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martes, junio 16, 2026

España jugó su primer partido del Mundial como si fuera una “pachanga entre solteros y casados”

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Hay maneras de empatar un partido. Y luego está lo que hizo España contra Cabo Verde. Porque aquello no pareció un encuentro del Mundial. Pareció una pachanga de agosto entre solteros y casados después de una barbacoa, con la diferencia de que los casados suelen correr más.

Lo ocurrido en Atlanta debería provocar sonrojo en una selección que llegó al Mundial envuelta en discursos grandilocuentes, quinielas favorables y etiquetas de candidata al título. La realidad fue mucho más cruel: noventa minutos de fútbol plano, previsible, aburrido y desesperadamente lento contra una selección que debutaba en un Mundial y cuya población es menor que la de muchas ciudades españolas.

España tuvo el balón. Claro que tuvo el balón. España siempre tiene el balón. Lo acaricia, lo mima, lo pasea de un lado a otro como quien exhibe un coche de lujo en una calle peatonal. El problema es que el balón sirve para marcar goles, no para presumir de posesión en las estadísticas.

Durante largos tramos del encuentro, los jugadores españoles parecían participar en un concurso para ver quién daba el pase más intrascendente. Balón a la derecha. Balón al centro. Balón a la izquierda. Otra vez atrás. Otra vez al centro. Otra vez a empezar. Una circulación tan lenta que daba tiempo a Cabo Verde a recolocarse, rezar un rosario y volver a defender antes de que España llegara al área.

Lo más alarmante es que no se vio rabia. No se vio urgencia. No se vio hambre. Se vio conformismo. Se vio comodidad. Se vio una selección convencida de que el gol acabaría llegando simplemente por acumulación de pases, como si el fútbol funcionara por agotamiento del rival.

Mientras tanto, Cabo Verde ofrecía exactamente lo que se espera de un equipo inferior que sabe cuál es su papel: orden, disciplina, sacrificio y orgullo. Lo que para ellos era una final de sus vidas, para España pareció un amistoso benéfico organizado para recaudar fondos.

Resultó imposible no recordar esas pachangas entre amigos donde un equipo toca y toca la pelota sin profundidad mientras el otro espera atrás entre risas. La diferencia es que aquellos partidos no los ve el mundo entero y no se juegan bajo el escudo de una selección que aspira a levantar la Copa del Mundo.

Algunos futbolistas españoles parecían convencidos de que el simple hecho de aparecer sobre el césped debía intimidar al rival. Pero los Mundiales no entienden de currículums. El balón no sabe quién ganó la Eurocopa. El balón no sabe cuántos seguidores tienes en redes sociales. El balón sólo entiende de intensidad, velocidad, personalidad y gol. Y España fue suspendida en las cuatro asignaturas.

Luis de la Fuente tampoco sale indemne. Cuando un equipo transmite semejante falta de energía, el responsable último siempre está en el banquillo. Porque una cosa es fallar ocasiones y otra muy distinta es transmitir la sensación de que nadie sabe cómo desmontar un muro defensivo durante hora y media.

Lo peor no es el empate. Lo peor es la imagen. Los empates se corrigen. Las malas sensaciones permanecen. Y España dejó sensaciones de equipo acomodado, de conjunto que cree que el partido se ganará tarde o temprano porque sí, por decreto, por jerarquía o por prestigio.

La realidad fue mucho más humillante.

Cabo Verde salió del estadio sintiéndose gigante.

España salió pareciendo pequeña.

Y cuando un debutante mundialista celebra un empate contra ti como si hubiera ganado la Copa del Mundo, quizá sea porque tú has hecho algo muy mal.

Muy mal.

Terriblemente mal.

Si alguien encendió la televisión esperando ver a una candidata al título, probablemente acabó viendo una reunión de antiguos alumnos intentando recordar cómo se jugaba al fútbol. Porque lo de España no fue un tropiezo. Fue una siesta colectiva retransmitida para todo el planeta. Y en un Mundial, quedarse dormido suele ser el primer paso hacia la eliminación.

Vicente Galiano M.

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