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viernes, enero 30, 2026

«Como “Cagancho” en Almagro»

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Hay gobiernos que tropiezan. Y hay gobiernos que, cuando tropiezan, deciden seguir corriendo. El resultado suele ser el mismo: golpes más sonoros, errores más visibles y una sensación creciente de improvisación que termina por erosionar lo más delicado que tiene un pueblo: su identidad.

En Almagro, por desgracia, ya empieza a ser un patrón. “Las chapuzas no vienen solas”, dice el refrán, y el último episodio lo ilustra con una claridad casi pedagógica. El Ayuntamiento quiso —y hay que reconocerlo— rendir un homenaje justo y merecidísimo a la Confitería Ángel Molina, un establecimiento histórico que lleva desde 1882 endulzando la vida de generaciones de almagreños. Ciento cuarenta y cuatro años de actividad ininterrumpida no son una anécdota: son patrimonio vivo, memoria colectiva, comercio con alma.

El acto fue solemne, emotivo, bien narrado en la crónica oficial: la placa, la fachada de la Calle Mayor de Carnicerías, el corazón histórico de la ciudad, a escasos metros de la Plaza Mayor y del Corral de Comedias. Todo sonaba perfecto. Todo… hasta que alguien levantó la vista y miró con un mínimo de atención.

Porque la placa conmemorativa —realizada en baldosines al estilo de la cerámica talaverana, siguiendo la estética tradicional de las rotulaciones urbanas de Almagro— no luce el escudo de Almagro. Luce otro. Uno sospechosamente familiar. Uno que se parece, demasiado, al de la vecina Daimiel.

Y aquí es donde el homenaje se convierte en bochorno para el Ayuntamiento, fiel custodio de nuestra historia y de nuestra identidad. 

No estamos hablando de un matiz irrelevante ni de una discusión para eruditos de archivo. El escudo de Almagro no es un adorno cualquiera: es un símbolo cargado de historia. Sobre campo de plata, la cruz de Calatrava en gules, el castillo de oro aclarado de azur, las dos trabas de sable en los cantones inferiores y la corona real española. Cada elemento habla de la vinculación con la Orden de Calatrava, de la condición histórica de la villa, de siglos de identidad compartida.

El de Daimiel es parecido, sí, pero no igual. Y precisamente esa diferencia —las trabas de sable que faltan— es la que delata el error. Un error que no puede despacharse con un “no pasa nada”. Porque sí pasa. Pasa que alguien no revisó. Pasa que alguien tuvo prisa. Pasa que alguien, quizá, no sabía lo que estaba aprobando. Y pasa, sobre todo, que nadie corrigió a tiempo.

Siempre se ha dicho que las prisas no son buenas y que las cosas bien hechas, bien parecen. En este caso, ni lo uno ni lo otro. El resultado es una placa oficial, promovida por el Ayuntamiento, que reconoce a un negocio emblemático… con un símbolo que no representa a la ciudad que dice homenajear.

La chapuza no es solo estética. Es institucional. Es cultural. Es una falta de respeto involuntaria, pero falta de respeto al fin y al cabo, tanto a la Confitería Ángel Molina como al conjunto de los almagreños. Porque cuando se juega con los símbolos, se juega con algo más profundo que una baldosa mal puesta.

No cuesta tanto hacer las cosas bien. No cuesta tanto consultar, revisar, comprobar. Y desde luego, no cuesta tanto tomarse en serio la identidad de un pueblo con una historia tan rica y tan reconocible como la de Almagro.

Ojalá este episodio sirva de lección. Ojalá en futuros actos, reconocimientos o iniciativas municipales se cuide el detalle y la exactitud. Porque si no, el riesgo no es solo repetir errores: es volver a quedar, como dice el famosísimo refrán, “como Cagancho en Almagro”. Y esta vez, por una placa que nunca debió salir mal.

Manuel García Sánchez

(Nota de la Redacción: Las Opiniones de usuarios y colaboradores no tiene por qué corresponderse forzosamente con la línea editorial de Almagro Noticias, la cual promueve la pluralidad de opiniones en el marco de los principios y valores sobre los que se sustenta.)

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