Hay dos figuras destacadas en el acto que se celebró en Almagro, el 28 de junio de 1936, como homenaje al descubridor Diego de Almagro. Me refiero, como ya muchos habéis intuido, al organizado por la embajada de Chile en España y presidido por su embajador, Aurelio Núñez Morgado, y por el Gobernador Civil de Ciudad Real, Germán Vidal Barreiro. Aunque ya se habían producido actos violentos en toda España, el encuentro se desarrolló con total normalidad institucional, apenas semanas antes del estallido de la Guerra Civil.
Con el paso del tiempo, ambas figuras fueron protagonistas de hechos poco conocidos, que rompen cualquier lectura simplista de aquella época. Mientras el embajador chileno desplegó, tras iniciarse el conflicto, una labor humanitaria intensa para salvar miles de vidas, en su mayoría personas relacionadas con el bando nacional —como, por ejemplo, la gestión del traslado de las mujeres y niños que se hallaban en el Alcázar de Toledo, esfuerzos que resultarían inútiles pese al apoyo de la Cruz Roja— mediante el asilo diplomático, tal como él mismo escribió en su libro Los sucesos de España, vistos por un diplomático. El Gobernador Civil, de origen gallego, mantuvo una estrecha relación personal con José Calvo Sotelo, fue miembro de la Unión Monárquica Nacional —partido en el que inició su vida política José Antonio Primo de Rivera— y acabó formando parte del partido de Manuel Azaña, Izquierda Republicana.
Derrotado tras la guerra, Vidal Barreiro terminó exiliado precisamente en el país que aquel día rendía honores al conquistador: Chile. Paradojas de la vida que invitan a plantear la posibilidad de que en su exilio recibiera ayuda de Núñez Morgado.
Para estos protagonistas, aquella jornada de celebración histórica sirvió para afirmar los vínculos entre Chile y Almagro y se integró en el marco de la ceremonia conmemorativa del cuarto centenario del descubrimiento de Chile. La ciudad manchega, cuna de Diego de Almagro y que llegó a ser por unos años provincia de La Mancha en el siglo XVIII, fue durante unas horas el escenario de un encuentro solemne, simbólico y donde el pueblo participó activamente.
El embajador de Chile llegó el día anterior a Ciudad Real a las ocho de la tarde, cuando aún se veía el resplandor del sol de junio. Al día siguiente se trasladó a Almagro, donde llegó a las once de la mañana. Tras la celebración del acto en el teatro de la ciudad, el embajador pernoctó en Almagro, desde donde se dirigió el lunes por la mañana a Madrid. En la zona republicana no se había llevado a cabo aún el cambio de horario introducido por el gobierno de Negrín en 1937. La víspera, Vidal Barreiro había informado a la prensa que el embajador de Chile entregaría un pergamino con motivo del IV Centenario de su descubrimiento.
En el homenaje estuvieron presentes Aurelio Núñez Morgado, acompañado de su hijo, y Vidal Barreiro, así como el capitán de asalto, el comisario jefe de policía, autoridades locales y provinciales y periodistas. El embajador chileno fue recibido en la escalinata del ayuntamiento, momento en el que sonó el himno nacional de su país y el de Riego. Tras finalizar la música, el embajador pronunció un ¡viva España!, que fue respondido por el público con aclamaciones a Chile. Ya en el salón de sesiones, en la recepción oficial, las autoridades judiciales, gubernativas y administrativas saludaron a éste. Asimismo, el público congregado en la Plaza de la República lo aclamó. Leída el acta relativa a la conmemoración del descubrimiento, partieron hacia el teatro principal, siendo aplaudidos por los vecinos durante el trayecto.
En el teatro principal, que estaba lleno hasta la bandera, se colocó un retrato del adelantado de Chile, Diego de Almagro, flanqueado por las banderas de Chile y de España. Comenzó la sesión con la interpretación, nuevamente, del himno nacional chileno, siendo ovacionadas las autoridades conforme aparecían sobre el escenario. Al lado de Aurelio Núñez Morgado ocuparon la presidencia el Gobernador Civil, el alcalde y el secretario del ayuntamiento, los altos funcionarios municipales y otras autoridades. A continuación, el niño Guillermo Bendión leyó un mensaje —escrito con la colaboración de todos los escolares de Almagro— dirigido al pueblo de Chile, a la vez que hizo entrega de varios dibujos y trabajos realizados por los niños, como muestra de afecto. Emilio Ortega, director de las escuelas graduadas, dirigió un mensaje dedicado al maestro almagreño ausente —Alejandro Alcaide Redondo— y a la mujer almagreña. Finalizó su discurso con una biografía de Diego de Almagro, en el que recogía los rasgos más destacados de su vida como héroe. A su término fue cuando el embajador de Chile en España, una vez saludó a las autoridades y al pueblo almagreño, comenzó diciendo lo siguiente:
«Para mi este momento solemne es uno de los más interesantes de mi larga vida. Cuando yo llegué a España no creí que hubiera salido de mi tierra, porque Chile y España son una misma tierra. Y me encontré con una torre de mi apellido, más allá un escudo de mi nombre, y en todas las partes un pedazo de tierra donde reposan mis mayores. Pocos tenemos en el mundo más hondamente este espíritu racial de España, que los chilenos. Porque nuestro pueblo apartado y solitario entre el mar y la montaña, no ha permitido otra intersanguinidad que la de la raza hispana. Somos sangre araucana con toda su audacia y sangre española con toda su nobleza. (enorme ovación)
Este acto más que simpático es emocionante. Hacía dos años que no oía la canción de mi patria, cuyos acordes hacen temblar mi corazón. Llego en la misión de rendir homenaje al gran soldado, pero he de afirmar que ha sido un hombre chileno Alonso de Ovalle [en su obra Histórica relación del Reyno de Chile, de 1646, exalta la figura de Diego de Almagro como adelantado y descubiertos de Chile, fijando su papel en la memoria histórica chilena] quien ha dado nombre y ha dado a conocer y propagado al mundo entero las glorias del glorioso descubridor».
Tras estas primeras palabras, el embajador abordó otros aspectos esenciales de la figura de Diego de Almagro y de la historia compartida entre Chile y España. Por no alargar más este primer artículo, el contenido final de su discurso será tratado en la segunda y última parte de este trabajo.
Corpus Ruiz Fernández

