La Confitería Pastelería Ángel Molina, uno de los establecimientos más antiguos, emblemáticos y queridos de Almagro, ha sido objeto de un emotivo y solemne reconocimiento institucional por parte del Ayuntamiento de Almagro, con motivo de sus más de 144 años de trayectoria empresarial ininterrumpida, endulzando la vida cotidiana de generaciones de vecinos y visitantes desde el año 1882.
El homenaje tuvo lugar en la noche del pasado viernes en la propia fachada del establecimiento, ubicado en la Calle Mayor de Carnicerías nº 6, en pleno casco histórico de la localidad, a escasos metros de la Plaza Mayor y del histórico Corral de Comedias, enclave universal del patrimonio teatral español. Un emplazamiento privilegiado desde el que la confitería ha mantenido abiertas sus puertas de forma ininterrumpida durante más de un siglo, convirtiéndose en uno de los negocios más longevos de la provincia de Ciudad Real y en un auténtico referente del comercio tradicional.
Un reconocimiento cargado de emoción, memoria y gratitud
El acto, celebrado en una noche marcada por una climatología desapacible, contó con la presencia de autoridades municipales, representantes institucionales, amigos, clientes fieles y numerosos vecinos que no quisieron perder la oportunidad de acompañar a la familia Molina en una jornada histórica. Pese a las inclemencias meteorológicas, la respuesta ciudadana fue masiva, evidenciando el profundo arraigo social de la confitería en la vida de Almagro.
Durante el homenaje se descubrió una placa conmemorativa que deja constancia del agradecimiento del municipio a una saga familiar que ha sabido preservar, generación tras generación, un oficio artesanal ligado a la identidad local. En nombre de la familia intervino Ángel Molina Maldonado, actual responsable del negocio, quien calificó el reconocimiento como “uno de los días más importantes en la historia de la pastelería”, subrayando que “no habría sido posible sin la confianza, el cariño y la fidelidad de los clientes, trabajadores y del pueblo de Almagro”.
Cinco generaciones de confiteros y una historia que nace en el siglo XIX
La historia de la Confitería Ángel Molina se remonta a finales del siglo XIX, cuando Avelino Molina Cano, bisabuelo de la actual generación, inició su actividad como confitero tras formarse en otros obradores. Tras contraer matrimonio, abrió su primera tienda en la calle Feria, sentando las bases de una saga familiar que acabaría marcando profundamente la tradición repostera de Almagro y su entorno.
Con el paso de los años, sus hijos y descendientes se dedicaron al oficio, extendiendo la tradición confitera por distintos puntos de la comarca y consolidando un legado que hoy alcanza su quinta generación. Desde los años cincuenta del siglo pasado, la confitería se encuentra en su ubicación actual, tras la adquisición del inmueble por la familia y el abandono de la venta ambulante por ferias y pueblos de la provincia, una actividad que durante décadas permitió dar a conocer los dulces de Almagro por toda la región.
Recetas centenarias, libros manuscritos y un patrimonio gastronómico vivo
Uno de los grandes tesoros del establecimiento son los antiguos recetarios manuscritos, algunos de ellos heredados de familiares directos y conservados con esmero, auténticas piezas de patrimonio inmaterial que recogen fórmulas tradicionales transmitidas de generación en generación. Recetas elaboradas originalmente con ingredientes básicos como azúcar, harina o manteca, adaptadas con el paso del tiempo a nuevas técnicas, pero siempre respetando la esencia original.
Lejos de sucumbir a modas pasajeras, la confitería ha apostado por mantener elaboraciones tradicionales muy valoradas por el turismo cultural que visita Almagro, buscando sabores auténticos y recuerdos de infancia imposibles de encontrar en grandes ciudades.
Dulces únicos que forman parte de la identidad de Almagro
Entre sus especialidades destacan las milhojas de crema, las pastas de almendra, las perrunas, los tradicionales pasteles de Almagro, los cubiletes —dulce típico ligado a festividades como San Antón o San Blas— y, de manera muy especial, los alfonsinos, un dulce exclusivo de la casa creado con motivo de la coronación de la Virgen de las Nieves y recuperado décadas después por la familia.
Productos que no solo alimentan el paladar, sino que forman parte de la memoria colectiva de la localidad, presentes en celebraciones familiares, bodas, fiestas populares y encuentros intergeneracionales.
Un negocio familiar abierto los 365 días del año
La Confitería Ángel Molina es hoy un ejemplo de sacrificio, constancia y vocación, con un ritmo de trabajo diario que se mantiene los 365 días del año, sin apenas descansos, y con una implicación directa de toda la familia. Actualmente el negocio está gestionado por Ángel Molina Maldonado, su esposa Esther Cañizares, su hijo Ángel Molina Cañizares, representante de la quinta generación, y Álvaro Parras, miembro del equipo desde su adolescencia y considerado ya parte de la familia.
A lo largo de su historia, la confitería ha contado con un número reducido de trabajadores, muchos de ellos durante décadas, creando vínculos humanos que trascienden lo laboral y refuerzan el carácter familiar del establecimiento.
Un legado que mira al futuro sin renunciar a sus raíces
Con el relevo generacional ya en marcha, la familia Molina afronta el futuro con el firme compromiso de preservar la herencia recibida, mantener la calidad artesanal y seguir siendo un referente del comercio histórico de Almagro. “Si Dios quiere, la saga de los Molina continuará”, afirmó Ángel Molina Cañizares, consciente de la responsabilidad que supone custodiar más de un siglo de historia viva.
El reconocimiento del Ayuntamiento no solo pone en valor una trayectoria empresarial ejemplar, sino que reivindica el papel esencial del comercio tradicional, la empresa familiar y la gastronomía local como pilares de la identidad cultural y económica de los municipios.

