En política local también existen las vendettas. A veces no adoptan la forma de grandes discursos ni de decisiones estratégicas, sino de pequeños gestos cargados de intención. En Almagro, el reciente bautizo de Doña Sardina ha dejado al descubierto una preocupante deriva: la confusión entre sátira carnavalera y responsabilidad institucional.
Muy muy mucho se lo tenía guardado el actual equipo de gobierno al anterior al que destituyo tras una moción de censura el pasado mes de mayo. Mucho se lo tenía guardado por haber puesto el nombre de “Pezgoña” a Doña Sardina del pasado año, la cual fue incinerada junto al inseparable “Juez Despeinado”.
Aquella herida política no ha cicatrizado. Y ahora, en pleno Carnaval, ha reaparecido bajo la forma de una respuesta simbólica. Si el pasado año la sardina fue bautizada como “Pezgoña”, este año la réplica ha sido directa: la nueva Doña Sardina ha recibido el nombre de “Leonor”. Pedrada por pedrada.
Hasta aquí, podría decirse que hablamos de la lógica irreverencia propia del Carnaval. Pero el problema no reside en la sátira en sí misma, sino en quién la ejerce y desde dónde se ejerce. No es lo mismo una comparsa, una peña festiva o un colectivo vecinal que una institución pública. Y ahí radica el fondo del asunto.
La delgada línea entre la sátira y la institución
El Ayuntamiento de Almagro no es una agrupación carnavalera. Es la institución que representa a todos los vecinos, voten lo que voten y piensen como piensen. Es el símbolo administrativo de una ciudad histórica que ha sabido proyectar su nombre más allá de nuestras fronteras gracias a su patrimonio y a su cultura.
Cuando desde las cuentas oficiales de sus redes sociales el consistorio publica una esquela mortuoria de Doña Sardina con el nombre de “Leonor”, en evidente alusión a Leonor de Borbón, no estamos ante una simple ocurrencia festiva. Estamos ante una decisión institucional. Y las decisiones institucionales no pueden ampararse en el humor fácil cuando afectan a símbolos del Estado.
Porque no se trata aquí de abrir debates ideológicos sobre monarquía o república. Se trata de una cuestión de respeto institucional. La Casa Real forma parte de la arquitectura constitucional española, y guste más o menos, representa a todos los ciudadanos. También a los de Almagro.
El decoro no entiende de carnavales
El Carnaval permite la ironía, la exageración y la crítica mordaz. Pero el Ayuntamiento no puede disfrazarse de chirigota. Una administración pública debe guardar ecuanimidad e imparcialidad política. No puede utilizar sus canales oficiales para hacer mofa, ni siquiera bajo el paraguas festivo.
Más aún cuando el propio consistorio representa por igual a votantes del PSOE, del PP, de Por Almagro y a quienes optaron por cualquier otra opción o decidieron no votar. Gobernar implica administrar también las formas. Y las formas, en política, son fondo.
El gesto de este año no mejora el del pasado. Si entonces se cruzó una línea al caricaturizar al adversario político con “Pezgoña” y “Juez Despeinado”, ahora se cruza otra al salpicar a la Corona en una publicación institucional. Dos errores no suman un acierto; multiplican el descrédito.
Una imagen que se erosiona
Almagro no es un municipio cualquiera. Es una ciudad con proyección cultural y turística. Cada publicación oficial contribuye a construir —o erosionar— su imagen pública. Convertir la cuenta institucional en altavoz de rencillas políticas o bromas de discutible gusto no eleva el nivel del debate; lo rebaja.
Había nombres de sobra en la actualidad nacional para alimentar la sátira carnavalesca sin tocar instituciones del Estado. Sin entrar en detalles, muchos vecinos podrían haber sugerido alternativas. Pero lo relevante no es el nombre escogido, sino la decisión de utilizar los canales oficiales de las redes sociales para una burla que, lejos de engrandecer la fiesta, empequeñece la institución.
La obligación de estar por encima
El Ayuntamiento debe estar por encima de vulgaridades y simplezas. No puede actuar movido por el desquite. La política municipal exige altura de miras, incluso —y especialmente— en los pequeños gestos. Porque son esos pequeños gestos los que delatan el talante de quienes gobiernan.
El Carnaval pasará. Las sardinas se incinerarán. Las redes sociales se llenarán de nuevas publicaciones. Pero la percepción sobre la seriedad institucional permanece.
Almagro merece un Ayuntamiento que dirija con firmeza, con respeto y con sentido de gobierno. La sátira puede ser legítima; la mofa institucional, no.
Manuel García Sánchez

