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miércoles, junio 17, 2026

Gaseosas “La Pitusa” y “Virgen de las Nieves”: el sabor de una España que ya no existe

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Hay fotografías que no retratan personas. Retratan épocas.

La imagen de aquella niña sonriente sujetando una botella de La Pitusa no muestra simplemente una gaseosa. Muestra una forma de vivir que ya no existe. Una España de pueblos donde las tardes parecían más largas, donde las puertas permanecían abiertas y donde la felicidad cabía dentro de una botella de cristal fría recién sacada de una caja de madera o de una caja jaula.

¿Quién no recuerda la gaseosa La Pitusa?

Para muchos de nosotros fue mucho más que una bebida refrescante. Fue parte de nuestra infancia. Formó parte de aquellos años en los que convivía con otras marcas que hoy sobreviven únicamente en la memoria colectiva o de otras que han evolucionado a través del tiempo: La Casera, La Revoltosa o, en el caso de Almagro, la entrañable gaseosa Virgen de las Nieves.

En Bolaños, recuerdo perfectamente haber consumido La Pitusa durante los años de mi niñez. Era una de las más populares. Probablemente influía el precio, porque era más económica que las grandes marcas nacionales, pero también tenía algo especial. Quizá fuera su sabor. Quizá fuera simplemente que estaba presente en los momentos felices de aquellos años.

Mientras tanto, en Almagro, la reina de las mesas era la gaseosa Virgen de las Nieves, fabricada por Demetrio Ureña. Era un producto de cercanía cuando todavía nadie utilizaba esa expresión. Cada día se repartían botellas por las casas, los bares y las tiendas de la localidad. Aquellas furgonetas cargadas de cajas formaban parte del paisaje cotidiano, como las campanas de las iglesias o el bullicio de la Plaza Mayor.

Y entonces llegan los recuerdos que verdaderamente emocionan.

Porque hablar de gaseosas es hablar también de los cines de verano y de invierno. Es recordar el Cine de Molina o el Cine de Morales en Almagro. Es volver al Cine del Negrito o al Cine de la Carmen en Bolaños.

¿Quién no se levantó durante el descanso de la película para acercarse a la repostería?

Una gaseosa bien fría. Una resequilla. Quizá unas pipas. Y después volver apresuradamente a la butaca porque las luces comenzaban a apagarse de nuevo.

Todavía hoy, décadas después, resulta imposible separar aquellos sabores de aquellas emociones. La gaseosa sabía a película de domingo. A verano. A amigos. A familia. A ilusión.

Eran pequeños sorbos de felicidad que entonces parecían normales y que ahora comprendemos que eran extraordinarios.

Junto a las gaseosas convivían también los inolvidables sifones de agua de seltz. Aquellas pesadas botellas de vidrio protegidas por una malla o cubierta de plástico de colores verdes, rojos o azules que parecían indestructibles. Permanecían en las mesas familiares y en las barras de los bares como un elemento imprescindible. Servían para acompañar el vino, para refrescarse o simplemente para formar parte de una rutina que hoy parece perteneciente a otro mundo.

Porque, en realidad, era otro mundo.

Un tiempo sin teléfonos móviles, sin redes sociales y sin prisas permanentes. Un tiempo donde los repartidores conocían a todas las familias por su nombre. Donde las botellas se devolvían. Donde los niños jugaban en la calle hasta que anochecía. Donde una gaseosa no era simplemente una bebida, sino un pequeño acontecimiento.

Quizá por eso, cuando vemos una fotografía como esta, no estamos contemplando una marca comercial ni un producto desaparecido. Estamos mirando un pedazo de nuestra propia vida.

Y comprendemos que los recuerdos, como las gaseosas de entonces, también conservan sus burbujas.

Basta abrir una vieja fotografía para volver a escucharlas.

Vicente Galiano M

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