Hay errores que se pueden entender. Hay decisiones que se pueden debatir. Y luego están los gestos que, sencillamente, resultan incomprensibles.
Lo ocurrido con el Almagro FSF, campeón del Grupo III de la Segunda División de Fútbol Sala Femenino, pertenece a esta última categoría.
Durante semanas, el club, la afición y toda una ciudad habían dado por hecho algo que parecía tan lógico como inevitable: que la Federación de Fútbol de Castilla-La Mancha acudiría al partido más importante de la temporada en el Pabellón Gemma Arenas para entregar a las almagreñas el trofeo que las acredita como campeonas de liga. No era una concesión. No era un favor. Era simplemente cumplir con una tradición deportiva y con una obligación institucional hacia un equipo que se ha ganado sobre la pista el derecho a ser reconocido.
Sin embargo, cuando todo estaba preparado, cuando el club había incluido la entrega del trofeo en la programación de un fin de semana histórico para el fútbol sala femenino, cuando cientos de aficionados esperaban celebrar un momento que quedará para siempre en la memoria colectiva, la Federación decidió cambiar de planes.
A última hora.
Sin margen.
Sin explicaciones convincentes.
Sin la sensibilidad que exige una situación de esta magnitud.
La noticia cayó en Almagro como un jarro de agua fría. Mientras el Almagro FSF se juega un ascenso histórico frente al Lainco Esportiu Rubí FS, la Federación opta por desplazar a sus representantes a otro encuentro en Puertollano. Una decisión legítima, quizás, desde un despacho. Pero tremendamente desafortunada desde el punto de vista institucional.
Porque aquí no se trata de elegir entre un partido u otro.
Se trata de reconocer a unas campeonas.
Se trata de respetar a un club que lleva años siendo embajador del deporte femenino de Castilla-La Mancha.
Se trata de valorar a una afición que llena pabellones, recorre kilómetros y sostiene un proyecto ejemplar.
Se trata de no olvidar que detrás de un escudo hay una ciudad entera.
La pregunta que muchos se hacen en Almagro es tan sencilla como incómoda: ¿qué habría ocurrido si el equipo no vuelve a jugar en casa? ¿Cuándo pensaba la Federación entregar la copa? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Con qué solemnidad? ¿Con qué respeto hacia unas deportistas que han sido las mejores durante toda una temporada?
Nadie discute la importancia de otros encuentros. Nadie cuestiona que la Federación tenga múltiples compromisos. Lo que resulta difícil de comprender es que no se haya previsto una representación institucional adecuada o, al menos, que no se haya comunicado la situación con suficiente antelación para evitar generar falsas expectativas.
Porque el problema no es únicamente la ausencia de la copa.
El problema es el mensaje.
Y el mensaje que perciben muchos aficionados es devastador: que el esfuerzo de unas campeonas parece no merecer la atención que sí reciben otros acontecimientos.
Mientras en otros grupos las campeonas reciben su trofeo con normalidad, con la solemnidad y el reconocimiento que corresponde, en Almagro todo sigue envuelto en una incertidumbre impropia de una competición nacional.
A estas horas nadie sabe con certeza qué ocurrirá esta tarde en el Gemma Arenas. Nadie sabe si habrá representación federativa. Nadie sabe si aparecerá la copa. Nadie sabe si las campeonas serán tratadas como campeonas.
Y eso, precisamente eso, es lo más preocupante.
Porque una Federación no existe únicamente para organizar competiciones. También existe para proteger el prestigio de sus clubes, para respaldar a quienes hacen crecer el deporte y para cuidar los símbolos que dan sentido a una temporada entera.
Las ligas se ganan con goles, sacrificio y trabajo.
Pero el respeto se demuestra con hechos.
Y en esta ocasión, la Federación de Fútbol de Castilla-La Mancha ha estado muy lejos de la altura que merecen las campeonas.
Esta tarde se despejarán las incógnitas.
Esta tarde sabremos si aparece la copa.
Esta tarde sabremos si aparece la Federación.
Lo que ya sabe Almagro es que las campeonas merecían mucho más.

