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jueves, marzo 26, 2026

La sola razón: origen de los totalitarismos

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Vamos a ver lo que ocurre cuando la razón humana cree que puede ir solitaria para explicar el mundo. Y lo haremos a partir de tres episodios —aparentemente inconexos— que lo muestran claramente: la Guerra de la Vendée, el discurso de Benedicto XVI sobre la dictadura del relativismo y la gran crisis epistemológica de la ciencia en 1900. Casos que revelan una misma verdad: lejos de oponerse, se necesitan mutuamente: la fe sin razón puede derivar en superstición, mientras que la razón sin fe se queda sin respuestas últimas.

  1. El mito de la razón ilustrada: lecciones de la Vendée

En el colegio, nuestros profesores presentaban la Revolución Francesa como un triunfo de la razón, de la libertad y de la igualdad. Sin embargo, nada nos dijeron de lo que ocurrió en la región francesa de la Vendée, entre 1793 y 1796, cuatro años después de comenzar la revolución. Los campesinos de esa zona no se levantaron por defender al Antiguo Régimen: habían aceptado todos los cambios impuestos desde París. Empuñaron las armas cuando la República quiso llevarse por la fuerza a sus hijos para guerras europeas que no comprendían.

La reacción del gobierno no fue el diálogo, sino una represión brutal. Tan bárbara que muchos historiadores consideran esta guerra como el primer genocidio de la Edad Contemporánea: hundimiento de barcas llenas de prisioneros —incluyendo mujeres y niños—, matanzas por las columnas infernales —quema de pueblos, saqueos de cosechas y ejecuciones de sospechosos de apoyar la contrarrevolución—, ejecución de sacerdotes que se negaron a jurar la constitución civil del clero y confiscación de tierras y bienes a los “enemigos del pueblo”. La libertad que iba pregonando la revolución no eran digna de tenerla quienes no encajaban en su proyecto “racional”. Con el tiempo, fue la semilla de los grandes totalitarismos del siglo XX, todos ellos nacidos de la idea de que la razón humana puede imponer a la fuerza una visión del mundo. La Iglesia católica fue precisamente la víctima. La razón sin fe se convirtió en ideología, y la ideología, en violencia.

  1. El vació del yo: la dictadura del relativismo

Dos siglos más tarde, Benedicto XVI, en su célebre homilía del 18 de abril de 2005 —pocas horas antes de que fuese proclamado Papa— advirtió que Occidente había sustituido la fe por un relativismo que ya no reconoce nada como verdadero. Estas fueron sus palabras:

“¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes ideológicas!, ¡cuántas modas de pensamiento!… La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, llevada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir a error (cf. Ef 4, 14). A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse «llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos”.

De nuevo, como en la Vendée, se muestra que una razón que se emancipa totalmente de la fe termina anulándose a sí misma. Este relativismo moral, muy aceptado hoy en día por la sociedad, considera a la verdad como no definitiva. Lo que hoy es cierto dentro de unos años puede ser falso, y lo que hoy es falso… ¿qué inconvenientes hay para que mañana sea verdadero? Mientras en la Biblia leemos que “la Verdad nos hará libres”, últimamente, siguiendo esta moda del relativismo moral, otros dicen que “la libertad nos hará verdaderos”.

  1. Cuando la ciencia reconoce sus límites

A finales del siglo XIX, el racionalismo soñaba con un sistema lógico capaz de explicarlo todo, reduciendo la realidad a axiomas evidentes y demostrables. De ahí que Hilbert convocara en 1900 un gran congreso en París para construir ese sistema perfecto: demostrar que la ciencia lo podía explicar todo.

Pero pocas décadas después, los investigadores llegaron a una terrible conclusión: no solamente no han podido elaborar ese sistema axiomático totalmente completo, sino que algunos han demostrado de un modo formal —y por tanto lógico— que es imposible. Y aquí están los teoremas de incompletitud de Gödel. El primero de ellos dice que la fórmula que demuestra la coherencia de un sistema racional no pertenece a ese sistema racional. Es decir, que para fundamentar una ciencia he de salirme de ella, porque su fundamento no pertenece a ese sistema. Si leo lentamente lo que acabo de describir, llego a la conclusión de que es necesario la existencia de Dios para una explicación total de ese sistema cerrado que es el Universo. En otras palabras, la razón, para sostenerse, necesita salir de sí misma y dialogar con la fe.

Este hallazgo coincide con lo que vienen diciendo la filosofía y teología durante siglos —sobre todo en el libro de Santo Tomas, Suma contra Gentiles—: la razón necesita de una instancia superior que le dé sentido. Sin fe, el mundo no lo tendría.

San Juan Pablo II, en su encíclica Fides et Ratio (1998), define la fe y la razón como “las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”. Y para llegar a ésta, es necesario que no haya conflicto entre ellas: la razón busca la verdad que la fe revela. La tradición cristiana siempre ha enseñado que para llegar a la verdad es necesario que fe y razón vayan de la mano. Así, el ser humano se comprenderá así mismo y al mundo. Defender la verdad, proponiéndola con humildad y testimoniarla con la vida, constituye una de las expresiones más grandes del amor cristiano, porque Dios es Amor eterno y Verdad absoluta.

Sólo recuperando ese diálogo entre la razón y la fe, cuyo objetivo es el amor por la Verdad, evitaremos que el mundo siga siendo un tablero de ajedrez donde los “dueños de la razón” jueguen con la dignidad de los más vulnerables, sobre todo la de los niños. Me viene a la memoria el caso Epstein.

Corpus Ruiz Fernández

(Nota de la Redacción: Las Opiniones de usuarios y colaboradores no tiene por qué corresponderse forzosamente con la línea editorial de Almagro Noticias, la cual promueve la pluralidad de opiniones en el marco de los principios y valores sobre los que se sustenta.)
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