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miércoles, febrero 4, 2026

La rebelión de los cómicos: el escándalo de Almagro en 1799

Los libros prohibidos en Almagro

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Una compañía de cómicos, en una calurosa mañana de mayo de 1799, instaló sus telones en la Plaza Mayor de Almagro. Viajaban con sus carretas de una ciudad a otra para representar diversas obras. Durmieron en ellas, tras un largo viaje por los caminos de La Mancha. Habían contratado, con el ayuntamiento, la duración de la estancia, los precios de entrada y la obligación con la Iglesia local. Vivían perseguidos por la censura: sus obras debían pasar por los censores civiles, los eclesiásticos y, además, respetar los edictos del Santo Oficio, siempre vigilante para prohibir la representación de textos concretos.

Nada más olfatear su llegada los vecinos, deseosos de saber a qué venía esta gente, acudieron a curiosear los telones y a hablar con los actores, que descargaban sus baúles y libros entre bromas y aspavientos. Pero, tanto vecinos como actores no sabían que sobre el trabajo de estos últimos iba a proyectarse una sombra: la del Santo Oficio.

El comisario de la Inquisición del lugar, Antonio Velázquez, hombre seco y cumplidor de las normas inquisitoriales, estaba inquieto porque había oído rumores sobre las obras que estos comediantes solían representar. Entre ellas destacaba Santa María Egipciaca y el sainete Los payos hechizados, Juanito y Juanita, incluidas en el índice de los libros prohibidos. Además, ambas habían sido condenadas en edictos muy recientes. Así que tomó la decisión de recorrer el centro de la ciudad para comprobar los carteles que la compañía había colgado y confirmar qué funciones anunciaban. Sus sospechas se afianzaron.

—No será en mi jurisdicción —dijo al sellar el oficio dirigido a Toledo— donde se mancille la fe ni se rían de los mandatos de la Iglesia.

Faltaban pocas horas para la representación de Santa María Egipciaca, por lo que el comisario envió a uno de sus ministros para impedirla, encontrándose con la negativa de los cómicos: se burlaron de él y se negaron a suspender la función. El pueblo, sin embargo, debatía sobre lo que estaba pasando. Unos a favor de que los cómicos actuaran esa misma noche, otros —que sabían, por los sermones y avisos leídos en misa, que la obra había sido prohibida por sus excesos a la hora de narrar las pasiones de la santa— en contra.

Esa misma noche, el gobernador político y militar de Almagro, Manuel Moreno —ilustrado y enemigo de todo lo que oliera a Antiguo Régimen— recibió la visita del comisario. Aquel, con gesto despreciativo, escuchó lo que le decía éste, mientras sostenía en su mano una copa de vino.

—¿Prohibir una comedia? —dijo finalmente—. Hay que dejar que la representen sin ningún obstáculo.

Velázquez tenía la convicción de que, aunque Moreno llevaba la Cruz de Calatrava en el pecho, su simpatía por la masonería era evidente y odiaba lo dictado por el Santo Oficio. Los cómicos, temiendo una mala acogida del público, aunque esa noche llegaron a actuar, no repitieron la comedia al día siguiente. Supuestamente, entregaron los ejemplares prohibidos, y uno de ellos fue enviado a Toledo.

Parecía que la tempestad había pasado, pero el 19 de mayo los comediantes decidieron representar Los payos hechizados, Juanito y Juanita. Obra también prohibida por contener cosas lascivas, amatorias y de hechicería, estando comprendida en la séptima regla del expurgatorio general sobre índices de libros prohibidos y mandados a expurgar. Este sainete, además, estaba vetado por un edicto de abril de 1796, leído en todas las iglesias y conventos. Los comediantes lo sabían, pero se la jugaron. Esa noche, la mayoría del público se indignó y abandonaron sus asientos, escandalizados. Las consecuencias: al día siguiente el Santo Oficio acudió a requisar los libros, pero los actores no entregaron todos.

—Los demás los tengo bien guardados —dijo el primer actor, sonriendo con suficiencia—. Y los representaremos cuando nos dé la gana.

El comisario, iracundo, pidió ayuda urgente al gobernador para registrar todos los textos de la compañía. Pero Moreno, antes que auxiliarlo, aprovechó la ocasión para avivar su confrontamiento contra los miembros de la inquisición.

Visto lo ocurrido, el gobernador Moreno inició una campaña abierta contra lo que representaba la Inquisición. Comenzó poniéndoles impuestos, siguió con humillarlos en la Plaza Mayor en público, y los despreció con palabras mal sonantes. Según el informe enviado después a Toledo, los trataba con un “odio implacable”.

En la mañana del dos de junio, domingo, la tensión alcanzó su punto álgido. La Plaza Mayor estaba repleta de vecinos. El consultor Miguel Antonio Cortés —experto en derecho canónico y civil— apareció acompañado del licenciado José María Ximénez y del regidor Juan Quiroga. Como sirvientes al Santo Oficio, llevaban puesta su venera, símbolo de autoridad inquisitorial. Moreno, que acababa de entrar, fue aplaudido por algunos mozos. Los vio enseguida. Avanzó hacia el consultor, como un toro bravo que fija su embestida.

—¡Quítese esa venera, Cortés! —dijo—. Ni en público ni en secreto quiero verla en Almagro.

—Perdone que le diga, es insignia legítima —respondió Cortés sin bajar la mirada.

—Pues se la arrancaré yo mismo —replicó Moreno, adelantando un paso—. Y después lo mandaré a la cárcel, para escarmiento de todos.

Las gentes contuvieron el aliento. Estaban presenciando el enfrentamiento, cara a cara, entre la autoridad militar y el Santo Oficio. Dos poderes que rara vez chocaban en público.

Los informes viajaron a Toledo y el Consejo. Tras examinar los hechos, se consideró que la conducta del comisario Veázquez había sido adecuada, reprochando al gobernador el no haber intervenido para suspender las representaciones y requisar los ejemplares prohibidos. Era su obligación. Las obras fueron declaradas, una vez más, “obscenas y definitivamente prohibidas”.

Quedó pendiente otro asunto más turbio: investigar en secreto el ambiente hostil que el gobernador Moreno había creado contra los oficiales del Santo Oficio en Almagro. Así, en el final de aquella primavera de 1799, todos los que circularon por las calles de este bello pueblo vieron el paso de unos cómicos atrevidos y el choque profundo entre la autoridad espiritual y la temporal, entre la palabra escrita y la palabra prohibida.

Quizás sea un episodio pequeño e insignificante, pero revela cómo el Antiguo Régimen tocaba a su fin. A los pocos años, cruzaron la frontera aquellos franceses que intentaron apropiarse de España. No lo consiguieron, pero sí lograron dividirla. Me cuentan que aún sigue así. Además, proporcionaron las ideas revolucionarias que alimentaron a líderes como Bolívar, San Martín, O’Higgins y otros, lo que desembocó en la pérdida por parte de España de sus virreinatos. Proceso en el que también participó Inglaterra, con sus agentes y logias —como la de Lautaro.

Fuente: Proceso de fe de Miguel Antonio Cortés, vecino y consultor del Santo Oficio en Almagro, abogado de los Reales Consejos, por no impedir la representación de la comedia Santa María Egipciaca y el sainete Juanito y Juanita, ambos prohibidos, así como de recoger parte, no todos, los ejemplares de los libros prohibidos referentes a estas obras. Archivo Histórico Nacional, INQUISICIÓN,190, Exp.7

Corpus Ruiz Fernández

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