Hay monumentos que se imponen por la grandilocuencia y otros que lo hacen por la densidad de su significado. En Almagro, villa asociada de manera casi automática al teatro clásico y a su célebre Corral de Comedias, existe un edificio que escapa al itinerario turístico y a la mirada apresurada, pero que resulta esencial para comprender la historia económica, política y espiritual de la Europa del siglo XVI: la Iglesia de San Blas.
Antigua ermita del Salvador, San Blas no es solo un templo. Es una clave de lectura. Un documento de piedra que narra, sin necesidad de palabras, cómo el poder financiero internacional se incrustó en el corazón de Castilla y dejó una huella duradera en su paisaje urbano y simbólico.
Los banqueros del Emperador llegan a La Mancha
Para entender San Blas es necesario desplazar la mirada más allá del ámbito local y situarla en el tablero europeo. En la primera mitad del siglo XVI, la villa de Almagro se convierte en una pieza estratégica dentro del entramado económico del Imperio gracias a la llegada de la familia Fugger —castellanizados como Fúcares—, la dinastía bancaria más influyente de su tiempo.
Al frente de este linaje se encontraba Jakob Fugger, el gran financiador de Carlos V. Sin los préstamos de los Fugger, difícilmente se habría sostenido la elección imperial, la expansión territorial o la compleja maquinaria administrativa de un Imperio donde nunca se ponía el sol.
Como compensación a esos servicios financieros, la Corona concedió a los Fugger la explotación de las minas de mercurio de Almadén —imprescindibles para la plata americana— y el arrendamiento de los Maestrazgos de las Órdenes Militares. Almagro se convirtió así en uno de los centros neurálgicos de su poder en la Península.
Un templo como acto de gratitud… y de afirmación
Es en este contexto donde Jacobo Fugger decide reedificar la antigua ermita del Salvador. El gesto se presenta como una acción de agradecimiento religioso por los beneficios recibidos, pero también como una afirmación de estatus, prestigio y permanencia.
La inscripción latina que preside la portada del templo no deja lugar a dudas:
“Al salvador máximo, cuanto hay y también lo que es de esperar, fuera y dentro de esta capilla, Jacobo Függer y los hijos de sus hermanos dedican como testimonio de piedad y religión. Yo doy, dono y dedico.”
El texto funciona como acta fundacional y como declaración de intenciones: la fe, el dinero y el poder no se contraponen, sino que se refuerzan mutuamente en la mentalidad del Renacimiento.
Arquitectura de transición, arquitectura de equilibrio
Desde el punto de vista artístico, San Blas se sitúa en un momento de transición entre el gótico tardío y el primer Renacimiento. Su arquitectura rehuye el exceso ornamental y apuesta por la claridad estructural, la proporción y la sobriedad.
La portada, de estilo renacentista purista con elementos platerescos, destaca por su elegancia contenida. El escudo de los Fúcares preside el conjunto, recordando que la arquitectura también es un lenguaje político.
El interior se articula en una sola nave dividida en tres tramos, cubierta por bóvedas de crucería decoradas que conservan el aliento gótico propio de la región. La capilla mayor, amplia y solemne, fue concebida para acoger la memoria de los benefactores, cerrando así el círculo entre espiritualidad y linaje.
El valor del silencio
A diferencia de otros espacios monumentales de Almagro, San Blas conserva una atmósfera de recogimiento poco frecuente. No hay multitudes ni ruido. Hay tiempo. Tiempo para observar cómo la luz se posa sobre la piedra caliza de la fachada, que en los días soleados adquiere un tono dorado casi simbólico, y tiempo para reflexionar sobre la historia que ese edificio contiene.
San Blas permite entender por qué Almagro fue declarada Conjunto Histórico-Artístico, pero también invita a una reflexión más amplia: cómo el poder financiero europeo dejó marcas profundas y duraderas en el territorio, cómo la economía se convirtió en arquitectura y cómo la fe sirvió de lenguaje común entre banqueros alemanes y comunidades castellanas.
Una lección europea desde una iglesia discreta
La iglesia de San Blas no busca protagonismo. No lo necesita. Su importancia reside en lo que explica: que la historia de Europa no solo se escribió en las grandes capitales, sino también en villas como Almagro; que el Renacimiento fue tanto artístico como financiero; y que el Imperio se sostuvo, en gran medida, sobre templos como este, donde el dinero aprendió a expresarse en piedra y devoción.
Vicente Galiano M.
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