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martes, abril 7, 2026

Acompañar, no adelantar: valores de los camilos

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Soy Camilo de Lelis, y quiero hablaros con la sinceridad con la que viví. El quedar huérfano en mi adolescencia —de padre y madre— influyó que optara por dedicarme al vicio del juego de las cartas, lo que me acarreo llevar una vida alejada de Dios y acabar mendigando. Pero fui rescatado por la misericordia divida, al ver el mal trato que se les daba a los enfermos. Con mis propios ojos vi cómo los hospitales eran lugares de abandono y miseria, pero nunca imaginé que en uno de los hospitales de mi orden —la de los camilos— hubiera profesionales que llamaran «compasión» a poner fin a la vida del sufriente. La doctrina católica establece que toda vida humana, incluso la más frágil, es un tesoro que está ahí para que lo cuidemos con amor, porque nos pertenece.

Mi nueva vida, una vez logré salir del vicio, consistió en visitar hospitales para limpiar las heridas más horripilantes y desagradables de quienes ya nadie quería saber nada de ellos. Los acompañaba, los animaba y los consolaba. Cuando veía una risa en sus caras, o unas palabras alegres, mi corazón y mi cerebro me hacían confirmar que había optado por seguir el camino más correcto. No llegué a dudarlo en ningún momento. Y eso fue lo que enseñe a mis hijos —los que hoy os llamáis «camilos»—: que amar al enfermo es estar a su lado cuando es más necesario, darle paz cuando por su cabeza pasan pensamientos desesperados y, sobre todo, estar junto a él cuando la muerte se le acerca. Hoy, a esto, lo llamáis cuidados paliativos. Lo que nunca se me pasó por la mente es acelerarla, ya que todo llega a su debido momento. Hay muchos refranes que describen lo que acabo de afirmar: «al mal tiempo, buena cara», «quien bien quiere, bien cura», «todo llega a su tiempo», «las penas, con pan, son menos» o —para mí el más clásico y profundo— «el que siembra amor, cosecha paz». Frente a estos, otros prefieren dichos como «ojos que no ven, corazón que no siente» o «el que espera, desespera».

Hoy me he enterado de que, en un hospital de la orden que fundé, se ha practicado una eutanasia. Siento un dolor profundo en mi alma, ya que se ha llevado a cabo una acción contraria a nuestros valores cristianos. A la vez, en ese mismo hospital, observo a muchísimos trabajadores trabajando con ternura para que los que sufren sigan hacia adelante. Y eso me enorgullece. Pero eso es contradictorio, aunque ahora esté siendo administrado el hospital por civiles que son ajenos a nuestra misión. Aunque la Orden ya no es responsable de los actos que ya no están bajo su custodia, deberían plantearse si merece la pena seguir siendo subvencionados o, por el contrario, ser un hospital totalmente privado para que esa contradicción desapareciera. Nuestra obra, sólo nuestra obra, debe seguir hacia adelante. Sin más.

Hermanos, quiero hablaros con claridad, como lo hice siempre: la Orden fue fundada para aliviar al enfermo hasta su último momento, no para adelantarle su muerte. Y sabéis que para alcanzar este objetivo está el amor cristiano, que compartido con el sufrimiento se vuelve sagrado. El moribundo debe sentir que estáis ahí para darle amor.

Comprendo que lleváis cargas difíciles y os enfrentáis a decisiones que mis tiempos no conocieron. No por ello debéis olvidar que la vida del enfermo, y más si es terminal, es siempre digna, valiosa y merecedora de ser cuidada. El miedo o la compasión mal entendida no debe sustituir a la compasión verdadera: cuanto más sufre un enfermo, más debéis de amarlo; y cuanto más grande es su dolor debéis de estar más cerca de él. Y, sobre todo, ante la obscuridad que pueda presentarle estáis vosotros ahí para ser su luz: hay que responder con ternura y no con muerte.

Dejad de ser controlados por el poder, sin prisas, y tened más corazón en vuestras manos. Porque va a ser este corazón el que va a consolar, sostener, abrazar y acompañar a los enfermos hasta que Dios los llame. El corazón nunca abandona a nadie, y menos si es enfermo terminal, sino que debéis tenerlo siempre encendido, aunque el mundo camine por senderos distintos del Evangelio. La esperanza es lo último que se pierde. Y si en ese hospital se ha tomado un camino distinto a Él no os desaniméis y reflexionad: ¿vale la pena estar subvencionados por quien gobierna para estar sometidos a esta presión que da la Ley de la Eutanasia? ¿No es más conveniente dejar de depender de ese dinero, si una de sus consecuencias es que vais a dejar de ser presionados? No os desaniméis. Mi misión seguirá viva mientras la Orden esté dispuesta a amar al enfermo. Como sabéis, la eutanasia acaba de entrar en nuestros muros, pero sé que no ha logrado penetrar en vuestro corazón. Sé que tenéis unos cuidados paliativos buenísimos, por lo que mi llamado no ha cambiado: cuidáis, acompañáis, amáis y defendéis siempre la vida. Ese don precioso de Dios hasta su último latido.

Termino con estas palabras: hoy, Domingo de Resurrección, es cuando celebramos que la Vida no termina con la muerte, sino que continúa. Por eso, hijos míos, defended siempre la vida acompañando y consolando cada latino humano. Porque ninguna obscuridad tiene la última palabra, y será el cuidado paliativo de los enfermos lo que os haga testigos de esa luz que no se apaga.

Corpus Ruiz Fernández

(Nota de la Redacción: Las Opiniones de usuarios y colaboradores no tiene por qué corresponderse forzosamente con la línea editorial de Almagro Noticias, la cual promueve la pluralidad de opiniones en el marco de los principios y valores sobre los que se sustenta.)
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