Entre la multitud que esta Semana Santa ha abarrotado las calles y templos de los pueblos del Campo de Calatrava surge una pregunta inevitable: ¿se enfrenta hoy la Iglesia Católica a problemas serios que deben ser abordados y resueltos cuanto antes para que siga luciendo en ella la Verdad?
Quienes leemos periódicos digitales católicos observamos que la Iglesia tiene frente a sí dos graves problemas, a los que debe de dar solución de la mejor manera posible. León XIV se enfrenta a estos dos grandes desafíos. Y si la Verdad ha de prevalecer en un católico, tengo que decir que ambas tensiones son graves y procedentes de polos opuestos: tanto la una como la otra se enfrentan directamente al Papa y ponen en peligro la unidad de la Iglesia Católica. En este sentido, recuerdan a los tiempos de Lutero, donde surgió la Reforma luterana y, en respuesta, la Contrarreforma, cuyo impulso espiritual tuvo en san Ignacio de Loyola uno de sus principales baluartes. Hasta aquí el pesimismo de los católicos. Pero hay que reconocer, como así lo hacen tanto los ateos como los pertenecientes a otras confesiones religiosas, que mientras estos conflictos están ahí visibles —pero de los que muchos católicos de base no tienen información— está surgiendo algo menos ruidoso para la prensa católica, a la vez que más desconcertante: crecen con fuerza la participación en las procesiones de Semana Santa y, aunque en menor proporción, la asistencia a los oficios litúrgicos de este periodo y a la misa dominical. Una paradoja que debe obligarnos a pensar.
Es importante conocer esos dos problemas a los que la Iglesia se enfrenta hoy. Intentaré explicarlos con la mayor claridad posible. El obstáculo apremiante que plantea actualmente el lefebvrismo —encarnado en la Fraternidad Sacerdotal San Pío X— es su intención de ordenar nuevos obispos sin la autoridad del Papa. Gesto que daría lugar, probablemente, a la excomunión automática de los implicados y la amenaza de un nuevo cisma. Aunque hay quienes reconocen que sería un acto ilícito, pero no automáticamente cismático si no niegan la autoridad del Papa. Este movimiento se ha caracterizado por cuestionar la doctrina y la liturgia del Concilio Vaticano II (CVII), lo que ha representado una tensión permanente. Hoy, esa tensión ha vuelto a aparecer.
En el otro extremo, con el pretexto del proceso sinodal —que recientemente impulsó el Papa Francisco— gran parte de los obispos alemanes —de perfil progresista— han impulsado un programa de reformas con el objetivo de que los laicos tengan capacidad deliberativa y no sólo consultiva: la Verdad sería establecida por consenso y no conforme a la doctrina de la Iglesia. El Camino Sinodal alemán ha aprobado textos que proponen la bendición litúrgica de parejas del mismo sexo, la aceptación de relaciones sexuales fuera del matrimonio sacramental, la revisión del Catecismo en materia de homosexualidad y una sexualidad basada en la relación afectiva más que en la antropología cristiana. El enfoque de estas propuestas es contradictorio con el magisterio vigente. Pero Francisco fue claro: la doctrina no se decida por consenso cultural. Asimismo, como la Iglesia Anglicana, reclaman la ordenación de mujeres al sacerdocio, cuando la Iglesia ha declarado cerrado el debate sobre la ordenación sacerdotal de mujeres.
Mientras que los seguidores de monseñor Lefebvre rechazan el CVII, en el otro extremo este sector alemán lo reinterpreta a su manera conduciendo a una lógica doctrinal de tipo protestante. Unos quieren regresar a la Iglesia de antes del CVII mientras otros están dispuestos a reinventarla. León XIV tiene que enfrentarse a un terreno minado: el polo lefebvriano y el progresista.
Y mientras estos debates ocupan titulares en la prensa católica —a favor y en contra— en las calles, en los templos y en los seminarios tiene lugar una serie de hechos que merecen darlos a conocer: la participación en las procesiones de Semana Santa es cada vez más multitudinaria, así como en los actos litúrgicos que se llevan a cabo durante este periodo. El catolicismo cultural —pasos de Semana Santa, saetas, cofradías— avanza hoy a un ritmo muy superior que el catolicismo religioso: salir a la calle sigue siendo, para muchos, más fácil que entrar a una iglesia a confesar o comulgar. Esto no quita que haya un crecimiento, aunque moderado, en la asistencia a los oficios de Jueves y Viernes Santo, del Triduo Pascual y a la misa de todos los domingos y fiestas de guardar, sobre todo entre jóvenes. Este retorno, aunque no masivo, indica que algo se mueve. A esto hay que añadir un repunte moderado y significativo de vocaciones sacerdotales masculinas en España y Europa occidental. El caso del Seminario de Ciudad Real es ilustrativo: tras advertirse en 2024 que podría desaparecer por falta de vocaciones, la entrada de nuevos seminaristas ha permitido, por el momento, evitar su cierre y mantener viva la formación sacerdotal en la diócesis.
Mientras el catolicismo cultural ayuda a mantener la tradición, dando importancia a los pasos, haciendo todo lo posible para que el cristianismo no desaparezca de la sociedad, el catolicismo religioso —más exigente, ya que implica conversión, sacramentos y perseverancia— crece menos, pero lo hace con lentitud. No disminuye. La gente que se acerca desde fuera es invitada a entrar del todo, apareciendo conversiones adultas conscientes: ahí están los ejemplos de muchos jóvenes que han llegado al bautismo no por costumbre ni por presión familiar, sino tras haber experimentado un vacío en este mundo sin referencias morales. Millennials que rechazan el secularismo y llegan a afirmar que Jesús realmente resucitó de entre los muertos. Aparecen también nuevos testimonios públicos, como el de la influencer española Susana Arcocha, que ha decidido bautizarse en la Iglesia Católica. O cientos de personas que se han convertido al catolicismo en el Reino Unido durante esta última Vigilia Pascual: de 500 en la Archidiócesis de Westminster el año pasado a 800 este año.
Y no llegan a la Iglesia porque ofrezca ventajas sociales, sino porque han visto que el mundo en el que vivían estaba saturado de mensajes sin valores, y han comprobado que la libertad sin Verdad es un sinsentido. La figura de Jesús se les ha aparecido como una respuesta y no como una ideología, de la que han estado mamando hasta hartarse: han encontrado en el catolicismo, además de un refugio cultural, un camino hacia una Persona.
Sacerdotes y obispos han usado las redes sociales para transmitir los valores evangélicos, hablando con claridad y sin complejos del Evangelio. Han servido como un primer paso, un primer contacto o una puerta de entrada para personas que, de otro modo, nunca se habrían acercado a la Iglesia —ni física ni espiritualmente—. Pero no hay que engañarse: las redes sociales por sí solas no generan fe, pero sí la canalizan cuando hay hambre de tenerla.
De todo lo dicho, mientras la Iglesia sufre tensión por arriba, debido a sus debates internos, mantiene y recupera capacidad de convocatoria en sus símbolos y en lo espiritual por abajo. No sólo como costumbre, transmitida de padres a hijos, sino como elección personal. En este contexto, resuena con fuerza el llamamiento que San Juan Pablo II lanzó a Europa, el 9 de noviembre de 1982: «Europa, vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces». Como católico que nunca ha perdido la esperanza, creo que en calles y templos ha comenzado la reacción contra el relativismo, el nihilismo y el utilitarismo, que han marcado a Occidente en las últimas décadas. Dios quiera que surjan nuevas leyes, nacidas de una concepción más justa del ser humano, que impidan someter la vida a la lógica del consenso, del deseo y de la utilidad.
Verdad frente a consenso, vida frente a deseo y dignidad frente a utilidad.
Corpus Ruiz Fernández

