Hay olores que se olvidan y hay olores que se quedan grabados en la memoria. Este pasado fin de semana, mientras Almagro volvía a exhibirse ante miles de visitantes como uno de los pueblos más bellos de España, el municipio tuvo que soportar, una vez más, la otra cara de su realidad: una nueva oleada de hedor procedente del vertedero de RSU que convirtió buena parte de la localidad en un escenario difícilmente compatible con la excelencia turística que tanto se pregona.
Y no hablamos de una situación excepcional. Tampoco de un episodio aislado. Hablamos de un problema crónico que los almagreños llevan años padeciendo y que parece haberse normalizado hasta extremos preocupantes. Cada verano, cada episodio de calor intenso, cada cambio de viento vuelve a recordarnos que convivimos con una instalación que recibe ingentes cantidades de residuos de toda la provincia y que se encuentra a apenas dos o tres kilómetros de nuestras viviendas.
Resulta difícil explicar a quien nos visita que el referente cultural de Castilla-La Mancha, la ciudad del Corral de Comedias, la joya turística de la provincia de Ciudad Real, tenga que cerrar puertas y ventanas para impedir que un olor nauseabundo invada cocinas, salones, dormitorios y patios. Más difícil aún resulta justificarlo cuando precisamente este fin de semana celebrábamos La Noche Romántica, uno de los eventos más emblemáticos de la Asociación de los Pueblos Más Bonitos de España.
Qué extraordinaria contradicción. Miles de personas recorriendo nuestras calles, disfrutando de nuestro patrimonio, de nuestra gastronomía y de nuestro encanto histórico mientras una pestilencia insoportable se cuela entre plazas, terrazas y rincones que deberían ser escaparate de excelencia turística. Una tarjeta de presentación que, desde luego, no figura en ningún folleto promocional.
Lo verdaderamente preocupante es que Almagro parece haber asumido todos los inconvenientes sin recibir ninguna de las ventajas. Somos el municipio que soporta el vertedero. Somos el municipio que sufre los olores. Somos el municipio que convive con las consecuencias medioambientales y de salubridad derivadas de esta actividad. Sin embargo, no existe ninguna compensación especial que reconozca este sacrificio colectivo.
Ni ventajas económicas significativas. Ni mejoras visibles en los servicios de recogida. Ni una atención diferenciada que tenga en cuenta la carga que soporta la población. Al contrario. Basta darse una vuelta por algunas calles para comprobar cómo numerosos contenedores presentan un estado lamentable. Algunos aparecen desbordados en momentos puntuales del día y especialmente durante los fines de semana. Otros muestran un deterioro tan evidente que prácticamente han dejado de cumplir la función para la que fueron instalados. Y alrededor de ellos, en demasiadas ocasiones, se acumulan residuos en el suelo que ofrecen una imagen impropia de una ciudad que vive, en gran medida, del turismo.
La situación resulta todavía más incomprensible si se tiene en cuenta que Almagro cuenta con representación en los órganos de dirección de RSU. La pregunta es inevitable: ¿qué beneficio tangible obtiene la ciudad por albergar una infraestructura que genera tantas molestias a sus vecinos? Porque, a juzgar por los resultados, la respuesta parece ser ninguno.
Mientras tanto, los ciudadanos continúan soportando temperaturas cercanas a los cuarenta grados y un olor que se multiplica con cada ola de calor. El verano apenas acaba de comenzar y ya hemos tenido una muestra de lo que nos espera durante los próximos meses. Una perspectiva que no invita precisamente al optimismo.
Lo mínimo exigible sería que RSU y sus responsables reconocieran la singularidad de la situación que vive Almagro. Que dejaran de considerar normal lo que no lo es. Que entendieran que detrás de cada episodio de malos olores hay miles de vecinos viendo alterada su calidad de vida. Que comprendieran que el turismo, la imagen de la ciudad y el bienestar de quienes viven aquí merecen algo más que silencios administrativos y promesas recurrentes.
Porque Almagro no puede seguir siendo únicamente el lugar donde se deposita la basura de toda una provincia. No puede seguir pagando en solitario una factura que beneficia a muchos otros municipios. No puede seguir soportando el olor, la incomodidad y el desgaste sin recibir una contraprestación proporcional al sacrificio que realiza.
Y, sobre todo, no puede resignarse a que el hedor del vertedero termine convirtiéndose en una seña de identidad paralela a su patrimonio, a su cultura y a su historia.
Porque cuando el olor llega hasta las casas, hasta las calles y hasta las plazas, no solo invade el aire. También acaba penetrando en algo mucho más difícil de recuperar: la dignidad de un pueblo que merece bastante más respeto del que está recibiendo.
Manuel García Sánchez


