Como había de cumplirse la ley del nuevo gobierno del Trienio Liberal, origen del golpe de estado de Rafael del Riego y Flórez —fue una acción militar organizada, actuó contra el Gobierno legítimo entonces vigente (el absolutismo de Fernando VII) y se llevó a cabo sin participación de la población—, en Almagro comenzó el rumor de que los frailes franciscanos abandonarían su convento. Algunos vecinos, por no decir muchos, no se lo creían y estimaron que era un rumor exagerado. No sabían que la explicación estaba lejos de su pueblo: provenía del gobierno de Madrid, y basada en el decreto de 1 de octubre de 1820, aprobado en las Cortes a los pocos meses de comenzar el Trienio Liberal. En su artículo 1.º, aquel decreto —conocido como Ley de Regulares— establecía la supresión de todos los monasterios de las órdenes monacales, entre otros. Pretendía reorganizar el clero regular y que los bienes de los conventos suprimidos se convirtieran en bienes nacionales que mitigaran la deuda del Estado. Además, prohibía la fundación de nuevos conventos ni profesar a ningún novicio nuevo.
La orden de expulsión de los franciscanos de Almagro no fue una decisión aislada, sino la aplicación estricta de la ley. Para los vecinos, claro está, era un fuerte golpe a lo que siempre había sido parte de su pueblo. Los frailes, desde hacía muchísimos años, eran parte de él: confesores, guardianes de tradiciones, maestros y, para los más religiosos, una presencia espiritual cercana. No se cumplió la fecha señalada por el Gobierno para que los frailes abandonaran el convento, ya que la orden no llegó a ejecutarse debido a la resistencia popular, sobre todo de las mujeres, que acudieron al convento para impedir el desalojo.
Esta defensa originó que un periódico madrileño, de ideología progresista exaltada, de nombre El Eco de Padilla, dedicase varias entregas en el mes de agosto de 1821 a narrar lo ocurrido en Almagro. Era, para el periódico, un claro ejemplo de que la Iglesia no respetaba la Constitución: así lo veía la redacción madrileña. Relató el ambiente tenso, describiendo cómo las mujeres pernoctaban en el convento —algunas envueltas en mantas, otras rezando en silencio—, por el miedo a perder a esos frailes que las habían dirigido espiritualmente durante años. El noticiero veía esa resistencia una muestra de fanatismo, pero lo que en realidad se vivía en Almagro no era un conflicto político, sino humano. Que los almagreños perdieran, de pronto, parte de una de sus tradiciones, no era tan fácil de conseguir. Y menos aún de ese modo: la tradición pesa.
Esa resistencia popular llevó a un miliciano a improvisar unas letrillas satíricas que comenzaron a circular por el pueblo y, posteriormente, reproducidas en El Eco de Padilla. Decían así:

Esta sátira eran un duro ataque a la religiosidad popular de Almagro. Quien las improvisó lo hizo con burla, ridiculizando los lamentos de las mujeres y su apego a los frailes, con la repetición constate del estribillo «¡ay que se acaban los frailes!». Los liberales usaron estas letrillas como arma política para justificar las medidas de un Gobierno que quería abrir una brecha entre el nuevo orden liberal y la religiosidad tradicional.
La tensión entre las mujeres y los milicianos iba a más, de ahí que el alcalde tuviera que intervenir para lograr que la fuerte tensión no degenerara en violencia abierta. El pueblo había demostrado una profunda resistencia frente al nuevo orden liberal: para los vecinos, el convento no era un simple edificio sino una tradición viva; sin embargo, para el Gobierno era un establecimiento que debía ser abandonado por los franciscanos, y cuyos bienes debían incorporarse al patrimonio público.
Lo relatado ocurrió en los días del mes de agosto de 1821, finalizando con la expulsión de los franciscanos. Todavía hoy, quienes conocen la historia, la recuerdan con una mezcla de orgullo y tristeza. Fue un episodio en el que las ideas liberales se cruzaron con las tradiciones y emociones populares bajo el sol manchego.
Como los gobiernos cambian, las ideologías también. Gracias a ello, la historia de los franciscanos en Almagro no acabó con su expulsión en 1821. Durante décadas vivieron en la memoria colectiva de los almagreños. Y así, cuando en el verano de 1877 el Gobierno autorizó la fundación de un nuevo convento franciscano en Almagro, la noticia causó gran alegría. Y lo que en 1821 fue un episodio tenso y triste, se transformó en 1878 en una celebración solemne, multitudinaria y emotiva: los hijos de San Francisco habían regresado. Religiosos, misioneros de Filipinas dependientes de los de Pastrana y Consuegra, que fueron recibidos solemnemente el día 29 de julio de ese año, con vistosas colgaduras, levantándose arcos de flores y ramos con banderas y dedicatorias en algunas calles.
Hoy, más de dos siglos después de esa resistencia de las mujeres de Almagro, las circunstancias no son las mismas, pero la sociedad distingue muy bien lo que llega desde los despachos y lo que consideran parte esencial de su tradición. Y, como en 1821, cuando ésta se siente amenazada los almagreños no se quedan con los brazos cruzados: saben que ciertas tradiciones no se discuten, se preservan.
Un buen ejemplo de esa continuidad es el secular juego de las Caras en Viernes Santo, una costumbre que sigue viva en Almagro y también en Calzada de Calatrava, donde ha sido reconocida oficialmente como Bien de Interés Cultural de Castilla-La Mancha, en la categoría de Bien Inmaterial. Tradiciones así muestran que, pese al paso del tiempo y los cambios de gobierno, hay raíces que permanecen firmes en la memoria y en la vida de los pueblos.
Corpus Ruiz Fernández

