Hace muchísimos años que, desde programas de televisión como Horizonte, algunos consideraron la desaparición del dinero en efectivo una amenaza para la libertad del ciudadano. Pero la mayoría creía que no eran nada más que bulos con el fin de crear una nueva conspiración que, tratada adecuadamente, fuera creíble.
Sin embargo, a partir de 2040, la política de la Unión Europea comenzó a escribir leyes con la finalidad de que la moneda digital predominara sobre la metálica. Ésta iría reduciéndose de forma progresiva. La reacción de la ciudadanía a la convivencia entre ambas monedas generó ilusión. Todas las generaciones estaban ya capacitadas para usar tarjetas bancarias y aplicaciones de móvil para pagar en supermercados y otros tipos de tiendas. El tiempo de adaptación fue corto, y no llegaron a pensar las consecuencias que esta nueva forma de socialización —si así podemos llamarla— traería. Por otra parte, desde la UE, los políticos de los partidos que controlaban esta institución estaban ilusionados por este nuevo proyecto y habían perdido el miedo a una reacción de la sociedad: insistían en que ese avance en la digitalización económica iría avanzando con el tiempo.
Sin embargo, la consolidación de la moneda digital, en rincones concretos de diversos países de la UE, despertaron inquietudes. Uno de estos lugares fue Calzada de Calatrava: cada Viernes Santo, en la tradición del Juego de las Caras, las monedas de cobre de diez céntimos de Alfonso XII eran lanzadas multitud de veces, para que el baratero dijera en voz alta “caras”, “cruces” o “cara y cruz”, y así fuera la banca o los apostantes del corro quien recogieran el dinero o las monedas fueran lanzadas al aire nuevamente. Ese día, miles de turistas visitaban el pueblo para incorporarse a los corros o para conocer en qué consistía este juego.
Con las nuevas leyes europeas, un pequeño grupo de vecinos calzadeños advirtieron que este juego tradicional podría verse claramente amenazado si los billetes y monedas, con el paso del tiempo, dejaban de circular libremente. Esta advertencia fue ignorada por la mayoría de los vecinos: nadie concebía que hubiera políticos que lo hicieran desaparecer. Estos, decían, necesitan votos y no se atreverán a llevar a cabo esta acción. Pero el paso del tiempo terminaría dando la razón a aquellas voces minoritarias. No estaban exagerando.
Tras años de discusión en el Parlamento Europeo, el uso del dinero en efectivo quedó reducido a un máximo de dos euros diarios por persona. La propuesta inicial fijaba ese límite en cero, pero las presiones del Vaticano evitaron la desaparición absoluta del dinero físico. Así, los fieles podían retirar diariamente dos “monedas-token” de curso legal restringido. Estas piezas de metal contenían un chip de proximidad vinculado a la cuenta digital del portador. Al caer en el cepillo, un lector electrónico validaba la donación y transfería instantáneamente el saldo de la cuenta del fiel a la de la parroquia, invalidando físicamente la moneda para cualquier otro uso posterior. La Iglesia, al final del día, devolvía estas piezas “descargadas” al Banco Central para su nueva activación.
Con este escenario, las ferias populares y las costumbres que dependían del intercambio económico comenzaron a debilitarse. En Calzada de Calatrava el impacto fue doloroso, ya que el Juego de las Caras quedó mutilado, aunque no prohibido. Tuvieron que inventarse nuevas alternativas para mantener la tradición: apuestas gestionadas por aplicaciones de software en móviles, en las que cada apostante participaba en un corro simbólico desde donde un robot lanzaba “al aire” las monedas digitales de Alfonso XII. El juego había sido trasladado a plataformas online. Esta nueva opción no pudo sustituir el calor humano del verdadero corro tradicional, por lo que la esencia de la tradición se fue apagando, quedando sólo los más adictos al juego, como así comprobaron los funcionarios del ayuntamiento que controlaban el número de usuarios que tenían instalada la aplicación digital en sus móviles. Y no sólo el número, sino también el nombre y apellidos de los jugadores y el importe de lo que cada jugador ganaba en este día. El juego había pasado de ser un acto libre y espontáneo, que no dejaba rastro, a convertirse en una actividad monitorizada, ya que cada lanzamiento virtual quedaba registrado y cada ganancia era notificada a la Administración Tributaria. También había perdido su anonimato que conllevaba exigir, por parte del Estado, unos impuestos por cada euro ganado. Y todo como consecuencia de que la sociabilidad que definía al juego desde el siglo XIX se fue apagando: jugadores acostumbrados a reunirse, generación tras generación, para compartir emoción y convivencia vieron cómo el control del Estado la había sustituido. Era un juego completamente distinto, ya que el vínculo comunitario se había perdido.
A la vez que este descontento crecía en toda Europa, los movimientos políticos que denunciaron la desaparición del dinero en efectivo advirtieron que no sólo el problema era la limitación de la libertad económica o un peligro para la libertad individual, sino que también había provocado la desaparición de tradiciones locales. Paralelo a lo sucedido en Calzada de Calatrava ocurrió en otros pueblos de España y en distintos lugares de Europa, donde tradiciones fueron transformándose en espectáculos artificiales. Si antes la gente, reunida al aire libre, además de jugar convivía libremente, ahora no era posible ya que la digitalización redujo esos encuentros al uso de aplicaciones instaladas en móviles. El ritual había sido despersonalizado y la comunidad diluida, desapareciendo con ello una gran parte importante de la vida social europea. Las tradiciones habían sido convertidas en simulacros sin alma.
Los partidos minoritarios que alertaron del peligro del control total del Estado aprovecharon la ocasión para lanzar un mensaje claro contra la digitalización total del dinero, por lo que fueron ganando apoyo. Nadie había intuido que en Europa surgiera de repente este cambio de opinión en sus ciudadanos, ya que las elecciones europeas dieron un vuelco histórico: fueron estos partidos los que ganaron por mayoría absoluta, lanzando el mensaje —entre otros muchos— de que el efectivo era esencial para vivir en libertad en la sociedad europea. Esta nueva victoria dejó atónitos a todos los encuestadores y analistas políticos.
Como era de prever, la primera media adoptada en la nueva Eurocámara fue la restauración plena del uso del dinero en metálico en todos los Estados miembros. Los estrategas políticos reconocieron que el experimento de eliminar los billetes, casi por completo, tuvo un gran contrincante: la tradición popular.
Todos los países de la UE celebraron esta nueva medida, pero creo que en ningún lugar se hizo con tanta intensidad como en Calzada de Calatrava: el primer Viernes Santo —tras la reforma— en el Casino y demás corros, señalados por los funcionarios del ayuntamiento días anteriores, los barateros comenzaron a gestionar el juego y las monedas de cobre de Alfonso XII volvieron a lanzarse al aire, mientras los apostantes y la banca contenían la respiración hasta que el baratero volvía a pronunciar las tradicionales palabras: “cara y cruz”, “caras”, “cruces”. Las piezas volvían a caer en el suelo y el rumor del metal se mezclaba con los vítores y el bullicio. Todos los participantes en el juego, todos, aplaudieron con emoción el regreso de la tradición, que fue herida pero no vencida. Su latido volvió a rugir con fuerza.
Las alternativas que surgieron en Calzada y fueron probadas, durante el periodo en el que no pudo usarse el dinero en efectivo, fueron ingeniosas, pero nunca pudieron simular el juego auténtico tradicional. Y el motivo es claro: con las apuestas digitales el contacto humano era imposible, volviéndose el rito sagrado en una mecánica fría. Las versiones online, por muy mejoradas que fueran, no podían transmitir el calor humano, por lo que la sociabilidad se diluía y el trato directo desaparecía.
Además de recuperar el juego, la comunidad calzadeña sintió algo mucho más profundo: no toda la modernidad implica progreso y que la libertad no viene determinada por las leyes, sino por esos pequeños rituales que nos mantienen unidos.
Epílogo
Constantemente, desde diversos medios de comunicación, nos hacen llegar la idea de que será un progreso para la humanidad la desaparición del dinero físico. Nos están acostumbrando a pagar todo con el móvil o con la tarjeta del banco, y estamos cayendo en su trampa porque nos es más cómodo. Y que es más cómodo es evidente. Pero debemos de tener en cuenta otras variables, como el control por parte del Estado de lo que gastamos, de cuánto gastamos y en qué lo gastamos. El acto de pagar con un billete que pasa de mano en mano sin dejar ningún rastro impide el control de los gobiernos. Estos, bajo las excusas de la eficiencia y la lucha contra el fraude, quieren entrar en la vida de cada ciudadano. La digitalización es un avance, pero también una llave que permite al poder tener un control total sobre el ciudadano. Ahora eres tú quien tienes la palabra y actuar según creas que es más conveniente. No olvides que la desaparición del dinero físico permite que ciertos espacios íntimos, que crees inviolables, puedan ser controlados por el poder.
Corpus Ruiz Fernández

