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miércoles, abril 1, 2026

Las cofradías de Calzada de Calatrava en el siglo XVIII, en especial la de la Vera Cruz

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Estos días de Semana Santa son idóneos para recordar que, en Calzada de Calatrava, a mediados del siglo XVIII, la vida religiosa estaba enlazada con las diferentes cofradías y hermandades que había. Y participaban en el calendario litúrgico llevando a cabo sus prácticas devocionales.

Una fuente primaria histórica a la que hay que acudir para conocer una información más detallada es el censo del Conde de Aranda, que dejó constancia de la existencia en la villa de siete cofradías activas —cada una con su propia historia y rituales—. Entre ellas, y que aún sigue en la actualidad, destaca la Cofradía de la Santa Vera Cruz —en la que nos centraremos detallando sus ordenanzas—, la de Jesús de Nazareno —que celebraba los actos del Viernes Santo y la procesión del Domingo de Resurrección—, la Hermandad del Cristo del Salvador del Mundo —que organizaba el descendimiento y entierro del Cristo en Viernes Santo, más una segunda el domingo de la infraoctava de la Exaltación de la Santa Cruz. También los hermanos salían pidiendo por las calles, como ahora se hace en Cuaresma por el Pecado Mortal—, la Cofradía de Nuestra Señora de los Remedios —que había emprendido la construcción de su propia ermita en 1687, hoy actual parroquia, trasladando la imagen de la Virgen desde una ermita extramuros de la villa. Tenía su ceremonia principal el día ocho de septiembre— y finalmente la del Santísimo Cristo del Sagrario —cuya función del 14 de septiembre marcaba uno de los días más señalados del año—. El censo también nos habla de dos que ya han desaparecido: la Hermandad Antigua de las Ánimas — con una función el día del Arcángel San Miguel— y la Hermandad Nueva de Ánimas —con una función el martes de carnaval—. Ambas dedicadas a sufragar misas por los difuntos y a mantener vivas las prácticas piadosas vinculadas al purgatorio.

En esos momentos del siglo XVIII, la Cofradía de la Vera Cruz poseía una estructura interna elaborada y un conjunto de ordenanzas que la convertían en un modelo dentro de la religiosidad de esta época. Destacaba, particularmente, por su emblemática procesión de disciplina del Jueves Santo. En el documento de sus ordenanzas, cuya aprobación se gestionó en 1744 y se confirmó el 16 de marzo de 1754, puede leerse información sobre su vida espiritual y organizativa. Había sido gobernada durante más de ciento cincuenta años por unas constituciones antiguas, que se perdieron por negligencia de sus responsables, dejando a la cofradía sin un texto rector al que acudir en caso de conflicto o para regular las obligaciones de los hermanos. Debido a esta ausencia de normas, se impulsó la redacción de unas nuevas: más claras y precisas y acorde a las exigencias del Arzobispado de Toledo. Para ello, los cofrades otorgaron poder al procurador Nicolás Martínez Pintado, que fue la persona que llevó ante el Consejo de Gobierno del arzobispado unas ordenanzas que contenían un programa espiritual, disciplinario, litúrgico y administrativo.

Las ordenanzas establecían, ante todo, el carácter perpetuo de la hermandad y sin un número específico de hermanos. Su estructura interna quedaba definida así: un capitán alférez, cuatro sargentos, diez cabos de escuadra, cuatro mayordomos y un depositario —elegidos todos por sorteo para asegurar la imparcialidad y evitar la rivalidad—. El peso ceremonial se manifestaba, de manera especial, en la procesión de disciplina del Jueves Santo. Era un acto de los más sobrecogedores de la Semana Santa de este siglo, exigiendo la presencia de todos los hermanos. Los disciplinantes vestían de blanco, debiéndose cubrir el rostro con un capillo y portar una cruz, llevándose a cabo la flagelación en lugares ya determinados a cada escuadra —diez en total, igual al número de cabos de escuadra designados por la hermandad—, siguiendo las órdenes del depositario. El desfile era solemne: abría la procesión una bandera o guion negro, portada por el alférez, y detrás avanzaban los hermanos vestidos con capa, el capitán con la cruz —colocado en el centro de la procesión— y, cerrando la procesión, la imagen de Nuestra Señora de la Soledad. Durante la procesión, cuatro hermanos eran designados para pedir limosna.

El día de la Invención de la Santa Cruz, el 3 de mayo, la cofradía realizada la segunda gran celebración. En las ordenanzas detallan una liturgia rica en elementos simbólicos: vísperas solemnes, misa cantada con diáconos, sermón y procesión. Frente a la imagen del Santísimo Cristo de la hermandad, en el centro de la iglesia doce hachas lucían elegantemente. Los actos finalizaban con el canto de un responso por los difuntos hermanos.

En relación con las obligaciones económicas, cada hermano debía contribuir con cuatro reales, y las ausencias injustificadas —tanto a funciones como a funerales— eran castigadas con una multa simbólica de media libra de cera. Cuando fallecía un hermano, era obligatorio celebrar veinticuatro misas rezadas —en el caso de que estuviese casado, doce por él y doce por su esposa— a la que debían asistir los miembros de su escuadra y el capitán portando la imagen del Santísimo Cristo. Doce hachas lucían durante la celebración de estas misas.

El patrimonio y su administración interna era cuidada: el arca de la hermandad —custodiada mediante tres llaves en manos del capitán, el alférez y el depositario— la conservación de la cera, el dinero y las limosnas. Había dos libros oficiales, uno para registrar a los hermanos y los decretos y otro para anotar las misas celebradas por los difuntos. Incluso se preveía la caridad interna: si un hermano caía enfermo y era pobre de solemnidad, las escuadras salían a pedir limosna por él para socorrerlo. La cofradía, además de su dimensión ritual, actuaba como una verdadera institución de ayuda mutua.

Una vez redactadas las ordenanzas, el párroco de Calzada de Calatrava —fray Alonso Vincente de Torralba— añadió algunas observaciones relativas a la presencia del cura o su teniente en algunos actos de la hermandad. Con esta modificación fueron aprobadas el 16 de marzo de 1745, rigiendo durante años la vida devocional hasta que, debido a litigios con alcaldes y regidores en 1760, se entregaron los originales al vicario de Ciudad Real, lo que motivó nuevamente su pérdida.

Estas ordenanzas fueron redactadas por el presbítero Domingo López Tamajón, Vicente de Céspedes, Juan de Céspedes, Pedro Pé­rez, Juan Arguelles, Juan de Torres, Cristóbal Valiente, Francisco Robledo, Juan Manuel Trujillo, Juan de Molina, Agustín Chiclano, Juan Lechuga, Juan Cortés, Francisco Sánchez Guío (a) el Menor, José de la Calle, Manuel Zamora, Juan Almodóvar, Juan María Al­modóvar, Gabriel Ruiz de Úbeda, Juan Moreno Delgado, José Li­món de la Cueva, Felipe de León, Alfonso de León, Antonio de León (a) el Menor, José Aparicio, Juan de Ríos, Francisco Martínez Trujillo, Diego Ruiz Hidalgo, Gaspar Díaz, Juan García Caballero, Ventura Ganavacas, Juan Rosalía Alarcón, Juan Silvestre, Vicente Sánchez, Juan Ruiz Moreno, Juan Trujillo, Juan Albertos, José Al­bertos, Manuel Muñoz, Lupercio y Juan Pardo.

La Cofradía de la Santa Vera Cruz era un ejemplo de organización religiosa calzadeña durante el siglo XVIII. Sus normas, su ritual, sus penitencias, su estructura interna y la mezcla de solemnidad, disciplina y caridad constituyen un testimonio profundo de la religiosidad popular que en esos tiempos impregnaba la vida de Calzada de Calatrava. Frente a otras hermandades —igual de valiosas— la Vera Cruz destaca por su legado documental, que ha permitido reconstruir con fidelidad la forma en que se vivía la fe, se estructuraba la comunidad y se entendía la tradición en una época donde estas cofradías eran pilares de la identidad colectiva del pueblo. La desaparición de los actos del 3 de mayo deja incompleto el sentido histórico de la hermandad. Sería hermoso recuperar aquella celebración que honraba la auténtica esencia de la Vera Cruz. Este día recuerda el descubrimiento de la cruz verdadera por Santa Elena en Jerusalén, hacia el año 326 y el término Vera Cruz proviene del latín vera crux, que significa la verdadera cruz de Cristo: al leño auténtico en el que, según la tradición, fue crucificado Cristo.

Corpus Ruiz Fernández

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