En Almagro, joya patrimonial, escaparate cultural y destino turístico de referencia, algo huele mal (aparte del consabido vertedero de RSU). Y no es una metáfora. Es la constatación incómoda, cotidiana y profundamente vergonzante de que, pese a campañas institucionales, mensajes bienintencionados y recordatorios legales, la ciudad continúa plagada de excrementos caninos en parques, jardines y espacios públicos. Un mes después del inicio de la campaña municipal de concienciación, la realidad es incontestable: ha fracasado.
No hay paños calientes posibles. Lo que debía ser una llamada al civismo se ha convertido en una evidencia de desidia colectiva y, sobre todo, de falta de autoridad efectiva. Porque cuando una norma no se cumple de forma sistemática, el problema no es solo del ciudadano que la incumple, sino de la administración que no la hace cumplir.
La campaña del Ayuntamiento nace con una vocación pedagógica, casi ingenua, basada en la confianza en la responsabilidad individual. Un planteamiento loable en teoría, pero que en la práctica ha demostrado ser insuficiente ante una realidad mucho más cruda: hay una parte de la ciudadanía que simplemente no responde a la educación, que no se siente interpelada por los mensajes cívicos y que solo entiende el lenguaje de la sanción.
Mientras tanto, los parques y jardines de Almagro, espacios que deberían ser sinónimo de descanso, convivencia y disfrute, se han convertido en auténticos campos minados. Caminar por ellos implica esquivar restos orgánicos, soportar olores desagradables y aceptar, resignadamente, una degradación progresiva del entorno urbano que resulta indigna de una localidad que presume —y con razón— de su riqueza cultural y su atractivo turístico.
Porque no se trata únicamente de una cuestión estética. No es solo una mala imagen —que ya sería grave en una ciudad que recibe miles de visitantes al año—, sino un problema de salubridad pública, de convivencia ciudadana y de respeto colectivo. Cada excremento abandonado en la vía pública es un acto de desprecio hacia el resto de vecinos, hacia los niños que juegan en esos espacios, hacia los mayores que pasean y hacia los propios visitantes que se llevan una impresión lamentable.
Más sangrante aún resulta comprobar cómo esta situación genera una injusta generalización. Porque no todos los dueños de perros actúan así. De hecho, muchos cumplen escrupulosamente con su obligación, recogen los excrementos de sus mascotas y contribuyen a mantener limpia la ciudad. Sin embargo, la impunidad de unos pocos termina por ensuciar —en todos los sentidos— la imagen de todos.
El testimonio de un vecino lo resume con una claridad demoledora: “siento vergüenza ajena, asco y repugnancia” al encontrarse día tras día con esta situación. Y no es una exageración. Es el reflejo de un hartazgo creciente, de una ciudadanía que empieza a percibir que las normas existen, sí, pero que su cumplimiento es opcional.
Aquí es donde el discurso institucional se queda corto. El Ayuntamiento insiste en que la campaña no tiene carácter sancionador en primera instancia, que busca educar, concienciar, generar un cambio de actitud sostenido. Pero la pregunta es inevitable: ¿cuánto tiempo más se va a esperar? ¿Cuántos meses —o años— deben pasar para reconocer que la pedagogía, por sí sola, no está funcionando?
Porque la clave no está en elegir entre educación o sanción. La clave está en combinar ambas. En hacer entender que la responsabilidad individual no es una opción, sino una obligación, y que su incumplimiento tiene consecuencias reales. Tangibles. Inmediatas.
La ausencia de sanciones visibles, de controles efectivos, de una vigilancia que respalde la normativa, envía un mensaje peligroso: que no pasa nada. Que dejar los excrementos en la calle no tiene coste. Que el espacio público es tierra de nadie. Y cuando ese mensaje cala, revertir la situación se vuelve mucho más difícil.
Almagro no puede permitirse esta deriva. No puede aspirar a ser referente cultural, turístico y patrimonial mientras tolera niveles de incivismo tan básicos y tan evidentes. No puede exigir respeto a su historia y a su legado mientras permite que sus calles y parques se conviertan en un reflejo de dejadez.
Es momento de dejar atrás la complacencia. De asumir que la buena voluntad no basta. De entender que la convivencia no se construye solo con campañas, sino con normas claras, aplicadas con firmeza. Porque, como bien apunta ese vecino, probablemente será cuando se “toque el bolsillo” cuando algunos empiecen a replantearse su comportamiento.
Y entonces, quizá entonces, Almagro podrá volver a ser lo que siempre debió: historia, cultura y orgullo. No a abandono. No a indiferencia. No a excremento.
Manuel García Sánchez

