La saga familiar que convirtió los dibujos, los “picaos” y los bolillos en patrimonio vivo de Almagro resiste ante la pérdida de artesanos y el escaso relevo generacional
Baldomero Manzano Moreno, hijo de José Manzano Torres, mantiene viva en Almagro una tradición artesanal ligada durante generaciones al encaje de bolillos. A sus 72 años, lleva desde los 12 años trabajando con los llamados “picaos”, los dibujos sobre los que se construyen las piezas de encaje, y continúa recibiendo encargos de distintos lugares, incluso del extranjero.
La historia de Baldomero Manzano es también la de una de las últimas familias que conservan en Almagro el conocimiento artesanal de un oficio que durante décadas sostuvo una importante actividad económica y social en la localidad y en buena parte del Campo de Calatrava. De las 50 o 60 encajeras con las que llegó a trabajar, hoy apenas quedan cuatro, según explica el propio artesano.
Durante años, el encaje formó parte de la vida cotidiana de Almagro. Las mujeres trabajaban en sus casas y también se reunían en grupos en las calles, mientras los artesanos distribuían los “picaos” y el hilo, recogían las piezas terminadas y mantenían una red de producción que alcanzaba distintas localidades de la comarca.
Baldomero Manzano recuerda aquella época como un tiempo de intensa actividad. Su padre, José Manzano Torres, había iniciado el negocio en Almagro, donde llegó a contar con numerosas personas trabajando para él. Baldomero comenzó a acompañarlo siendo muy joven y, desde entonces, quedó vinculado al mundo del encaje.
La actividad se extendía por localidades como Bolaños de Calatrava, Valenzuela de Calatrava, Pozuelo de Calatrava y otros municipios de la Comarca del Campo de Calatrava. Baldomero recorría los pueblos para entregar los dibujos y el material necesario y posteriormente recoger los trabajos realizados por las encajeras.
Era una economía artesanal que permitía vivir a numerosas familias. Los encajes se comercializaban tanto a particulares como a tiendas y, en algunos casos, los compradores acudían directamente a Almagro en busca de piezas realizadas artesanalmente.
De una profesión a una tradición en peligro
El panorama ha cambiado radicalmente.
La desaparición de determinados usos tradicionales del encaje, el descenso de la demanda y la falta de relevo generacional han reducido de forma drástica el número de personas dedicadas al oficio. Según explica Baldomero Manzano, donde antes trabajaban alrededor de 50 o 60 mujeres, actualmente quedan solamente cuatro vinculadas a sus encargos, y se trata además de personas de avanzada edad.
El encaje ya no desempeña el mismo papel que décadas atrás. La tradición de elaborar ajuares y prendas con encajes ha perdido presencia y el consumo se concentra en buena medida en pequeños objetos destinados al turismo y en determinadas piezas vinculadas a celebraciones y tradiciones.
Sin embargo, el oficio no ha desaparecido.
Baldomero continúa realizando dibujos y picados por encargo, una especialidad que considera particularmente difícil de encontrar. La demanda llega incluso desde otros países. Durante la entrevista que Almagro Noticias le ha realizado, recuerda llamadas procedentes de Panamá relacionadas con personas que practican el encaje de bolillos.
Ahí reside una de las particularidades de su trabajo: no se limita a vender encajes, sino que conserva el conocimiento necesario para diseñarlos y crear los patrones que permiten posteriormente elaborar las piezas.
El valor de los “picaos”: el dibujo como origen de la obra
En el taller de Baldomero Manzano, los “picaos” ocupan un lugar central.
El proceso comienza con el dibujo. Sobre ese patrón se desarrolla posteriormente el trabajo de las encajeras mediante los bolillos y los hilos. El propio artesano insiste en que existen diseños y composiciones que una máquina no puede reproducir de la misma manera.
La variedad de aplicaciones es enorme. El encaje puede utilizarse en pañuelos, cuadros, pulseras, abanicos, prendas y otros elementos decorativos, adaptándose prácticamente cualquier dibujo a la técnica cuando el conocimiento artesanal permite trasladarlo al patrón.
También conserva dibujos antiguos. Entre las piezas que guarda hay incluso un dibujo fechado en 1945, relacionado con la tradición encajera de Toribio Martínez, uno de los nombres vinculados históricamente a este oficio en Almagro.
Esos documentos tienen un valor que va mucho más allá de su utilización práctica. Son testimonios materiales de una forma de trabajar que durante décadas pasó de generación en generación.
La blonda, una técnica que amenaza con desaparecer
Entre las especialidades que más preocupan a Baldomero Manzano está la blonda, una modalidad tradicional vinculada al uso de la seda y el tul.
El artesano diferencia esta elaboración del encaje tradicional realizado principalmente con hilo de algodón. En el caso de la blonda, la seda ocupa un papel esencial.
La pérdida de esta técnica supondría, a su juicio, la desaparición de una parte especialmente delicada del patrimonio artesanal de Almagro.
La preocupación no se limita a una cuestión económica. Para Baldomero, el encaje forma parte de la identidad cultural de la localidad y de una tradición que merece ser conservada incluso aunque su dimensión comercial se haya reducido considerablemente.
Un museo vivo detrás de una tienda
La relación entre Baldomero Manzano y el patrimonio encajero de Almagro también se extiende al Museo del Encaje.
El artesano aporta piezas y dibujos y asegura que pretende seguir entregando al museo todo aquello que pueda contribuir a conservar la memoria de esta tradición.
Su propia tienda-taller constituye, en sí misma, una pequeña colección de la historia del oficio. Allí se conservan dibujos, “picaos”, bolillos, almohadillas, hilos y piezas antiguas.
Algunos de los objetos que guarda tienen además un componente artesanal añadido. Los bolillos pueden estar realizados en distintas maderas según la zona de procedencia. En el caso de Almagro, explica Baldomero, son habituales los de madera de olivo. También conserva piezas antiguas fabricadas en hueso.
Las propias almohadillas forman parte de ese patrimonio. Baldomero todavía sabe fabricarlas y forrarlas mediante procedimientos tradicionales, mientras lamenta que cada vez resulte más difícil encontrar personas que continúen elaborando estos elementos de manera artesanal.
El encaje que salió de las calles de Almagro
Hubo un tiempo en que las imágenes de grupos de mujeres haciendo encaje en las calles formaban parte del paisaje habitual de Almagro.
Hoy esa estampa prácticamente ha desaparecido. Según el testimonio recogido, solamente permanece localizado un grupo de vecinas que continúa reuniéndose para hacer encaje en la zona de la Plaza de los Toros.
El cambio es significativo. Lo que antes era una actividad económica que ayudaba a sostener a muchas familias se ha transformado progresivamente en una afición para una parte de quienes todavía mantienen la práctica.
El propio Baldomero considera que los “encuentros de encajeras” desempeñan un papel importante. En ellos se reúnen artesanas procedentes de distintos pueblos y ciudades, se intercambian conocimientos y se pueden contemplar diferentes formas de trabajar el encaje.
También existen iniciativas formativas. La Universidad Popular de Almagro mantiene cursos relacionados con el encaje, hasta el punto de que se han producido desplazamientos desde otros lugares para participar en actividades de aprendizaje.
Una tradición sin relevo asegurado
El principal problema al que se enfrenta ahora este oficio es la continuidad.
En la conversación, Baldomero reconoce que resulta difícil encontrar jóvenes interesados en dedicarse profesionalmente al encaje. Su propio hijo ha elegido otra profesión y no continuará con el negocio familiar.
La situación se repite en otros establecimientos. Según el testimonio del artesano, actualmente quedan alrededor de cuatro o cinco tiendas relacionadas con el encaje en Almagro, y varias de las personas que las mantienen están próximas a la jubilación.
El futuro, por tanto, aparece ligado a una paradoja: el interés cultural por el encaje permanece, existen visitantes que buscan piezas y continúan celebrándose encuentros y cursos, pero cada vez son menos quienes poseen los conocimientos necesarios para producirlo artesanalmente.
La saga de los Manzano continúa
La historia de Baldomero Manzano está estrechamente vinculada a la de su padre, José Manzano Torres, diseñador y artesano que desarrolló en Almagro una trayectoria dedicada al encaje y a la creación de sus dibujos.
Tras su fallecimiento, la tradición familiar continúa a través de Baldomero y su hermana, que mantienen vivo el conocimiento heredado.
Pero el futuro de la saga no depende únicamente de una familia. Representa una cuestión más amplia: ¿qué ocurrirá con un oficio que forma parte de la identidad de Almagro cuando desaparezcan los últimos artesanos capaces de realizar determinadas técnicas?.
Baldomero no oculta su preocupación. Reconoce que le resulta difícil pensar en cerrar definitivamente la puerta de su negocio y que dejar de atender a quienes siguen buscando su trabajo sería especialmente doloroso. Lleva décadas dedicándose a una actividad que, según sus propias palabras, mantiene por vocación.
Por eso, su deseo final es sencillo: que el encaje continúe haciéndose, aunque sea como afición, y que la tradición no desaparezca.
En una localidad inseparable de la cultura del encaje de bolillos, la historia de Baldomero Manzano Moreno es, en definitiva, la de un artesano que se resiste a que los últimos dibujos, “picaos”, bolillos y conocimientos de un oficio centenario queden convertidos únicamente en piezas de museo.
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