Lejos de resignarse tras el fracaso de 1817, Almagro hizo todo lo posible por volver a recuperar la capitalidad provincial. Idea que había quedado en el aire durante décadas, pero que volvió a aflorar en el nuevo contexto político del Trienio Liberal, en 1822. Contaba, entonces, con apoyo del jefe político de la provincia —cercano a familiares influentes en Almagro—, aunque la tentativa fracasó. Tras aquellos dos fracasos, la ocasión volvió a aparecer en 1837, mientras la Primera Guerra Carlista llegaba a su fin y personajes importantes en la Mancha, como los hermanos Juan Vicente y Francisco Rugero (a) hermanos Palillos en Almagro, luchaban contra los liberales.
La disputa tomó forma oficial el 31 de diciembre de 1836, cuando los diputados Juan Jerónimo Ceballos Recuero —natural de Almagro— y Julián Zaldívar presentaron en las Cortes una proposición en la que pedían que la capital de la provincia de Ciudad Real se trasladara a la ciudad de Almagro —la provincia de La Mancha, creada en 1691 dentro del Reino de Toledo, fue una demarcación administrativa del Antiguo Régimen que pervivió hasta la reforma provincial de 1833, cuando fue suprimida y sustituida por la provincia de Ciudad Real—. Decía así la propuesta:
“Pedimos a las Cortes se sirvan decretar que la capital de la provincia de Ciudad-Real, en el día existente en la ciudad del mismo nombre, se traslade a la ciudad de Almagro, por exigirlo así la justicia, la conveniencia pública y el interés bien entendido de toda la provincia.”
La petición fue leída en las Cortes el 3 y 4 de febrero de 1837, y se debatió el último de estos dos días. Ceballos, en su exposición, defendió con firmeza que Almagro era más céntrico, más rico, más próspero y digno como cabecera de una provincia. Hizo referencia a sus ferias, su industria de blondas, su comercio con Cataluña, los edificios de la Orden de Calatrava y de la Compañía de Jesús. En el lado opuesto, el diputado Joaquín Gómez, representante por Ciudad Real, escuchaba inquieto, conociendo que lo que se estaba debatiendo no había surgido de la nada. Almagro había intentado varias veces arrebatar a Ciudad Real la capitalidad de la Mancha, fracasando en la mayoría de las ocasiones. Y Gómez no pensaba permitir que Ciudad Real cediera la capitalidad.
Mientras el debate se preparaba en Madrid, en Ciudad Real no se quedaron con los brazos cruzados. Así, en la noche del 8 de enero de 1837, Vicente Arenas —oficial de la Contaduría de Amortización y secretario de la Sociedad Económica— redactó un escrito que pronto cobraría una importancia inesperada, y que tituló Representación elevada al Congreso sobre la conveniencia de que permanezca en Ciudad Real la capitalidad de la provincia. Aquel folleto era una defensa sin concesiones, casi un puñetazo sobre la mesa. Al día siguiente, el Ayuntamiento y la Junta Popular lo aprobaron y mandaron imprimir. Ciudad Real estaba preparada para la lucha contraatacando y el folleto comenzó a repartirse el día 10 de enero. Corrió pronto por toda la provincia y llegó también a Madrid, donde lo recibieron los diputados afines. En él se hablaba de historia, economía, moral, geografía, defensa militar, filosofía política… Prácticamente no dejó fuera ningún argumento.
Comenzaba recordando que Ciudad Real, fundada por Alfonso X, había sido durante siglos la cabecera natural del territorio. Enumeraba las instituciones más importantes que habían estado dentro de sus muros: la Chancillería, la Santa Hermandad, la Inquisición, los regimientos provinciales. El mensaje era evidente: “Nadie discute que Ciudad Real es la cabeza de La Mancha. ¿Por qué habría de dejar de serlo ahora?”
Pero el folleto no sólo describía lo bueno de Ciudad Real, sino que atacaba a Almagro: falta de seguridad, pueblo desprotegido —con numerosos cabecillas carlistas, que asaltaban el pueblo y sus alrededores llevándose presos a mozos, sin que pasara nada. Mientras podía leerse que Ciudad Real tenía murallas, fortines, artillería, un fuerte recién construido y vecinos dispuestos a defender la ciudad, Almagro… no. En cuestiones económicas decía que Ciudad Real contaba con los molinos del Guadiana y el Jabalón, las veintidós fuentes de agua —de calidad exquisita—, los precios bajos y la abundancia de grano, aceite, vino, carne y leña. Y no faltaban los ataques directos contra Almagro: sus aguas salobres, sus inundaciones, sus epidemias, su vino agrio, sus torcidas calles. Podían encontrarse frases fuertes e hirientes para los almagreños, difíciles para ser olvidadas: “Ni aún los propios de Almagro quieren su vino.”, “Las aguas resisten hasta el paladar menos delicado.” o “Las representaciones teatrales se hacen en el patio inmundo de una posada.” Esto último hace referencia clara a lo que hoy es el Corral de Comedias de Almagro, hoy declarado Monumento Nacional. Declaraciones muy desafortunadas, por cierto.
El folleto cerraba con una conclusión clara y rotunda: si la capital se trasladaba, Ciudad Real se arruinaría y Almagro no mejoraría lo suficiente como para justificarlo. Y terminaba con una idea sencilla: si la capitalidad se trasladaba, Ciudad Real saldría gravemente perjudicada y, en cambio, Almagro no obtendría una mejora proporcional.
Tras escuchar a Ceballos, Gómez y otros diputados, el Congreso votó. No entró en el fondo del asunto; esa batalla quedaría para después. Pero dio el primer paso decisivo: La proposición fue enviada a la Comisión de División Territorial. Sin embargo, la presión ejercida desde el Ayuntamiento de Ciudad Real —y la intensa actividad de Gómez en Madrid— fue inclinando la balanza y el asunto se fue enfriando. La guerra absorbía la atención del Gobierno. Una vez más, el sueño de Almagro volvió a disolverse como un azucarillo en agua. Ciudad Real siguió siendo capital. Y lo fue, desde entonces, sin volver a ser seriamente desafiada.
En los folletos y cartas cruzadas entre alcaldes y diputados se conserva la huella de aquel conflicto, que no era la primera vez que surgía. La tensión entre estas dos ciudades compitió, durante el siglo XVIII y XIX, por un título que sólo una podía ostentar.
A través de esa documentación, que he localizado en diversos archivos, puede seguirse la tensión que, de vez en cuando, enfrentó a ambas ciudades. No era una disputa continua, pero sí un tema que reaparecía periódicamente y que marcó parte de la relación entre Almagro y Ciudad Real durante los siglos XVIII y XIX.
La documentación conservada permite comprobar que aquel enfrentamiento no quedó limitado a los discursos parlamentarios ni a los folletos cruzados entre ambas ciudades. La Comisión de División Territorial de las Cortes recibió, en los primeros meses de 1837, una abundante correspondencia procedente de pueblos, instituciones y cargos locales que tomaron partido de manera expresa en la disputa.
En defensa de Ciudad Real se dirigieron a las Cortes la Sociedad Económica de Amigos del País, el Ayuntamiento de Miguelturra y sus principales hacendados, que calificaron la traslación de la capital a Almagro de impolítica, injusta, inoportuna y perjudicial. A ellos se sumaron el alcalde de Almodóvar del Campo con sus mayores contribuyentes; el juez de primera instancia, abogados, subalternos y curiales del juzgado de Ciudad Real; el cura párroco, el clero y el Ayuntamiento de Fuente el Fresno; el cura párroco y el Ayuntamiento de Abenójar; y el Ayuntamiento de Picón, todos coincidiendo en destacar los perjuicios que la mudanza ocasionaría, especialmente a los pueblos de los partidos de Almadén, Almodóvar y Piedrabuena. En esta misma línea, el Ayuntamiento de Piedrabuena remitió un escrito propio subrayando los daños que se seguirían para la localidad si la capital se alejaba de Ciudad Real.
Frente a ello, un amplio número de municipios solicitó formalmente el traslado de la capital a Almagro. Los Ayuntamientos de Carrión de Calatrava, Daimiel, Membrilla, Arenas de San Juan, Villarrubia de los Ojos, Santa Cruz de Mudela, Moral de Calatrava, Valdepeñas, Tomelloso, Argamasilla de Alba, Villarrobledo, Torrenueva de la Mancha, Villanueva de los Infantes, Herencia, Campo de Criptana, Puerto Lápice, Villarta de San Juan, Valenzuela, Almodóvar del Campo, Bolaños, Granátula, Pozuelo de Calatrava, Calzada de Calatrava, Aldea del Rey y Castellar de Santiago pidieron a las Cortes que la capitalidad provincial se fijase en la ciudad almagreña. A estas adhesiones se añadieron el Ayuntamiento y el juzgado de primera instancia de Almagro, junto con los ayuntamientos de Torralba y Ballesteros, así como los consistorios de Villahermosa y Villanueva de Alcaudete, todos ellos favorables a la traslación.
Este cruce de apoyos confirma que la disputa por la capitalidad fue un conflicto de alcance provincial, en el que cada municipio ponderó sus intereses económicos, administrativos y estratégicos. Sin embargo, ni el número ni la intensidad de las adhesiones bastaron para alterar el resultado final. La presión política ejercida desde Ciudad Real, la actuación de sus representantes en Madrid y el contexto de guerra e inestabilidad terminaron por cerrar el debate.
Una vez más, el intento de Almagro se diluyó. Y desde entonces, la capitalidad de Ciudad Real ya no volvió a ser seriamente cuestionada
Corpus Ruiz Fernández

