En la Semana Santa de Calzada de Calatrava, vecinos y turistas que acuden el Viernes Santo saben del contraste único que tiene lugar en nuestras calles. Es una doble esencia que, junto con otros pueblos de España, tiene lugar en este día tan profundamente religioso. Mis paisanos, además de rezar y procesionar, celebran un ritual que forma parte de nuestro ADN. Seguro que ya lo sabes, querido lector: me estoy refiriendo al juego de las Caras —en los pueblos de Castilla y León lo llaman de las Chapas—. Fe y tradición deben ser motivo de orgullo y no de desorden. Por este motivo, me enorgullece el comunicado oficial que la Junta Pro-Semana Santa ha dado a conocer: la bajada obligatoria del capillo en todas las procesiones, excepto en la del Domingo de Resurrección. Es un paso valiente y, sobre todo, imprescindible para volver a recobrar nuestra tradición. No debe entenderse como un simple capricho estético, sino como una llamada al orden y a la Verdad de lo que celebramos. El cofrade no es un vecino que pasea saludando; es un penitente que busca pasar desapercibido para el mundo, pero no para Cristo. Además, con ello, muestra un respeto absoluto a las imágenes que salen procesionando, impidiendo cualquier distracción externa e interna. Como recuerda el Evangelio:
«Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo. Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará».
Mt 6, 1-4
Y si esta exigencia de decoro es necesaria en las procesiones, no lo es menos en lo que también forma parte de nuestra identidad: el Juego de las Caras. Porque nuestra seña de identidad más conocida no es un acto profano o un juego de azar vacío de significado. Sus raíces se hunden en el propio drama de la Pasión, cuando los soldados romanos se sortean la túnica de Nuestro Señor Jesucristo al pie de la Cruz. Los cuatro evangelios —y hasta el Salmo 22— nos lo recuerdan:
«Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí: “No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca.” Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica. Esto fue lo que hicieron los soldados».
Juan 19, 23-24
«Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron».
Mateo 27, 35
«Después lo crucificaron. Los soldados se repartieron sus vestiduras, sorteándolas para ver qué le tocaba a cada uno.»
Marcos 15, 24
«Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos.»
Lucas 23, 34
Yo puedo contar todos mis huesos; ellos me miran con aire de triunfo, se reparten entre sí mi ropa y sortean mi túnica.
Salmo 22, 18-19
En estos pasajes no se describe concretamente cómo realizaron aquel sorteo, pero nuestra tradición lo ha recreado hundiendo sus raíces en aquel episodio de la Pasión. El juego no procede de un rito pagano, sino del sorteo de la túnica de Jesús, por lo que conserva un simbolismo aún más profundo. Lo que conlleva a que no sólo sea protegido, sino a que se respete su marco temporal sagrado.
La norma desde su origen es clara, y ha sido transmitida de generación en generación: el juego debe comenzar tras finalizar la Procesión del Encuentro y finalizar unos minutos antes de comenzar la del Santo Entierro. O sea, más o menos, desde las once de la mañana hasta las cinco y media de la tarde, hora en que la policía local notifica a los barateros de los corros que debe cesar el juego. No puede permitirse que la adrenalina devore la reverencia que merece la procesión de la tarde. Sí, desaparecen los corros de las calles, pero en otros sitios el juego continúa. Hay que mirar atrás y recordar esa ley no escrita, que nuestros mayores cumplían a rajatabla: antaño, quienes optaban por seguir jugando, al menos, tenían la delicadeza de ir a otros lugares más apartados, lo más lejos posible del itinerario procesional. Existía un sentido de la ubicación y de la veneración que hoy pongo en duda.
Con este artículo no pretendo atacar nuestra cultura, sino todo lo contrario, ya que no se puede entender el sorteo de la túnica si, al mismo tiempo, a pocos pasos del Santo Sepulcro sigue oyéndose el ruido de las monedas y las voces del baratero: cara y cruz, caras, cruces. La adrenalina no puede ir contra la fe de un pueblo. Y Calzada de Calatrava es grande porque sabe ser, al mismo tiempo, devota y tradicional. Pero para ello, cada rito debe tener su lugar y su tiempo. El compromiso de este año debe ser doble: el del penitente que, con el rostro oculto, devuelve el misterio a la acera, y el del baratero que sabe cuándo recoger sus piezas para dejar paso al luto absoluto del Viernes Santo. Si el encargado del corro no lo cumple, ignora —como advirtió Chesterton— que el juego sólo tiene sentido cuando va ligado a la tradición: el compromiso de todo un pueblo de detenerlo ante el silencio del Santo Entierro.
Estoy convencido de que, a partir de este año, todos los penitentes irán procesionando con el capillo bajado en los días establecidos. Si, además, cada baratero decide retirarse a tiempo, el Viernes Santo recuperará esa solemnidad que heredamos de nuestros abuelos: fe y tradición unidas bajo el mismo silencio sagrado.
Corpus Ruiz Fernández

