Hay símbolos que no se imponen: se reconocen. Y hay aniversarios que no son un mero trámite del calendario, sino una invitación a detenerse, mirar y comprender. Este 9 de febrero se cumplen ocho años de la inauguración de La Veleta, el monumento homenaje a los vendedores ambulantes de Bolaños de Calatrava, instalado en la rotonda de entrada al municipio, en la carretera que lo une con Almagro. Ocho años desde que el hierro comenzó a dialogar con el viento para contar, sin palabras, una historia de esfuerzo, sacrificio y orgullo colectivo.
No es una escultura cualquiera. Es una declaración de principios. Una veleta monumental, alzada sobre rocas volcánicas, que recuerda a quienes hicieron de la carretera su oficina y del amanecer su aliado. Y, muy especialmente, a los polleros, uno de los oficios más identitarios de la localidad, capaces de llevar el nombre de Bolaños por toda España cuando aún no existían autopistas ni logística moderna, solo piernas, bicicletas, motos y una voluntad inquebrantable.
El proyecto nació del impulso creativo del colectivo Corriente Utopía y se materializó gracias a los Talleres Gran Capitán, demostrando que cuando el arte y la industria local caminan juntas, el resultado trasciende lo ornamental para convertirse en patrimonio emocional.
La decisión no fue improvisada. Cuatro años antes de su inauguración, en febrero de 2014, el Ayuntamiento de Bolaños de Calatrava aprobó el proyecto en pleno, con los votos favorables del Grupo Municipal Popular, tras una votación en la que se presentaron dos propuestas encargadas al mismo colectivo artístico: La Hucha y La Veleta. Ganó esta última. Y ganó porque entendía mejor que ninguna otra la esencia viajera de Bolaños.
Los propios artistas lo explicaron con una claridad conceptual poco habitual en el arte público: la veleta como símbolo de la venta ambulante no por lo anecdótico, sino por la expansión geográfica. Un objeto cotidiano descontextualizado por su tamaño —la flecha principal alcanza los once metros— que sigue siendo veleta, pero que, al crecer, significa más. Estable y móvil a la vez. Enraizada en la tierra y apuntando sin complejos hacia fuera.
La escultura renuncia al exceso. Pocos ornamentos. Una posición no estrictamente vertical que habla del pasado que surge de la tierra. Y una flecha, firme, clara, apuntando al futuro. Coronándola, el gallo, símbolo tradicional de las veletas y metáfora perfecta del emprendedor que madruga, del que sale antes que nadie para llegar más lejos que muchos. Un mensaje directo, inteligible desde todos los ángulos, pensado para un lugar de paso donde no hay tiempo para florituras, pero sí para impactar.
En el acto inaugural, el entonces alcalde Miguel Ángel Valverde puso voz a lo que muchos sentían: este monumento era un merecido homenaje a generaciones de vendedores ambulantes que, marchándose del pueblo para trabajar, hicieron más grande al pueblo. Tratantes de mulas, fruteros, vendedores de aves… hombres y mujeres que cruzaron fronteras comarcales y nacionales para ganarse la vida y, en el camino, identificar a Bolaños como un pueblo emprendedor y dinámico.
Valverde recordó cómo los polleros comenzaron repartiendo en bicicleta, recorriendo hasta cuarenta kilómetros diarios; después en moto, más tarde en furgonetas, hasta alcanzar todo el país. Superaron la mecanización y, lejos de emigrar definitivamente, apostaron por su tierra. “Bolaños se ha forjado a sí mismo”, subrayó. Y no exageraba: en los años 80 hubo entre 700 y 800 polleros en la localidad, cada uno vendiendo entre 1.500 y 3.000 pollos a la semana. Entre dos y tres millones de pollos semanales. Una cifra que hoy impresiona y que explica, mejor que cualquier discurso, la dimensión de aquel esfuerzo colectivo.
La Veleta no mira al cielo por casualidad. Mira al horizonte. Señala los puntos cardinales reales, invitando a abrirse al mundo sin perder el norte. Ocho años después, sigue cumpliendo su función: recordar de dónde venimos y sugerir hacia dónde vamos. En tiempos de incertidumbre, cuando a menudo se cuestiona el valor del trabajo, del sacrificio y del arraigo, este monumento permanece ahí, inmóvil y, sin embargo, en constante movimiento simbólico.
Hay pueblos que olvidan. Y hay pueblos que convierten su memoria en símbolo. Bolaños eligió lo segundo. Por eso, cada vez que el viento gira la veleta, no solo cambia la dirección del aire: se reafirma una identidad. Y eso, en un país que a veces se da la espalda a sí mismo, es una lección que merece ser contada.
Vicente Galiano M

