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jueves, marzo 26, 2026

El sufrimiento pide compañía, no muerte

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Me presento. Me llamo Clemens August von Galen, obispo de Münster durante el nazismo. Pasé a la historia, sobre todo, por denunciar el programa de eutanasia forzada Aktion T4 y la persecución de la Iglesia católica. Debido a esto, recibí el apodo de “El León de Münster”. Mi voz, hace ya más de ochenta años, la dirigí al pueblo alemán que, en esos momentos, era gobernado por unos totalitarios sanguinarios. Eran mis enemigos que, gracias a Dios, terminaron perdiendo la guerra y juzgados —la mayoría de ellos— en Núremberg.

Hoy he bajado del cielo, como cuando enviaron ayuda a George Bailey, para observar vuestro modo de vida y las nuevas leyes que los diferentes gobiernos occidentales han ido estableciendo. He comprobado que varias de ellas os hablan de “derechos”, enmascarándolos con palabras relucientes como si hubiesen supuesto un gran avance para vuestra comunidad: “a la vida digna”, “a la interrupción voluntaria del embarazo” … No es que me dé la impresión, es que afirmo categóricamente que las tinieblas han regresado. Los estimáis razonables, cuando hace bastantes años vuestra opinión era totalmente la contraria. ¿Qué os ha ocurrido para dar este giro de ciento ochenta grados? Anunciados constantemente en los medios de comunicación como un triunfo, os alegráis de que así haya sido, incluso lo festejáis.

En mis ya famosos sermones de 1941 denuncié abiertamente lo que intentaban hacer desde el poder, para advertir así a mis paisanos: Si se admite el principio de que se puede matar al prójimo improductivo, entonces ¡ay de todos nosotros! Hoy, compruebo que ese principio no sólo lo habéis admitido, sino que —para más inri— se ha convertido en una prestación del Estado.

Sabéis a qué me estoy refiriendo, y seguro que ya me habéis calificado como católico intransigente, pero no me importa. Lo que sí me interesa es la verdad y observo que donde tú crees haber ganado en libertad y autonomía yo veo desamparo y vulnerabilidad. Habláis de “muerte digna”, palabra adecuada para la sensibilización, olvidando los cuidados paliativos. Comprendo que es difícil estar al lado de un familiar que está en una situación extrema. Yo te digo: para eso está, más que nunca, el amor y la compañía.

Vuestras leyes quieren cargarse, cuanto antes, al enfermo terminal que agoniza, haciéndolo sentir como una carga económica. Y no sólo a éstos, sino también a los niños—como en Países Bajos y Bélgica—, donde les ofrecen el camino más rápido hacia la muerte bajo el pretexto de evitarles sufrimientos futuros. Me diréis que eso es un acto de compasión, yo os digo que no, que hay otra alternativa más humana: cuidarlo hasta el último momento, sin encarnizamiento terapéutico, ofreciéndole consuelo con vuestra presencia y verdadero amor familiar.

Mientras en mi época los tiranos obligaban al pueblo a aceptar la eutanasia, los gobernantes de hoy —más astutos— han conseguido que sea el mismo pueblo quien la pida. Para ello, han debido de convencer a la mayor parte de la comunidad occidental —en África, donde los hombres viven en condiciones infrahumanas, piensan de otro modo— de que si eres libre tienes el derecho a dejar de existir. Nueva metodología.

Amáis mucho la libertad, sin preocuparos si ésta os lleva a la verdad o a la mentira, a lo bueno o a lo malo. Como decía san Agustín: libertad no es hacer lo que quiero, sino elegir el bien. Os creéis libres, pero una Europa movilizada por leyes que ofrecen como solución a los sufrimientos crónicos la muerte no es una sociedad libre. Y si, además, la solución es la inyección letal, sin haberos pasado por la cabeza los cuidados paliativos, no os estáis preocupando por los más débiles. Los ricos podrán permitirse el lujo de vivir —en situación de igual sufrimiento— en residencias y tener el personal adecuado para poder recibir los cuidados paliativos que necesiten. Una compasión que termina en el cementerio no es compasión, es abandono.

En mi época, la película Ich klage an —Yo acuso, en español— intentó manipular los corazones de los alemanes usando el “amor” para justificar la eutanasia. Hoy, vuestra cultura entera es esa película. Se os dice que morir dignamente es un acto de valentía y que cuidar al enfermo crónico hasta el final es una crueldad innecesaria.

Os lo vuelvo a decir hoy, con la misma urgencia que entonces: una vez que se acepta como normal que la vida la puede terminar uno mismo —o como dijo Chesterton: cuando el hombre deja de creer en Dios, no es que no crea en nada, sino que cree en cualquier cosa— el dique se romperá y el agua inundará los terrenos fértiles. Primero fueron los ancianos con enfermedad crónica, ahora se han sumado los deprimidos con trastorno mental grave —incluso sin tratamiento—, los niños con dificultades y, finalmente, esta lista será completada con cualquiera que no encaje en los planes de un sistema que prefiere personas eficientes a seres humanos frágiles.

No os dejéis engañar por el lenguaje dulce y fijaos más en la verdad y la belleza, donde el amor con caridad entre los hombres es fundamental. El resultado de 1941 y el de la actualidad empieza a parecerse peligrosamente: un mundo donde el débil desaparece para que el fuerte viva sin ningún problema.

¡Ay de la nación que ya no sabe qué hacer con sus sufrientes crónicos! Porque en ese momento ha dejado de ser una nación de hombres para ser una granja de utilidad, como esas sociedades deshumanizadas que Orwell predijo en 1984, controlada por el Estado.

Con todo lo que os acabo de decir muchos de vosotros me llamaréis demagogo. Diréis que no se puede comparar la eutanasia nazi con la de hoy, ya que entonces era el propio Estado quien elegía a los que iban a aplicarles la eutanasia, y hoy es quien pide ser ayudado a morir usando su libertad. Pero os digo: es fácil rebatir vuestro argumento, ya que vuestra libertad de la que hacéis gala está marcada por el abandono. En 1941, el peligro era un Estado que perseguía al más débil para eliminarlo —porque consideraba que su vida era indigna de ser vivida—. Hoy, bajo un disfraz que no llegáis a percibir, se os ignora hasta que decidís dejar de existir, momento en el que sois eficientemente atendidos para ayudaros a morir, sin informaros de que hay otra vía para conseguirlo: los cuidados paliativos, ese método humano de acompañar al que sufre sin precipitar su final.

Para acabar este mensaje quiero haceros, con mucho dolor, esta pregunta: ¿qué ha pasado en Occidente, donde impera la democracia y la libertad, para que la película Mar adentro haya calado tan fuertemente en el ambiente? Hoy, gran parte de la sociedad acepta no sólo la eutanasia pasiva que reivindicaba la película, sino también la eutanasia activa. Es una paradoja que me estremece: vuestro mundo libre ha abrazado voluntariamente aquello que la película nazi Ich klage an no consiguió imponer en un régimen totalitario que usaba el miedo. Lo que el terror no pudo doblegar lo ha conseguido vuestra libertad. Dejad de pensar que la libertad os hará verdaderos. Esto os llevará, como dijo el Papa Benedicto XVI, al relativismo: hoy lo que consideráis verdad mañana lo veréis como mentira, y viceversa. Seguid más bien lo que os dijo san Juan: La Verdad os hará libres. Verdad que debe ir acompañada de caridad y amor, ya que si no se vuelve dura, fría o ideológica. Dejad de pensar que la muerte puede ser una solución al sufrimiento, porque en este mundo no sobra nadie.

Corpus Ruiz Fernández

(Nota de la Redacción: Las Opiniones de usuarios y colaboradores no tiene por qué corresponderse forzosamente con la línea editorial de Almagro Noticias, la cual promueve la pluralidad de opiniones en el marco de los principios y valores sobre los que se sustenta.)
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