicana —publicado en Francia en 1937—. Hay que adentrarse en sus propios textos, donde aparece una figura mucho más incómoda, pero también más honesta, para la izquierda española de entonces y de ahora.

En el libro anterior, comenta que en septiembre de 1936 abandona Madrid y, según sus propias palabras, lo hace porque en la capital reinaba la anarquía, la falta de seguridad y la impotencia de un gobierno que no sabía resolver los problemas que se le presentaban. Ella podía comprender que, en situaciones extremas, se cometieran errores, pero no admitía que las personas fueran sacrificadas como un precio inevitable. “Se sabe también que los autores de los excesos, o los que han tolerado que se cometan, siempre encuentran excusas, aunque sólo consistan en pretender que hay que juzgar la revoluciones en su conjunto y no en sus detalles, por elocuentes que sean. ¡Y yo no quería ser uno de esos detalles sacrificados inútilmente!», escribió.

Acompañada de su madre —de ochenta años— y de una sobrina huyó de España. Pero ni siquiera en el barco encontró tranquilidad, ya que dos falangistas planearon asesinarla arrojándola por la borda. No llegaron a hacerlo, pero la denunciaron cuando llegó a Génova: la policía italiana subió a bordo y la detuvo. La acusación era simple: no ser amiga de las ideas fascistas.

Su exilio, en septiembre de 1936, y el incidente que le sucedió en el barco define claramente su pensamiento. Clara Campoamor no se refugia en el otro bando, sino que lo deja claro: está tan lejos del fascismo como del comunismo. Desde esa posición, ya en el exilio, observa lo que está ocurriendo en España. Lo que describe se aleja de una visión simplista de quienes son los buenos y quienes son los malos, sino algo bastante más complejo: dos extremismos enfrentados. Habla de “dos locuras”, denunciando la violencia en ambos bandos y, no sólo eso, también a los dirigentes que permitían esos excesos. Y llega a una conclusión clara: la victoria total de uno de los bandos no traerá la paz. Al contrario. El vencedor heredará errores. Y el vencido, tarde o temprano, acabará convirtiéndose en una víctima que alimentará nuevas tensiones. Esa idea la repetirá varias veces en sus artículos y libros: España necesita otro final, no una victoria aplastante, sino un desenlace que permita calmar los ánimos y reconstruir la convivencia.

En este mes de mayo que acaba de terminar ha salido a la luz más información. En sus cartas privadas, publicadas recientemente en el libro Letra de mujer, aparecen reflexiones muy duras sobre la situación política de su tiempo. En ellas muestra un rechazo frontal al clima que representaba el Frente Popular y utiliza términos muy contundentes para referirse al comunismo. Incluso llega a expresar el temor de que el hundimiento de España viniera de esa deriva. En esas cartas privadas llega a afirmar lo siguiente: «Deseo ardientemente el triunfo de Franco para evitar el derrumbamiento de España. Pero ¡a qué precio!»

Considerando todos estos elementos —su defensa del voto femenino contra su propio entorno, los ataques que recibió, su huida de Madrid, el intento de asesinato en el barco, su detención y sus escritos— su figura es muy distinta de la versión simplificada que suele difundirse, basada en la Ley de Memoria Histórica.

Hoy día, la voz de Clara Campoamor se la quiere apropiar la izquierda, pero sin hacer alusión a esos pensamientos y situaciones que acabo de señalar: si queremos rigor histórico, no podemos quedarnos solo con la parte que se ajusta mejor a nuestra ideología. Porque Clara Campoamor no encajó claramente en ninguna de las dos facciones: alguien que se quedó sin espacio cuando unos y otros lo ocuparon todo, como le ocurrió a Chaves Nogales. Una liberal, perteneciente a la masonería —de ahí que el franquismo le abriera expediente policial—, que defendió la democracia y vio cómo España se desmoronaba, denunciando los errores de todos. Pudo regresar a España durante el franquismo, pero era una persona sospechosa ante el régimen por su pasado republicano y su pertenencia a la masonería. Intentó volver, pero el régimen le exigió que renunciara a la masonería.

Es una figura incómoda cuando la historia se cuenta no en blanco o en negro. Reconoce que tuvo miedo de los que controlaban Madrid: por eso tomó la decisión de exiliarse. Y dice algo que debe tenerse siempre en cuenta: una democracia, además de destruirla sus enemigos, deja de serlo por los errores de quienes dicen defenderla y tienen como objetivo su destrucción para conseguir la dictadura del proletariado. No fue la única en llegar a esa conclusión. Intelectuales como Ortega y Gasset —que pasó del “Delenda est Monarchia” al “¡no es eso, no es eso!”— o Salvador de Madariaga —que había defendido la segunda república y acabó diciendo que había derivado hacia un enfrentamiento que hacía inviable la convivencia—, desde posiciones muy distintas, terminaron viendo cómo la deriva de los acontecimientos en España empujaba a muchos a optar por soluciones que antes habían rechazado.

Corpus Ruiz Fernández

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